(AE)
Acabo de perder a una de mis mejores colaboradoras. Pocos meses después de mi llegada a la radio comunitaria – Radio Wa, perteneciente a la diócesis de Lira en el Norte de Uganda – buscamos voces nuevas para presentar las
noticias y ahí la tuvimos, pequeñita y débil como si se la fuera a llevar cualquier viento medio fuerte, pero con una voz preciosa, pausada y exacta.
Esther, con sus 30 y pocos años, comenzó a dar nuevo sabor a las noticias. Su inteligencia y la entonación que tenía para leer cualquier texto encandilaban a los oyentes y pudimos disfrutar de su presencia y de su carisma durante algunos meses. Lo hacía tan bien que queríamos enconmendarle nuevas tareas dentro de la radio: grabaciones en el terreno, nuevos programas y desafíos profesionales... pero no contábamos con su condición física. Ante las propuestas de hacer nuevas cosas en la radio ella simplemente se limitó a decir “me encantaría, pero cuando me vuelvan las fuerzas.”
Comenzó a faltar al trabajo y sabíamos que era porque ya no podía más. Su debilidad crecía con los días. Un día hizo un esfuerzo supremo y vino de nuevo – como en los viejos tiempos – a leer las noticias. Leyó lo que pudo y se recostó después en una esterilla extendida en la recepción de la radio, completamente exhausta. Después de aquel esfuerzo titánico por estar de nuevo con nosotros no la volví a ver. Mis intentos por hablar con ella por teléfono fueron en vano, posiblemente no tenía ya fuerza ni para incorporarse a responder una llamada.
Nos dicen que la llevaron al hospital y hace pocos días los familiares la volvieron a casa, ya en una situación sin esperanza, esperando simplemente lo peor. No sabemos de qué murió. Sabemos que su marido murió también joven hace poco tiempo, lo cual nos hace suponer que posiblemente murió víctima de SIDA, aunque nadie dice nada al respecto. No importa, en todo caso fue una vida muy joven y capaz sesgada por la enfermedad, quizás una enfermedad que se hubiera vencido con una terapia y unos cuidados adecuados. Las estadísticas son frías y no revelan lo que se desarrolla detrás de cada número, de cada familia, de cada circunstancia particular.
Escribiendo estas páginas, quisiera hacer mi pequeño homenaje a una mujer buena, sencilla y exquisita en el trato y la calidad profesional. Es el insignificante homenaje que le hago a Esther, quien recibirá sepultura mañana, y a todas las personas que se han despedido de este mundo tan jóvenes como ella, con una vida todavía llena de ilusiones y cercenada por una enfermedad tan cruel como inoportuna.
Descansa en paz.
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Descanse en Paz.
Sea este texto un HOMENAJE a todas las ESTHER que anónimamente mueren sin motivo y seguramente sin razón pero en las mismas circunstancias. La vida no es justa con ellas. Espero que sí Dios.
Es una cruel enfermedad, hace poco un primo mío murió de esa enfermedad, tenía la misma edad que Esther. El era ateo y su vida no era más significativa que la mía pero cuando estaba en sus últimos días pude ver a un "santo", era un esqueleto y sin embargo nada más verme me preguntaba por mi mujer a la que en esos días le dolía el cuello. El en su lecho de dolor sonreía y preguntaba por los demás. Se fue sin hacer ruido, tenía miedo, no quería irse sin embargo siempre mantuvo su sonrisa. Gente como Esther y como él te hacen pensar en el título del libro que de joven tuve en mis manos "¿Y si Cristo volviera, lo reconocerías?
Te acompaño en tu dolor, un abrazo.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez