En clave de África

Cincuenta años de vida misionera en África

03.02.10 | 08:18. Archivado en Arte, cine, libros, música
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(JCR)
Tarcisio Pazzaglia es un misionero comboniano de Italia que lleva en el norte de Uganda 50 años. Lo conocí, recién llegado yo en 1984, y al instante nos hicimos amigos. Ni yo sabía italiano, ni él español, y tampoco podíamos comunicarnos en inglés porque el veterano misionero nunca tuvo tiempo de aprender la lengua oficial de este país africano y apenas la chapurreaba un poco. “No te preocupes, si te sientas conmigo después de cenar al fresco y tomamos un poco de grappa en seguida aprenderás el italiano”, me dijo. Y en serio que este método dio resultado. Me esforcé en aprender italiano solo por comunicarme con él. Tarcisio fue para mí el confidente, el consultor, el amigo veintitantos años mayor que yo que me explicaba las cosas con paciencia y que resolvía mis dudas. Su sentido del humor, con sabor “meridional” me cautivó, sobre todo cuando hacía gala de él en medio de situaciones muy difíciles, que las tuvo y muchas.

Una de ellas fue en agosto de 2002, cuando Tarcisio y yo, junto con otro compañero comboniano, nos encontramos en medio de una batalla campal entre soldados gubernamentales y guerrilleros del LRA. El ya anciano misionero llevaba varios años en contacto con algunos comandantes rebeldes para intentar convencerlos de que dejaran las armas y se sentaran a negociar la paz con el gobierno. En uno de esos encuentros en la selva, a pesar de que el ejército nos había dado el permiso para reunirnos con el LRA, los soldados nos la jugaron y atacaron el lugar. Durante 20 interminables minutos estuvimos bajo un fuego cruzado ensordecedor que casi acaba con nuestras vidas y al final fuimos detenidos. Durante el tiroteo, me di cuenta de que Tarcisio rezaba el Ave María con una pequeña modificación: “Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte… pero que la mía no sea hoy”.

Tras una larga marcha de seis horas bajo un sol implacable, que casi acaba con Tarcisio, nos encerraron en una caseta en un campamento militar y nos dejaron toda la noche sin agua. No era la primera vez que le jugaban una mala pasada así. Dos años antes, en otro encuentro en la selva con guerrilleros que querían acogerse a la amnistía, una patrulla del ejército les atacó y uno de los jefes tradicionales que acompañaba al misionero resultó herido en una pierna. A Tarcisio no le pasó nada de milagro.

Por aquel entonces Tarcisio ya tenía problemas serios de salud. Hacía cinco años que tenía dos by-passes en el corazón, y apenas uno que le habían intervenido por un tumor, lo que le costó que le extirparan un tercio del intestino, el bazo y no me acuerdo de qué más. Contra todos los consejos de los médicos, volvió a Uganda. Con sus problemas de salud y rozando ya los 70 años, intentó reducir su ritmo de trabajo, que recordaba a un volcán en erupción. En las parroquias del norte de Uganda por donde pasó, Tarcisio dejó un sinfín de escuelas, ambulatorios, iglesias, guarderías, campos de deporte, pozos de agua, molinos para procesar maíz y centros sociales, además de dedicar innumerables esfuerzos a la formación de catequistas, visitar comunidades cristianas y dar cursos bíblicos. Desde mediados de los años 90 Tarcisio descubrió otro talento que hasta entonces no había explotado: el cine, y con su cámara de vídeo se dedicó a hacer documentales sobre temas que preocupaban a la gente, como el alcoholismo, la discriminación de la mujer, el desencanto de los jóvenes, los rituales tradicionales y la paz, sobre todo la paz, que ha sido la gran pasión de Tarcisio desde que empezó la guerra en 1986. Muchos jóvenes guerrilleros a los que él conocía desde niños dieron el paso de entregar las armas y acogerse a la amnistía gracias a su mediación.

Hace pocos días que Tarcisio ha vuelto a su querida Uganda, después de varios meses de nuevos tratamientos médicos y de una nueva operación. Esta vez no lo ha tenido nada fácil, porque a su largo calvario de enfermedades ahora se ha añadido una diabetes que le obliga a pincharse con insulina cuatro veces al día. Los médicos le insistieron que se quedara en Italia si quería vivir más años. Los superiores intentaron, en vano convencerle, de lo mismo, pero al final han decidido respetar su opción. Un hombre como Tarcisio que ha pasado 50 años en el África más profunda se moriría de aburrimiento y de tristeza en cualquier casa religiosa de Italia. Sabe que ahora no podrá hacer mucho en Uganda y que ha llegado el momento en que tal vez la gente ya no le necesite mucho, pero es él quien necesita a la gente. Llegará un día en que el viejo misionero pida, humildemente, a aquellos con los que compartió la mayor parte de su vida, que le hagan el favor de darle un rincón de su tierra a la que tanto amó para que cuando pase de esta vida al Padre sus huesos reposen en ella.

2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Jesús 04.02.10 | 09:16

    Gracias por acercarnos a la vida.

  • Comentario por misionero 03.02.10 | 14:29

    ¡Cuánta belleza encierra esa vida!

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