En clave de África

Una reflexión aprendida en África sobre las carreras de fondo

07.04.10 | 18:50. Archivado en Religión, Costumbres, Artículos José Carlos (JCR)
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Hace pocas semanas, durante un vuelo de Entebbe (Uganda)a Butembo (R D Congo) tuve la suerte de conocer al padre Fernando Millán, prior general de los Carmelitas, que visitaba algunas de las comunidades de su orden en África. Durante el viaje descubrí que entre nuestros intereses comunes se contaban las carreras de fondo. Hace dos días tuvo la gentileza de enviarme un artículo escrito por él para 'Sal Terra' hace pocos años en el que hace algunas interesantísimas reflexiones sobre estas carreras como una imagen de la vida cristiana. Les invito a leer los siguientes párrafos, que he extraido de su texto:

1. El fondo es un deporte de resistencia. Vivimos en la sociedad del stress, de la inmediatez, del éxito rápido y fácil, del «pelotazo»... Freddy Mercury –y con él miles de jóvenes– cantaba hace pocos años aquello de We want it all and we want it now («lo queremos todo y lo queremos ya»), que resume el espíritu de nuestro tiempo. Este deporte nos habla del valor de la constancia, de lo lento, de la duración en el tiempo y en el espacio. Este deporte se centra en el correr sin más, en el no parar, en la consecución de un fin lejano que ni siquiera se ve. En este sentido, el fondo hereda la espiritualidad del camino (una de las imágenes más utilizadas en la historia de la espiritualidad cristiana). Más aún, en la literatura cristiana primitiva, inspirada por el mundo clásico, fue muy utilizada la imagen del atleta, del corredor, para ilustrar el sentido de la vida cristiana.

2. Vivimos en una sociedad competitiva. De puro tópica, esta frase suena hasta mal, pero es cierta. Pues bien, pocos deportes tan poco competitivos como el fondo. Alguien dijo que quizás el maratón es el deporte en el que quien está a tu lado no es tu rival, sino tu compañero. El único rival, si lo hay, eres tú mismo. Nada hay que moleste más a un maratoniano que la consabida pregunta (probablemente hecha con muy buena intención) de quien no sabe nada de esto: «¿Y en qué puesto llegaste?». El maratón nos ayuda a darnos cuenta de lo poco que importa el puesto en que llegues; más aún, ni siquiera importa demasiado el tiempo que hagas. Todo lo suple el sano orgullo de terminar y de abrazar a quienes han llegado antes y a quienes vienen detrás.
En este sentido, el fondo urbano es un deporte eminentemente solidario. Sabemos que muchas veces nos hace falta la palabra de ánimo del otro, o el «detalle» del que permanece a tu ritmo para sacarte del bache y llevarte adelante. Muchas veces también nos hemos sentido irremisiblemente animados a ayudar a alguien a quien ni siquiera conocíamos y a quien probablemente no veremos más. Recuerdo a una señora –una fondista experimentada– que, en la durísima media maratón de Fuencarral, en Madrid, perdió varios minutos por «tirar de mí», que, mucho más joven, había quemado las fuerzas en los primeros kilómetros. Si tomásemos la vida con algo de estilo maratoniano... quizá nos sería más fácil pararnos a «tirar del otro» o incluso animarnos a pedir ayuda cuando la necesitamos. Todos los que corremos conocemos, además, esa especie de solidaridad o de simpatía profunda que sentimos, cuando llegan los últimos, minutos antes de cerrarse los controles. Nos gustaría casi abrazarlos como si fuésemos conscientes de que todos estamos en la misma lucha y que podemos vencer.

3. Por todo ello, el maratón, el fondo, la resistencia, es una escuela de vida. A veces el maratoniano tiene que convivir muchos kilómetros con un incómodo compañero. Puede ser un «maldito flato» que hacía años que no sentíamos y que ahora, en el momento más inoportuno y sin causa aparente, se pone a darnos la lata. Puede ser una torcedura que nos obligará a pisar de medio lado en los 15 kilómetros que todavía faltan para la meta. O una rozadura, o una ampolla... Y, sin embargo, el maratoniano sabe que no queda más remedio que correr con ello, sea lo que sea. También la vida nos brinda compañeros incómodos. Sería muy largo meternos en los por-qué o para-qué. Pero ¡qué bueno sería intentar llevarlos con el mismo garbo con que el maratoniano lleva su rozadura o su esguince...! Cierto es (no quiero ser ingenuo) que los «molestos compañeros» de la vida suelen ser más pesados y más sangrantes que los de un maratón. Pero quizá nos haga falta un poco de esa «vaselina» con que el maratoniano se unta el cuerpo antes de salir, contando ya de entrada con la rozadura molesta.
Otras veces, el compañero no deseado es más bien una ausencia, un amigo que se retiró al poco de salir o que abandonó en los tramos más difíciles. El maratón nos hace sentirnos en comunión incluso con los que se han ido, en una especie de sentimiento de compañerismo. En la vida, las ausencias suelen ser menos asimilables, pero quizá podríamos ofrecer la carrera al que se ha ido y dar, en su nombre, lo mejor de nosotros mismos. Más de una vez, en un momento de esfuerzo especialmente grande, cuando las fuerzas flaquean por todas partes y la meta está ya delante de nosotros, cuando esa extraña emoción aparece en la mente del maratoniano, yo mismo he mirado al cielo brindando el esfuerzo a mis padres y a otros seres queridos de por allí arriba. Es, salvando todas las distancias (que nadie se asuste), una especie de comunión de los santos entre los que aún corremos y aquellos para quienes de algún modo se acabó la carrera y nos han precedido.

4. En el caso del fondo urbano o de las llamadas carreras populares, se da otra curiosa experiencia: la ciudad –generalmente agresiva y ruda– pierde fiereza. Por unas horas, los corredores «toman» pacíficamente el lugar de las máquinas y de los humos y nos recuerdan que el ser humano sigue siendo la medida de todas las cosas. Es interesante observar la reacción –a veces muy agresiva– del conductor que se resiste a perder unos minutos o que hace caso omiso de las indicaciones porque piensa que la calle es suya (de su coche).
En este sentido, entrenar en una gran ciudad es en ciertos casos una verdadera toma de conciencia de la debilidad del ser humano en medio de la urbe. El corredor, el peatón, es el último eslabón, el más débil. Pero también el corredor se da cuenta de que en su entrenamiento se encuentra con seres más débiles: el anciano que se cruza despistado, el niño, la madre con el cochecito... Es toda una parábola de la vida: el amenazado debe evitar convertirse en amenazador.
Más aún, el corredor ve la ciudad de otra manera. La ligera velocidad y el trote continuo hacen las veces de los espejos cóncavos del «Callejón del Gato» que inmortalizara Valle Inclán, y nos muestran el esperpento: las prisas, la agresividad, los malos humos (de todo tipo)... No quiero ser tópico ni ingenuo ni demagógico, pero el corredor que entrena en medio de la ciudad toma conciencia de lo más ridículo de la misma y, si tiene un mínimo de sensibilidad, relativiza ciertos hábitos y formas que parecían incuestionables.

5. Por último, el fondo nos hace tomar conciencia de nuestra dignidad de corredores, de participantes en esta aventura que es la vida. En nuestra sociedad, que a veces tiende a convertirnos en meros consumidores, en potenciales compradores, en pasivos espectadores, el maratón nos convierte un poco a cada uno de nosotros en ese héroe que todos llevamos dentro, en ese ser capaz de dar mucho más de sí.
El 29 de septiembre del año 490 a.C., Filípides (probablemente un hemeródromo, es decir, un corredor mensajero capaz de correr durante un día) llegaba extenuado a Atenas para pedir a las mujeres y niños que no se suicidasen, que los atenienses habían ganado la batalla al temible ejército persa en la llanura de Maratón. Según la leyenda, sólo pudo gritar: «Ne nike kamen» («Hemos vencido!»). Es un grito que para un cristiano tiene un sentido muy especial. Lo celebramos frecuentemente. Ojalá que todos corramos nuestra carrera con la convicción de que al final seremos incorporados graciosamente a esa victoria.


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