El amor, actuación de Dios a favor de los hombres

(Desde El Canyamelar de Valencia, José Ángel Crespo Flor).- Monseñor Agustín Garcia-Gasco Vicente en su carta semanal incide, en esta ocasión, en el amor como actuación de Dios a favor de los hombres. Como siempre, las palabras de nuestro prelado llevan implícitas algo en lo que quiere ahondar D. Agustín: evangelio y vida o lo que es lo mismo, La Palabra de Dios y los hechos humanos. D. Agustín habla de Dios sí pero incide y no poco en el ser humano.
Pero...mejor que nuestras palabras les dejo con lo que D. Agustín nos ha dicho a todos los que configuramos la Iglesia de Valencia aunque la actualidad de su mensaje hace que esta carta sea válida para todos
La carta de D. Agustín
"La sabiduría popular sentencia que el amor se encuentra antes en los hechos que en las palabras. No defrauda esta expectativa el modo de presentarse el amor de Dios en la revelación. Dios actúa a favor del ser humano: así le demuestra su amor fiel y salvador. La Biblia no se limita a recoger conceptos abstractos sobre el amor de Dios. El Antiguo Testamento muestra la acción imprevisible de Dios, que revela así su misericordia entrañable con el pueblo elegido.
En el Nuevo Testamento, se da un paso más a la hora de comprobar la actuación amorosa de Dios. La figura de Cristo da carne y sangre a los conceptos con un realismo inaudito. Las parábolas del buen pastor, del dracma perdido o del hijo pródigo explican el propio ser y actuar de Jesús. Pero todavía el Hijo de Dios nos ha dejado un signo mayor de su amor por los seres humanos.
Benedicto XVI, en su Encíclica «Deus caritas est». Sobre el amor cristiano, señala que en la muerte de Jesús en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al ser humano y salvarlo. Es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, abierto de par en par por nuestra salvación, ayuda a comprender que Dios es amor. Es en la cruz donde puede contemplarse esta verdad, y a partir de ella definir qué es el amor. Y desde esta mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.
La actuación del amor de Dios en Jesucristo no quedó en la cruz como un hecho del pasado. El gesto de amor hasta el extremo en la cruz se perpetúa mediante la institución de la Eucaristía en la Última Cena. El mundo antiguo ‹señala Benedicto XVI‹ había soñado que el verdadero alimento del hombre, aquello por lo que el ser humano vive, era el Logos, la sabiduría divina. Ahora, en la Eucaristía, este Logos se ha convertido en verdadero alimento como amor.
La Eucaristía no es un signo pasivo, sino que implica al cristiano en la dinámica de entrega de Jesucristo. La unión con Cristo es, al mismo tiempo, unión con todos los demás a los que se entrega. No se puede tener a Cristo sólo para uno mismo; únicamente se puede pertenecer a Cristo en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión hace salir de uno mismo para ir hacia Él y hacia la unidad de todos los cristianos.
En la Eucaristía, el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos hacia él. La Eucaristía se llama también agapé, porque en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en todos y por todos los que la recibimos.
Benedicto XVI muestra cómo la Eucaristía difumina y aúna conceptos tan dispares como culto y ética. En el culto mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amor a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma. Y viceversa: el mandamiento del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser mandado porque antes es dado.
La Eucaristía es el alimento que nos fortalece e impulsa a hacer obras de amor y a ejercer la caridad. El amor que Jesús da carece de fronteras y hace mirar como prójimo a cualquiera que tenga necesidad de nosotros. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto, exigiendo un compromiso práctico aquí y ahora.
La parábola del juicio final muestra que el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres. Amor a Dios y al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo, y en Jesús encontramos a Dios.
El amor de Dios por los hombres está más en los hechos que en las palabras. El cristiano es aquel que participa con su vida de la iniciativa del amor de Dios y la pone por obra. La vida de la Iglesia, a lo largo de la historia, está formada por una cadena interminable de gestos y obras de amor al prójimo promovidas desde el amor de Dios. Hoy sigue siendo inexcusable que nuestra fe nos lleve a plantear nuevos modos y maneras que hagan presente el amor de Dios hacia aquellos que más lo necesiten".
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos