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Seis de la mañana en el aeropuerto de Goma, en la República Democrática del Congo. Esa es la hora a la que la compañía aérea me ha dicho que tengo que estar para coger mi vuelo a Entebbe (Uganda), que sale a las ocho, y allí estoy como un clavo, o mejor dicho como un tonto, porque me doy cuenta de –aparte del policía que está a la entrada- soy la única persona presente en el destartalado edificio. Aparte del canto de los pájaros antes del amanecer no se oye ningún sonido y me entretengo mirando a mi alrededor y apercibiéndome del lamentable estado en que está todo: el techo desvencijado, los kioskos que hacen las veces de tiendas y están aún cerrados y los mostradores que presentan un aspecto como si hubiera pasado por allí una turba de saqueadores armados de hachas.
Pasa media hora antes de que llegue el siguiente pasajero, el cual –tan despistado como yo- me pregunta si tengo el vuelo de Entebbe. Cuando le digo que sí respira aliviado, como si mi respuesta le hiciera pensar que sus pies pisan un mundo real, y poco a poco nos animamos cuando llega otra persona, después otra, y así hasta que nos juntamos un grupito de diez que nos animamos mutuamente y al final nuestra espera se torna en júbilo cuando vemos que por fin abre el mostrador de nuestra compañía y un hombre joven con una inmaculada camisa blanca empieza a facturar nuestro equipaje.
Cuando por fin me entregan la tarjeta de embarque me dirijo eufórico al control de pasaportes pero un hombre salido de no sé qué rincón me para y me pregunta si he pagado la tasa del aeropuerto. Inocente de mí, le contesto que esas tasas normalmente ya van incluidas en el billete de la compañía aérea y por toda respuesta me señala una cabina donde veo una cola de personas que se sacan la cartera con cara poco alegre y tras entregar unos dólares se dirigen al control de inmigración con un papelito que les acaban de dar. Cuando llega mi turno me dicen que tengo que pagar cincuenta dólares. Temblando, abro la cartera y tras comprobar que sólo que quedan veinte explico mi situación con cara de cordero a punto de ser degollado pero la mujer al otro lado de la ventanilla se muestra inflexible y ante el poco tiempo que va quedando para embarcar corro hacia el mostrador, paso dentro y le digo al hombre de la camisa blanca que por qué no me dijo el día antes cuando fui a reconfirmar mi vuelo que había que pagar esta cantidad. Al final le doy 20 euros y él me da 30 dólares, vuelvo apresurado a la infame cabina y pago la cantidad que me piden refunfuñando.
Cuando creo que ya se ha pasado el mal trago, el policía que examina mi pasaporte con parsimonia me pregunta por mi profesión y la razón de mi visita al país y cuando le digo que soy trabajador social y que he visitado a los Salesianos para apoyarles con un proyecto me pide la carta de mi organización justificando mi visita. Como le contesto que no tengo ese documento, llama a otro policía alto y con cara de muy malas pulgas, el cual me pide que le siga y me introduce en una oficina donde mira y remira mil veces mi pasaporte antes de largarme su monserga.
-No tiene usted ese documento. Esto es algo muy grave.
Comprendo de inmediato que más vale agachar la cabeza.
-Lo siento mucho, señor, lo tenía, pero lo entregué cuando fui a sacarme el visado en su embajada en Madrid.
-¿Cuál ha sido exac-ta-ment-te el motivo de su visita a nuestro país?
-Visitar a los Salesianos, a los que estamos ayudando con un proyecto.
-¿Seguro?
-Si, señor, seguro.
Vuelta a empezar con la comprobación del pasaporte. Mientras intento tranquilizarme, pienso en las humillaciones y el miedo que muchos inmigrantes tienen que pasar en España con nuestra policía. Al fin y al cabo, lo mío no es nada comparado con lo que tienen que pasar ellos. Al final el hombre parece ablandarse, sonríe y me pregunta si el español es muy parecido al italiano.
-Sí, señor, parecidísimo –respondo mientras oigo que el policía musita “bene, bene” y un hombre al otro lado de la puerta llama a voces mi vuelo.
Me devuelve el pasaporte y me dice que me puedo ir. Salgo apresurado y me encuentro con otro control: el de sanidad. Mi prueba de paciencia aún no ha terminado. Allí el funcionario de turno me dice que por qué no me he puesto la vacuna de la fiebre amarilla este año.
-Es que en el lugar donde me la puse me dijeron que valía para diez años.
-¿Y la de la meningitis? Se la puso usted en 2004 y caduca a los tres años.
-Es que en su embajada en España me dijeron que sólo hacía falta la de la fiebre amarilla.
-Pero está usted en zona de riesgo y es obligatoria. Sígame.
Otra vez intento controlar los nervios y me encuentro dentro de otra oficina, con una escena parecida, solo que cuando veo que el hombre pone el sello que acredita que estoy vacunado de la meningitis y creo que me va a dejar marchar, me pide a cambio diez dólares. En vano intento explicarle que no me quedan dólares, pero el hombre se ríe y me dice directamente que no se lo cree.
Desesperado, le ofrezco 20.000 chelines ugandeses, el equivalente a diez dólares, y él me dice que en Goma la tasa de cambio es distinta y que le tengo que pagar 30.000. Dejo los billetes encima de la mesa y salgo, desvalijado y apaleado, con mi cartilla de vacunaciones en la mano y la bolsa al hombro hacia la sala de espera que ya está vacía. Caigo entonces en la cuenta de que tengo cuatro horas de vuelo en un avión pequeño sin cuarto de baño a bordo, y corro hacia el servicio para realizar mis últimos actos rutinarios antes de despegar cuando allí me aguarda la última visión de la pesadilla: una señora gorda con un mandilón azul que ocupa toda la puerta, armada de cubo y fregona, que me extiende la mano y me grita: “¿Dónde está el dinero para mi desayuno?”.
Siento que la vejiga no me aguanta más y mis nervios tampoco. Desesperado y tembloroso, hurgo en mis bolsillos y cuando encuentro los últimos 500 francos congoleños que me quedan se los deposito en la mano con expresión de súplica esperando que aquello sea suficiente para satisfacer el hambre de la señora, a la cual entiendo perfectamente porque seguro que no la pagan. Cuando por fin me deja pasar me dan ganas de arrodillarme a sus pies para agradecérselo.
Por fin llego al avión cuando están a punto de cerrar la portezuela. Antes de poner el pie en la escalerilla, me toca una vez más mostrar mi ticket que acredita que he pagado las tasas por utilizar las maravillosas instalaciones de uno de los aeropuertos más desesperantes que conozco en cualquier lugar del mundo.
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Carlos tiene una experiencia africana que muchos africanos no tendrían ni tendrán.Menos mal que sabe majenajarse con los africanos.
¡Gracias por las diferenciaciones entre países y por la respuesta!
Depende de los paises. En Ruanda, por ejemplo, ser sacerdote misionero (sobre todo si eres español) no es una buena carta de presentación en el aeropuerto de un pais en el que se ha asesinado a unos cuantos sacerdotes por su compromiso con los derechos humanos. En Eritrea, presentarse como religioso es exponerse a que le pongan a uno en el primer avión de vuelta. Hay otros países africanos (que yo recuerde, Tanzania, Uganda, Ghana) donde el trato en los aeropuertos es muy correcto, incluso exquisito, para todos, sean quienes sean. En otros países (el Congo entre ellos) el funcionario que ve la ocasión para sacar tajada de algún blanco, de quien piensa que tendrá dinero, si puede lo hace.
Jo, vaya aventuras. Gracias por contarlas, que nos consolaran en otros aeropuertos. :-)
Cuando eras cura ¿te ayudaba mostrar alzacuellos o algo así en estos casos? ¿Consideran que un misionero no es un blanquito estafable, que un cooperador laico es menos digno de respeto?
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo