(AE)
En otras ocasiones he mencionado ya el gran poder que tiene la religión en África, para lo bueno y para lo malo. A veces ve uno a un tío biblia en ristre apostado al lado de un semáforo en una gran ciudad, desgañitándose estoicamente desafiando el
polvo y la polución enfrente de los coches que se paran allí y repartiendo puras soflamas para quien quiera aceptarlas y hacer examen de conciencia. La gente mirará con curiosidad o con interés, habrá quien en su fuero interno se mofe de él... pero nadie irá a decirle “mire Ud., casi mejor que vaya a un psiquiatra porque esto de predicar al humo de los tubos de escape no es que sea síntoma de normalidad psicológica y menos aún de santidad.” Hay como un miedo reverencial ante todos los representantes de la religión, como si todo el mundo tuviera en su mente la sospecha de “¿y si de verdad ha enviado Dios a este tío?”
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez