Por Jorge González Guadalix

Un cierto revuelo se nos ha levantado estos días con las cosas del latín. Simples rumores. Y ya estamos tirándonos de las casullas. ¿Volveremos a celebrar la misa en latín? Me imagino que no, la verdad. Pero es que además plantearse la misa sólo por cuestión de idioma o, mejor, de rito del Vaticano II o rito de San Pío V, me parece simplemente ridículo.
El problema no está en el idioma o en el rito. El problema está en hacerlo bien, con dignidad. Y ese es otro cantar.
Yo he sido monaguillo pre-conciliar. De esos que nos sabíamos la misa en latín al dedillo. Y he ayudado a muchas misas dignísimas y a muchas misas bodrios por mucho latín que sacaran adelante. Misas celebradas con el mismo interés y devoción que si el celebrante estuviera leyendo el Boletín de novedades agrarias. Y misas vividas, sencillas, llenas, emocionantes, plenas de sentido y de encuentro con Dios.
Y nos pasa igual con las misas según el ritual actual. Sí. Todos hemos visto y celebrado auténticos bodrios. Misas en las que uno al final no sabe si es un sacramento, un musical descafeinado o un happening sin pretensiones. Sí. Y hasta reconozco haber celebrado alguna. Cosas del momento o simplezas de juventud.
Pero también he de decir que una misa en nuestra lengua, celebrada con sencillez y dignidad, es “mucha misa”.
El problema, insisto, no es el latín. Para empezar hay que conocer muy bien el Misal y la liturgia. Y saber dar a cada parte de la misa no sólo el valor, sino hasta la entonación, el ritmo, la dinámica oportuna. Y garantizar que la Palabra se proclama con viveza y profesionalidad, de forma que su escucha sea agradable y apetecible. Y colocar las ofrendas con veneración, y gozar de cada palabra de la plegaria eucarística, y rezar el padrenuestro conscientes, y ofrecer el Cuerpo de Cristo y... Y, sobre todo, creerse lo que se celebra y ofrecérselo a Dios y a la gente con toda la sencillez y con toda la verdad.
Nos matan las misas en las que ponemos el piloto automático y recitamos la liturgia como simples papagayos. Nos destroza esa liturgia que, a base de moniciones, introducciones, “morcillas clericales o laicales” no nos deja estar en lo que estamos. Agobia una celebración en la que perdemos la paz si se nos escapa un detalle y algo no fue perfecto. Pero también me desgarra una Eucaristía en la que se entra, se sale, se taconea, llora el niño, tira las llaves al suelo y no deja de aparecer gente por el templo como si fuera una estación del metro.
La misa es la misa. Y tiene toda la fuerza de la entrega de Cristo. Y eso hay que creérselo. Y celebrarlo así. Y dejar que la fuerza de Cristo se trasluzca de tal modo que al final, cuando llega la “missio” uno salga del templo deseoso de ofrecer el amor de Dios a todos, y en especial a los pobres.
No. El problema no es el latín. El problema es vivir lo de dentro y luego sacarlo a la calle. ¿Cómo era esa canción infantil de despedida? “La misa no termina aquí en la iglesia, ahora la empezamos a vivir”. Pues eso. No es problema de idiomas. Sino de creérselo. Y eso ya es harina de otro costal.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo