En clave de África

Los rumores. Una plaga mortal en tiempos de conflicto

(JCR)
Nos van atacar. Tenemos que prepararnos”. Cuando en un barrio circula este mensaje, la gente se zambulle en las aguas de una irracionalidad que puede desembocar en un mar de violencia. En Bangui ha ocurrido muchas veces desde 2014 y este escenario estuvo a punto de repetirse al llegar la noticia de la matanza de más de 120 personas en Bangassou, en el Este del país, ocurrida el pasado 13 de mayo. Las últimas tres semanas me han sumido en un mundo de fantasmas, que despiertan temores que muchas veces son ficticios, pero que pueden hacer que mucha gente reaccione atacando a su vecino.

En Bangassou la gran mayoría de las víctimas son musulmanes. Los que atacaron, milicias que se hacen llamar “autodefensa”, formadas en zonas rurales de la zona, no tienen más agenda que realizar una limpieza étnica de los hijos del Islam. En Centroáfrica, por mucho que la gente a veces describa un pasado idílico con frases como “en realidad, en nuestro país, cristianos y musulmanes siempre hemos vivido en armonía, bla, bla, bla…”, hay un problema muy serio de convivencia entre las dos comunidades, aunque aquí siempre hay mucho que matizar, empezando por el hecho de que muchos de los que se engloban en el bando de “cristianos” tienen mucho mas de animistas y ni siquiera se trata de bautizados que alguna vez en su vida pisan un iglesia. Durante las últimas semanas, en zonas del Este del país como Bangassou, Rafai y Zemio, los musulmanes han cruzado el rio para refugiarse en la vecina República Democrática del Congo, o buscan reasentarse en ciudades que creen más seguras, como Bambari o Bangui, para escapar a los ataques letales de las milicias que van a su caza.

Estos hechos, cuando son conocidos en el principal barrio musulmán de Bangui, el Kilometro Cinco, crea una gran inquietud. Primero, porque hay bastantes musulmanes de la capital que han perdido a familiares en los últimos ataques, y también porque empiezan a temer que ellos mismos pueden ser atacados un día. Nada más conocerse la cifra de muertos que hubo en Bangassou y las circunstancias –de una crueldad inusitada- de los ataques, empezaron a circular rumores sobre un ataque inminente de las milicias anti-balaka supuestamente organizadas en barrios vecinos de mayoría cristiana. Y la paranoia dio lugar a un estallido de cólera que pudo haber degenerado en enfrentamientos serios en Bangui.

Al llegar este momento, los comités de paz que existen en todos los distritos de Bangui desempeñaron un papel admirable que hizo que la tensión disminuyera. Tras un par de días de apresuradas idas y venidas para intentar hablar en privado con los principales dirigentes comunitarios, los que trabajamos en la oficina de la misión de la ONU (conocida como MINUSCA) en la ciudad de Bangui organizamos un gran reunión en la que conseguimos sentar alrededor de la misma mesa a los líderes musulmanes del Kilometro Cinco y a líderes comunitarios de los barrios vecinos. Tras muchas horas de hablarse con franqueza, todos llegaron a una conclusión: que en ningún barrio de Bangui existe una milicia que se prepare para atacar a los musulmanes, y que un par de políticos oportunistas que parece que sí que intentaron organizar algo se marcharon con las manos vacías porque nadie les quiso escuchar.

Tras esa reunión, un grupo más restringido de líderes de ambas comunidades se encontraron con las autoridades militares de la MINUSCA y les pidieron que reforzaran la seguridad, sobre todo de moche, en algunos puntos en los que consideraban que podía haber más peligro. Los propios líderes musulmanes hablaron con los grupos armados que aún existen en el Kilómetro Cinco, y estos hicieron una declaración asegurando que ninguno de sus miembros atacaría a los barrios cristianos que existen alrededor de su zona. Pocos días después, organizamos una reunión con todos los alcaldes de Bangui (diez, más el alcalde del ayuntamiento central) en la que también se calmaron muchas tensiones y se disiparon muchos malentendidos.

Al mismo tiempo, han aparecido algunas iniciativas ciudadanas que han contribuido mucho a calmar la tensión. Ayer mismo me pase las primeras horas de la mañana limpiando las calles de uno de los barrios donde muchos desplazados están volviendo a sus casas y reconstruyendo poco a poco sus hogares. Cinco jefes de barrios de acogida, donde hay cristianos y musulmanes que viven juntos, se han puesto de acuerdo para que la gente de sus vecindarios desbrocen, corten hierba y limpien canales en sus zonas dos dias a la semana. Ayer había unas doscientas personas realizando este trabajo. Cuando terminan, se reúnen todos en el patio de la casa de uno de los jefes, donde se sientan, toman café y hablan de los problemas que les afectan. Por la noche, algunos jóvenes realizan patrullas, sin armas, por las callejuelas para asegurarse de que no hay ningún peligro al acecho.

No ha sido fácil serenar los ánimos. Pocos días después de la masacre de Bangassou, una pelea entre un cazador y un pastor musulmán de etnia Peulh ocurrida en un pueblo a 50 kilómetros al norte de Bangui degenero en un ataque contra un ataque de los Peulh y hubo siete muertos. Dos días antes, un comerciante musulmán que tuvo una disputa con un gendarme en un puesto de control, murió cuando el agente le disparo. Por desgracia, siguen ocurriendo incidentes que refuerzan el sentimiento de victimas por parte de los musulmanes. Muchas otras historias que circulan no dejan de ser rumores que no son ciertos, pero que hacen subir la tensión. Esperemos que, a pesar de todo, siga prevaleciendo la sensatez, y que en la capital centroafricanas por lo menos podamos seguir gozando de la estabilidad que vivimos de forma casi ininterrumpida desde hace ya siete meses.


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