(AE)
En la casa donde vivo hay un guarda contratado por el casero que se llama Tom y vive en una caseta junto a la puerta. En estos días, por razones que decidí no indagar porque no eran de mi incumbencia, dos de sus niños pequeños están con él mientras que la madre se ha quedado en el pueblo.
La semana pasada, Tom llamó muy temprano a mi puerta y me dijo: “me han llamado del pueblo para decirme que mi hermano ha muerto.” Si esto me lo hubieran dicho cuando hacía mis primeros pinitos en
África, quizás no habría podido evitar dar un respetable respingo de pura solidaridad, pero a estas alturas – por gracia o por desgracia – uno relativiza ya algo las cosas porque la experiencia te dice que, con una grandísima probabilidad, el difunto no es tan hermano como nos cuentan, sino más bien uno de los primos más o menos cercanos cuyo número, sobre todo en zonas donde abunda la poligamia, puede casi alcanzar la centena. Tiene por tanto todas las papeletas de ser una pérdida a todas luces sentida, pero no necesariamente una tragedia que haya cogido de cerca a la persona en cuestión.
(AE)
Recibo hoy tu carta después de casi diez años sin saber nada de ti. La última vez que nos vimos tú eras una joven muchacha sudanesa perdida en Egipto y con la esperanza de que el ACNUR te diera el estatus de refugiada y tuvieras por tanto el derecho y los medios de reasentarte en los Estados Unidos. Hoy eres una mujer hecha y derecha, con un par de niñas y un divorcio a tus espaldas... y con un claro sentimiento de desilusión que salta a los ojos.
Recuerdo que en aquellos días cairotas en los que hablábamos sobre el futuro tú nunca me creíste cuando te dije que el “mundo civilizado” era bastante diferente del que veías en las películas. Tanto tú como tus amigos os creíais todo lo que salía en la maldita pantalla. Ni todo el mundo tiene una casa, ni un jardín maravilloso, ni se atan los perros con longaniza. No te esperabas que en medio de tanto adelanto tecnológico y tanta opulencia pudieras encontrar tanta pobreza y tanta falta de solidaridad en aquella tierra de promisión. Ni que decir tiene que nunca comprendiste el porqué de mi escepticismo. Ahora puedes ver claramente lo que en aquel tiempo te resultaba indescifrable y no te duelen prendas ahora en reconocer tu error de cálculo.
(AE)
Recuerdo siempre con cariño el pasaje de las Florecillas de S. Francisco en el cual el santo de Asís desafía al Hermano León para que defina lo que es la
perfecta y más profunda alegría. En esa historia, el hermano le expuso al santo diferentes escenarios que intentaban definir lo que teóricamente sería ese estado ideal de perfecta alegría. Los que conocen la historia se acordarán de su chocante final, a los que no la conozcan prefiero no hacerles una versión recalentada y les invito encarecidamente a que le pregunten al omnisciente Google y la lean por internet. Pues bien, en este post quería compartir con los lectores del blog uno de esos momentos privilegiados de iluminación espiritual que me dan a entender dónde se esconde de verdad la perfecta alegría.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo