En clave de África

Cuando las pancartas ocultan la realidad

(JCR)
He perdido la cuenta de en cuantas marchas por la paz he participado durante los últimos dos años en Bangui. La última de ellas, organizada por una conocida ONG internacional, nos condujo a varios cientos de personas a lo alto de la colina que domina la capital centroafricana donde se yerguen las seis enormes letras que forman su nombre: BANGUI. Al terminar la marcha, los organizadores desplegaron una pancarta en la que se lee: “Ciudad Reconciliada”.

No pude ocultar una gran emoción durante la hora en la que subimos por el sendero que lleva al lugar desde el que se divisa una hermosa vista de los barrios de Bangui, esparcidos a la orilla del gran rio que separa Centroáfrica de la Republica Democrática del Congo. Hasta hace no muchos meses, adentrarse por el borde del bosque hubiera sido imprudente. Desde sus barrancos se lanzaron ataques a la capital por parte de milicias de diverso pelaje. Más tarde, estos parajes fueron nidos de grupos de bandidos que han encontrado en esta frondosa maleza un escondite perfecto. Hoy, con la seguridad mucho más controlada, hay hasta quien se va a lo alto de la colina de picnic el fin de semana.

Pasada la euforia de la manifestación por la paz, volví a la realidad de todos los días: visitas a barrios que aún siguen destruidos y que están vacíos de sus antiguos residentes, y también a vecindarios donde, desde finales del año pasado, muchos antiguos desplazados vuelven a sus casas e intentan reconstruirlas con los pocos medios a su alcance. Con tenacidad, sin apenas hacer ruido, y con mucho sacrificio, poco a poco barriadas que antes eran montones de escombros vuelven a la vida y por todas partes surgen casitas nuevas, familias pobres que se instalan al abrigo de una lona provisional y –como suele ocurrir en todas partes en África- tenderetes y mercadillos donde mucha gente intenta ganar algo de dinero para sobrevivir, lo cual en Centroáfrica significa comer –con suerte- una vez al día, y no muy abundantemente.

Pero cuando uno entra en los barrios donde vuelven los antiguos desplazados, uno se da cuenta de que prácticamente todos ellos son cristianos o animistas. Sectores en los que, antes de la crisis de 2013, había un 20, un 30 o incluso un 50 por ciento de musulmanes, hoy no cuentan con un solo vecino musulmán. Sus antiguos viviendas están en ruinas, o han sido ocupadas por otras personas. En el peor de los casos, antiguas casas de musulmanes son hoy vertederos de basura o lugares donde se hacen ladrillos. Para terminar de ofender a sus antiguos ocupantes, hay incluso mezquitas que fueron destruidas con sana y que hoy se han convertido en bares donde corre el alcohol hasta muy tarde por la noche. La mayor parte de los musulmanes que vivían en Bangui viven hoy como refugiados en Chad o en Camerún, o bien malviven apretujados en casas de sus parientes en el último enclave de mayoría musulmana de Bangui, conocido como el Kilometro Cinco. Todo esto tiene muy poco que ver con una "ciudad reconciliada".

En la oficina de Naciones Unidas donde trabajo en Bangui llevamos ya tres meses intentando ayudar a dialogar a los líderes municipales de los barrios donde antes había población musulmana y a representantes de los musulmanes desplazados. Se reúnen, intercambian saludos cordiales y mensajes llenos de buenas intenciones, hacen declaraciones muy bonitas sobre los buenos tiempos en los que las dos comunidades cohabitaban pacíficamente… y después cada uno se vuelve a su casa (o al lugar donde duerman por la noche, que no siempre merece ese nombre). Pero hasta la fecha ningún musulmán ha vuelto a su antiguo hogar. Siguen teniendo miedo, y con razón.

Para más inri, el gobierno central se lava las manos y hasta la fecha no ha querido implicarse para apoyar el retorno de los musulmanes. Si lo hicieron en diciembre del año pasado, cuando la Ministra de la Reconciliación y el mismo Presidente lanzaron una campaña denominada “Para Navidad, todos a casa” en la que a las familias (cristianas) le dieron una ayuda económica para abandonas los campos de desplazados y volver a instalarse en sus antiguas viviendas. Desde entonces, los musulmanes se han sentido discriminados porque vieron que esa campana no les tuvo en cuenta. Y en una sociedad desgarrada por conflictos violentos, lo último que uno quisiera ver es una minoría (en esta caso la población musulmana) que se siente denigrada y tratada de forma injusta.

Mucho me temo que si no se toma este toro por los cuernos, esta va a ser el próximo foco de conflicto en la capital centroafricana. Las manifestaciones por la paz están muy bien, pero me gustan poco cuando ocultan la falta de voluntad de resolver los verdaderos problemas de fondo que impiden que la paz se consolide.


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