(AE)
Esta frase se la oí a un veterano misionero. A veces parecía una perogrullada pero en estos años en África he descubierto la gran verdad que encierra. La pobreza material se subsana... pero la ignorancia del que no quiere aprender ni siente que lo necesita es la que mantiene a ciertas personas en una situación de indigencia y de postración.
Les cuento ahora una historia que me pasó hace varios años, viviendo con una tribu sudanesa cuyo nombre omitiremos por caridad. Los miembros de esta tribu eran en su gran mayoría expertos agricultores, bendecidos con una tierra fertilísima y con un clima que hacía posible hacer al año casi tres cosechas. Con tales condiciones, no tendrían problemas para prosperar, pero el hecho es que no terminaban de salir de la pobreza. Vivían en míseras cabañas (había un dicho popular que los miembros de esa tribu, la primera vez que utilizaban en su vida el cemento era cuando les hacían la tumba) y temían prosperar materialmente debido al miedo al “mal de ojo” y esta actitud les hacía ocultar cualquier signo de riqueza.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez