En clave de África

Cinco cascos azules asesinados en Centroafrica

(JCR)
Hoy me toca ir de funeral. En la misión de la ONU en la República Centroafricana estamos de luto por el asesinato de cinco cascos azules –cuatro camboyanos y un marroquí- acaecido el pasado 9 de mayo en una zona a 20 kilómetros de Bangassou, una region del sureste del país situada a unos 600 kilómetros de la capital, Bangui.

Los camboyanos, que realizan tareas de ingeniaría reparando puentes y carreteras, volvían a Bangassou escoltados por los marroquíes. Eran cerca de las ocho de la tarde –a esas horas ya noche cerrada en este país- cuando se encontraron con una barrera erigida por una milicia anti-balaka local en la que había también numerosos civiles. Los soldados internacionales, que pasaban constantemente por aquel punto y eran conocidos por la población, se pararon allí sin pensar que pudiera haber ningún peligro, y cuando empezaron a saludar a la gente, sin mediar palabra los hombres armados les atacaron a golpe de machete y de fusil. En la inesperada refriega murió un casco azul camboyano y ocho más resultaron heridos. Del lado de los anti-balaka hubo también al menos ocho muertos. Cuatro cascos azules más fueron secuestrados.

Al día siguiente, el comité local de la paz de Bangassou, que dirige un sacerdote de la diócesis, intento negociar con los milicianos y recuperaron los cuerpos –mutilados y ya enterrados- de tres camboyanos. Poco después, intentaron recuperar el cadáver de cuarto desaparecido, pero cuando estaban desenterrándolo apareció un grupo muy agresivo de anti-balaka que lo impidieron. Fue ayer (11 de mayo) cuando finalmente pudieron continuar con la exhumación y rescatar los restos mortales. Mientras tanto, los ocho soldados de la paz heridos se recuperan de sus heridas en el hospital de la MINUSCA en Bangui.

Toda la región de Bangassou, que hasta hace no mucho tiempo vivía una calma relativa por lo menos si se la compara con el resto del país, vive actualmente una situación de tensión muy grande. El conflicto es, en principio, entre el UPC, uno de los grupos escindidos de la antigua Seleka, compuesto por musulmanes de etnia Peulh, y los anti-balaka, milicias surgidas en 2013 para combatir la Seleka. Lo más curioso del caso es que los anti-balaka desde hace varios meses están en coalición con otros dos grupos musulmanes de la exSeleka: el FPRC y el MPC que odian a muerte al UPC y su líder Ali Darass. Esto no es obstáculo para que cuando los anti-balaka atacan un poblado vayan a la caza del musulmán, sin importarles que sea Peul o de cualquier otra etnia. En un ambiente de desesperación y abandono, los mensajes de odio caen en un terreno abonado y no son pocos los jóvenes, muchos de ellos procedentes de otras zonas del país, que están dispuestos a tomar las armas y matar a quien identifican como “el enemigo” convencidos de que de esta forma van a arreglar los problemas de su maltrecho país.

El problema para los soldados de Naciones Unidas es que, a menudo, además de tener que esforzarse por defender a los civiles que están a la merced de numerosos grupos armados ellos mismos se convierten en el blanco de los odios de estas milicias. Unos 12.000 soldados y policías procedentes de 16 países (Marruecos, Mauritania, Egipto, Senegal, Portugal, Zambia, Ruanda, Burundi, Congo, Gabón, Camerún, Pakistán, Bangla Desh, Indonesia, Camboya y Jordania) parecen muchos soldados, pero para un país de extensión más grande que Francia, con una pésima red de comunicaciones y con 14 grupos armados que operan de forma imprevisible, en muchas ocasiones no llegan a controlar la situación. Aparte de que existen casos de contingentes que no es que se esfuercen precisamente mucho en hacer su trabajo. En estas circunstancias, es fácil que calen hondo los mensajes simplistas difundidos por algunos políticos y líderes locales que empiezan acusando a la MINUSCA de “no hacer nada” para a continuación decir que “están con el enemigo” y acabar afirmando –donde están las pruebas, si es que alguien las tiene- que “la comunidad internacional tiene una agenda escondida de seguir alimentando el conflicto para que nos muramos todos y quedarse ellos con nuestras riquezas”. Cuando ese mensaje lo reciben milicias dirigidas por líderes con poca formación y llenos de odio, es fácil justificar el ataque a los soldados de la misión de paz, como si fueran ellos los responsables de todos los males que se pasan en el país.

Esta mañana tengo que ir a ver a un grupo de antiguos combatientes que trabajan construyendo canales en barrios donde regresan miles de desplazados en Bangui, después visitaremos el comité del distrito cinco que lleva tres meses –con apoyo de la MINUSCA- sensibilizando a la gente de los barrios para que acepten el regreso de sus antiguos vecinos musulmanes; más tarde estaré con los musulmanes del barrio de Petevo que intentan reconstruir su mezquita en un barrio mayoritariamente cristiano. Y mañana iremos al suburbio de Begoua, donde apoyamos también a las autoridades locales en sus esfuerzos por la reconciliación para que los musulmanes que vuelven a sus casas sean bien recibidos.

Es una pequeña parte de los programas y actividades de la misión de la ONU en un país en conflicto para intentar que, poco a poco, levante cabeza. A algunos de sus miembros –militares y civiles- se les podrá achacar con razón no hacer lo suficiente. Pero seguir propagando mensajes simplistas de que la misión de paz “no hace nada” es, simplemente, una forma de dar alas a los violentos, además de no corresponder a la realidad.


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