En clave de África

Ugandeses y norteamericanos se retiran de Centroafrica: Mision no cumplida

(JCR)
Hace dos semanas empezaron a retirarse los soldados ugandeses que estaban presentes en el Sureste de la Republica Centroafricana, dando fin a las operaciones militares que comenzaron en el año 2009 para combatir la guerrilla del LRA. El centenar largo de asesores norteamericanos que les prestaban apoyo técnico desde finales de 2011 también han anunciado que se van. Aunque tanto Uganda como Estados Unidos han puesto la etiqueta de “misión cumplida”, las cosas en el terreno revelan una situación mucho menos optimista.

Para entender por qué el ejército ugandés se encontraba allí, hay que remontarse a finales de 2006, cuando tras dos décadas de sembrar el terror en el Norte de Uganda, el temido y cruel LRA (Ejército de Resistencia del Señor) de Joseph Kony se marchó de su país , y busco bases más seguras: primero, en las selvas del Noreste de la Republica Democrática del Congo y –desde 2008- en el Sureste de Centroáfrica. Joseph Kony debió de pensar que instalarse en ambas zonas favorecería la supervivencia de su grupo de rebeldes, puesto que están poco pobladas y siempre han tenido una presencia muy débil de sus respectivos Estados. Allí pudieron realizar ataques y continuar con sus secuestros masivos de menores sin encontrar apenas oposición. Hasta que en 2009, el entonces presidente de Centroáfrica, Francois Bozize, pidió a su homologo ugandés Yoweri Museveni que enviara tropas para contener la amenaza que el LRA representaba para la población. El ejército ugandés, conocido como UPDF, entro entonces en Centroáfrica gracias a un acuerdo bilateral entre ambos países.

El primer contingente ugandés estaba formado por 3.000 soldados bien entrenados y bien equipados, y por lo menos consiguieron proteger los principales centros de población. Habituados a lidiar con el LRA en su propio país, les persiguieron por todas partes y en poco tiempo consiguieron que muchos de los guerrilleros se rindieran. Sus efectivos se vieron reforzados, desde noviembre de 2011, por un centenar de asesores militares norteamericanos después de que el presidente Obama autorizara su despliegue. Yo llegue a Obo, la localidad donde el UPDF y los norteamericanos tenían sus bases principales, en mayo de 2012, y trabaje allí como asesor de la ONU durante ocho meses. A finales de ese año, los ugandeses pasaron a trabajar bajo la bandera de la Unión Africana, que autorizo una fuerza multinacional que llegaría a 3000 hombres y en la que participarían, además de Uganda, los ejércitos de Sur Sudan, R D Congo y República Centroafricana.

Pero muy pronto la realidad se revelaría muy distinta de los planes de la Unión Africana. Congo apenas proporciono algo más de un centenar de soldados (que operaban en su propio país) muy mal equipados. En una visita que realice a su base en Dungu, recuerdo que su comandante me dijo que solo tenían un vehículo para todos ellos, y solo la mitad tenían un fusil. Los centroafricanos, que nunca pasaron de 200, se limitaron a estar presentes en Obo, pero sin adentrarse en la selva a perseguir al LRA, y Sur Sudan nunca llego a proporcionar tropas. A finales de 2013, con la crisis de Centroáfrica, prácticamente solo luchaba contra el LRA el ejército ugandés, formado por algo más de un millar de efectivos. Por aquel entonces, los ugandeses recorrían la selva en varios comandos de unos 30 soldados, que eran reemplazados cada dos meses. Poco a poco, el LRA disminuyo de efectivos, y muchos de sus guerrilleros se rindieron, no solo por la presión militar sino también por la guerra psicológica llevada a cabo por mensajes que les instaba a huir de Kony y presentarse a los ugandeses, que les tratarían bien y les llevarían de vuelta a Uganda, donde siempre ha habido una amnistía en curso. Además de eso, la presencia militar ugandesa ha impedido a los rebeldes centroafricanos de la Seleka entrar en la zona en la que el UPDF operaba.

Pero hacia mediados de 2014 las cosas se torcieron sin remedio. El UPDF cayo en la dejadez y cometió abusos serios contra la población. El ministro de la Defensa no ocultaba el descontento de su gobierno por encontrarse solos en la ofensiva contra el LRA, aventura militar que empezaba a resultarles cara. Mientras tanto, Kony se ha movido a sus anchas entre zonas remotas de Centroáfrica y el territorio sudanés de Kafia KIngi, donde por lo menos desde 2009 ha contado siempre con bases seguras bien protegidas por el ejército de Jartum, que siempre ha mentido como un bellaco negando la presencia de Kony en su territorio mientras les ha dejado campar a sus anchas.

Además de eso, cuando llego un momento en que el LRA se quedó con apenas algo más de un centenar de guerrilleros ugandeses, Kony salvo la situación ordenando que seleccionaran a los menores secuestrados centroafricanos y congoleños más aptos para darles entrenamiento militar y reforzar asi sus menguadas filas. Por esto se explica que desde hace un ano los ataques del LRA contra aldeas hayan aumentado en extensas zonas del Este de Centroáfrica. La gente de las prefecturas de Mbomou, Haut Mbomou, Haut Kotto y Vakaga viven en el terror, a la merced de ataques inesperados a diario que se saldan con poblados incendiados, cientos de secuestrados y asesinatos. La población no entiende como los ugandeses, además de los cascos azules de la ONU, no consiguen controlar la situación.

En cuanto a los norteamericanos, su papel se ha limitado a proporcionar inteligencia, sobre todo con aviones pilotados que recogen información, pero que en la práctica se han revelado poco eficaces, ya que en un terreno dominado por una tupida selva en la que se mueven varios grupos armados, resulta muy difícil saber a ciencia cierta donde está el LRA y pasar a la acción cuando se les localiza. Tras más de cinco años sin muchos resultados que mostrar, sorprende poco que el presidente Trump haya ordenado la vuelta a casa de estas fuerzas especiales, cuyo papel en un conflicto que nunca ha afectado directamente los intereses norteamericanos siempre ha resultado difícil de justificar.

Mientras la retirada de los soldados ugandeses y norteamericanos sigue adelante, la gente que vive en el sureste de Centroáfrica es poco optimista. Saben que en cuando se hayan ido todos, lo más probable es que el LRA intensifique sus ataques y su existencia se vuelva aún más insegura. Kony, que sigue moviéndose entre Centroáfrica y el territorio sudanés del sur de Darfur, debe de estar inmensamente contento al saber que lo más probable es que nadie más vuelva a molestarle.


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