(JCR)
Lo he visto cientos de veces: en los lugares más pobres y deprimidos del mundo sus habitantes siempre buscan la manera de alegrar la vida echando mano de los recursos que los seres humanos siempre hemos tenido a nuestra disposición. Como me dijo una vez un sacerdote salesiano que trabajaba con niños de la calle: “En la República Democrática del Congo sabemos cubrir nuestras tristezas con colores alegres y música”. Volví a comprobarlo una vez más durante los días que pasé en Goma. Las tres guerras que desde 1996 han asolado esta ciudad y la región de los Kivus, en el Este del país han dejado muchas secuelas, como niños que viven en la miseria y mujeres víctimas de las violencias sexuales, pero no han conseguido eliminar lo más valioso que uno se encuentra en sus calles: una enorme cantidad de peluquerías que se anuncian con brillantes colores con pomposos títulos como “Misericordia de Dios” o “La Belleza de la Tierra”.
Cualquier chiringuito hecho con cuatro tablones sirve de local para hacer trenzas y rizar mechones. Es posible que no haya otra ciudad en el mundo con más peluquerías, y los resultados se los encuentra uno en la calle, con cantidad de mujeres de todas las edades que vivirán en la miseria más absoluta pero con dos telas y cuatro trencitas se arreglan con una elegancia que parece ser su forma de protestar contra la deshumanización y de gritar a los cuatro vientos que la dignidad humana siempre sale a flote a pesar de los abusos más inimaginables.
En compañía de un amigo que he hecho durante esos días, dejamos la calle principal y me dejo guiar por callejones estrechos por donde corren aguas fecales y juegan chiquillos semidesnudos. En un recodo del suburbio nos paramos en una de las peluquerías donde nos recibe Georgine, una de las muchas viudas que pueblan esta ciudad sufriente. En ese momento no tiene clientes dentro y nos invita a pasar a su peluquería y nos trae dos coca-colas muy frías que nos alivian del trajín de toda una mañana caminando.
Georgine sonríe mucho y nos muestra un gran poster con los modelos de peinados que es capaz de hacer a sus clientas. En el interior de su salón de belleza hay cubos, un pequeño frigorífico que funciona con keroseno, muchas botellas de plástico vacías, y tres calendarios: uno del Corazón de Jesús, otro de la boda del presidente Joseph Kabila y otro de Obama. En otra de las paredes hay dos grandes posters de colores chillones y muy brillantes: en uno de ellos se ve a dos niñas rubias que juegan con una paloma en el jardín de una casa de campo que a juzgar por el paisaje podría estar en Suiza, y en el otro se ve una vista general de Dubai con sus grandes rascacielos.
Georgina nos da también unos folletos de una asociación a la que pertenece y que se anuncia como “Peluqueras contra el SIDA”. Le pido sacar una foto y me responde que vuelva por la tarde, cuando tenga a alguna señora con los rulos puestos, para que la imagen salga mejor. Después de saludarla, salimos fuera y nos encontramos con un soldado que se ha quitado el cinto e intenta echar a voces y con gestos amenazantes a unos desarrapados chiquillos de unas obras en las que está vigilando. Hago un gesto contrariado y pienso que si en Goma, y en todos los lugares donde hay conflictos en el mundo, hubiera más peluqueras que soldados la gente sería más feliz.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo