En clave de África

La Iglesia del norte de Uganda celebra su primer centenario (I)

05.02.10 | 08:48. Archivado en Religión, Artículos José Carlos (JCR)
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(JCR)
Las piedras medio ocultas en la hierba que muestra esta fotografía son lo único que queda de la ciudadela de Koba, un puesto colonial británico que existió a orillas del Nilo, en Uganda. Un día de febrero de 1910 llegaron allí dos misioneros combonianos tras un largo y penoso viaje. Aquello fue el comienzo de la evangelización del norte del país, una efemérides que varias diócesis ugandesas celebran ahora. El relato de aquellos comienzos es una parte de la historia de la Iglesia que nos lleva a la segunda mitad del siglo XIX y los albores del siglo XX, cuando la ruta del Nilo en Egipto, Sudán y Uganda estuvo jalonada de las tumbas de innumerables misioneros que morían jóvenes víctimas de las enfermedades.

Aunque el fundador de los combonianos y evangelizador de Sudán, San Daniel Comboni, quiso siempre llegar a Uganda, nunca pudo hacerlo. Hoy diríamos que murió joven,con 50 años, cuando era obispo de Jartum, en 1881, y a su muerte la revolución de los mahdistas que asoló Sudán arrasó las misiones cristianas. Tampoco pudo hacer su sucesor Antonio Roveggio, muerto a los 43 años. El momento propicio llegó el 30 de diciembre de 1909, día en que el obispo Francis Xavier Geyer –tercer sucesor de Comboni- y el hermano Augusto Cagol zarparon de Jartum en el vapor “Redentor” y emprendieron una ardua navegación Nilo arriba hacia Uganda. Al llegar a Shambe se les unió el padre Albino Colombaroli, de la misión de Bahr el Ghazal. El 18 de enero de 1910 los tres misioneros llegaron a Gondokoro, muy cerca de la actual Juba–la capital de Sudán meridional-. Alan Moorehead, en su clásica obra “El Nilo Blanco”, lo describe como un lugar que “se había convertido en el centro de almacenamiento y distribución más importante del interior (de Sudán), aunque no era más que un mísero puñado de chozas, a unos siete metros del río”. Moorehead señala que “ya en 1851 se había establecido una misión austríaca de la Iglesia católica, donde todo había sido sufrimiento: de los veinte misioneros enviados allí, quince habían muerto, y no habían conseguido ni una sola conversión”. Sin embargo, allí les aguardaba la alegría de encontrar a tres católicos ugandeses que trabajaban como porteadores y los cuales pidieron a los misioneros que les dieran los sacramentos que llevaban bastantes años sin recibir. Pocas alegrías como esa iban a tener en años sucesivos.

El “Redentor” tuvo que quedarse en Gondokoro, porque a partir de allí el curso del Nilo se deshacía en cataratas que se repetían intermitentemente a lo largo de unos 125 kilómetros. Continuaron a pie, en una caravana que al cabo de diez días recorrió 200 kilómetros antes de llegar a Nimule, en la frontera con Uganda. Allí se encontraron con las primeras dificultades: el comisionado británico no les permitió la entrada, a pesar de que tenían una carta de recomendación que el gobernador general de Sudán les había dado en Jartum, y les hicieron esperar varios días mientras consultaron con el gobernador británico en Entebbe –en aquellos días la capital colonial de Uganda- por telegrama.

La cruz en Omach
Quiso la casualidad que el antiguo presidente estadounidense Theodore Roosevelt se encontrara de turismo en las proximidades de Nimule. El mandatario trató de apaciguar los ánimos hablando ante los agentes coloniales del gran trabajo que los misioneros católicos hacían en todas partes. La respuesta llegó de Entebbe al cabo de cuatro días: a los misioneros se les permitía entrar en Uganda y establecer una misión entre Nimule y el lago Alberto. Los tres misioneros siguieron adelante en el vapor que dos veces al mes cubría la ruta entre Nimule y Butiaba. El 17 de febrero de 1910 llegaron a Koba, un puesto establecido por los británicos en la orilla Este del Nilo. El comisionado británico de Koba era Paul Hannington, hijo de un obispo anglicano asesinado por orden del rey de los Baganda Mwanga en 1885, el cual les dio permiso para usar su casa mientras buscaban un lugar adecuado.

Koba era un pequeño poblado enclavado en una tierra virgen en el delta del Nilo. Al otro lado estaba el Congo belga. La gente que vivía allí eran Acholi y Alur. Los Alur habían cruzado el río para escapar de las vejaciones de los belgas y vivir bajo el dominio británico, que por lo menos ni les obligaba a trabajos forzados ni les mataba al menor signo de descontento. A los pocos días hubo una asamblea de jefes, que dijeron que daban la bienvenida a los misioneros y que mandarían a sus hijos a su escuela para aprender a leer y escribir. Durante los días siguientes, los misioneros visitaron a los cinco jefes alur y los dos jefes acholi. Finalmente, el 6 de marzo de 1910, el obispo Geyer plantó una enorme cruz hecha de dos troncos de árboles en el territorio del jefe alur Omach, en un lugar elevado a unos 600 metros del río. Allí construyeron su casa, una cabaña de 15 metros de largo por seis de ancho, al mismo tiempo que empezaron a aprender la lengua. Nada queda hoy que recuerde que allí existió la primera misión católica del norte de Uganda. Aquel lugar es ahora una pista de aterrizaje donde se posan las avionetas que traen a grupos de turistas a visitar el parque nacional de las cataratas de Murchison. (continuará)


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