(AE)
En otras ocasiones he mencionado ya el gran poder que tiene la religión en África, para lo bueno y para lo malo. A veces ve uno a un tío biblia en ristre apostado al lado de un semáforo en una gran ciudad, desgañitándose estoicamente desafiando el
polvo y la polución enfrente de los coches que se paran allí y repartiendo puras soflamas para quien quiera aceptarlas y hacer examen de conciencia. La gente mirará con curiosidad o con interés, habrá quien en su fuero interno se mofe de él... pero nadie irá a decirle “mire Ud., casi mejor que vaya a un psiquiatra porque esto de predicar al humo de los tubos de escape no es que sea síntoma de normalidad psicológica y menos aún de santidad.” Hay como un miedo reverencial ante todos los representantes de la religión, como si todo el mundo tuviera en su mente la sospecha de “¿y si de verdad ha enviado Dios a este tío?”
(JCR)
Hace ya tres años y medio que mi compañero de blog, Alberto Eisman, hizo gala de su personalidad persistente para convencerme de que nos embarcáramos en un blog sobre África en este ciberespacio. Yo, que me dejo liar muy fácilmente, le dije que sí y desde aquel día de 2006 Religión Digital se ha convertido en una parte de mi vida, en la que, junto con Alberto, comparto algunas de mis experiencias vividas en África, sobre todo las que se refieren a la vida de la Iglesia en este continente tan querido.
Religión Digital ha tenido recientemente dos alegrías: ser merecedora del premio Unamuno concedido por Protestante Digital, y beneficiarse de un acuerdo de colaboración con Radio Vaticana. Ambas me han provocado una reflexión sobre las razones que tengo para seguir escribiendo aquí y cómo veo la información religiosa hoy en España.
(AE)
Esta frase se la oí a un veterano misionero. A veces parecía una perogrullada pero en estos años en África he descubierto la gran verdad que encierra. La pobreza material se subsana... pero la ignorancia del que no quiere aprender ni siente que lo necesita es la que mantiene a ciertas personas en una situación de indigencia y de postración.
Les cuento ahora una historia que me pasó hace varios años, viviendo con una tribu sudanesa cuyo nombre omitiremos por caridad. Los miembros de esta tribu eran en su gran mayoría expertos agricultores, bendecidos con una tierra fertilísima y con un clima que hacía posible hacer al año casi tres cosechas. Con tales condiciones, no tendrían problemas para prosperar, pero el hecho es que no terminaban de salir de la pobreza. Vivían en míseras cabañas (había un dicho popular que los miembros de esa tribu, la primera vez que utilizaban en su vida el cemento era cuando les hacían la tumba) y temían prosperar materialmente debido al miedo al “mal de ojo” y esta actitud les hacía ocultar cualquier signo de riqueza.
(AE)
Pensaba escribir algo para celebrar los 20 años de libertad de Nelson Mandela, pero preferí dejar que fueran los medios de comunicación los
que hablaran de él. Hoy, varios días después, quisiera compartir algunas reflexiones que me han surgido de la lectura de estos artículos.
Ni que decir tiene que para profundizar en el personaje recomendaría muy mucho a los lectores que lean su autobiografía “El largo camino a la libertad” en la cual podrán comprender también los muchos y diversos dilemas de su vida y las opciones vitales que decidió tomar, entre ellas, el espíritu de reconciliación y no de revancha que infundió al resto del país cuando alcanzó la libertad y el puesto de presidente del país.
(AE)
Creo que los lectores de este blog habrán visto hasta la saciedad que, aunque los posts de este blogs estén escritos con un gran amor a África y a sus gentes, eso no quita para que
también podamos hacer un poco de crítica sobre ciertas realidades y actitudes que merezcan ser criticadas.
En los últimos días, África vuelve a estar en el candelero de los medios de comunicación, pero no se preocupen, la noticia en cuestión no es algo positivo como una exitosa política social, una victoria en la lucha contra el SIDA o un nuevo fármaco contra la malaria... No, se trata de nuevo del morbo que producen ciertas situaciones, personajes y personajillos que les sirven muy bien a los medios para ocupar un espacio de segundo orden que entretenga al personal, ávido de caspilla y de chismes de alcobas.
JCR)
Resulta muy extraño encontrarse delante de 160 chicos y chicas, llenos de vitalidad, que acaban de salir de clase y que al comunicarse contigo lo hacen en silencio. Pero en el recinto de la escuela de Kitgum (Uganda) que ostenta las siglas NUCBACD, uno se encuentra sólo con alumnos sordos que para comunicarse usan el lenguaje de los signos, moviendo con rapidez las manos en un ambiente sin sonidos sólo roto de vez en cuando por algún sonoro aplauso. Mientras preparo un viaje a África en el que espero volver a verlos, recuerdo mi primer encuentro con ellos, el año pasado.
(JCR)
(Continuación) A finales de marzo de 1919 llegaron cuatro misioneros más de Italia. Entre ellos estaba el padre Pasquale Crazzolara, uno de los grandes lingüistas que ha tenido el instituto comboniano. Después de algunos meses, preparó un libro de oraciones y un catecismo en lengua alur, mientras sus compañeros se afanaban en construir una escuela. La misión siempre estaba llena de gente: enfermos que pedían medicamentos, y hombres y mujeres ya mayores que mostraban sus pipas vacías y pedían a los misioneros que se las llenaran de tabaco.
(JCR)
Las piedras medio ocultas en la hierba que muestra esta fotografía son lo único que queda de la ciudadela de Koba, un puesto colonial británico que existió a orillas del Nilo, en Uganda. Un día de febrero de 1910 llegaron allí dos misioneros combonianos tras un largo y penoso viaje. Aquello fue el comienzo de la evangelización del norte del país, una efemérides que varias diócesis ugandesas celebran ahora. El relato de aquellos comienzos es una parte de la historia de la Iglesia que nos lleva a la segunda mitad del siglo XIX y los albores del siglo XX, cuando la ruta del Nilo en Egipto, Sudán y Uganda estuvo jalonada de las tumbas de innumerables misioneros que morían jóvenes víctimas de las enfermedades.
(JCR)
Tarcisio Pazzaglia es un misionero comboniano de Italia que lleva en el norte de Uganda 50 años. Lo conocí, recién llegado yo en 1984, y al instante nos hicimos amigos. Ni yo sabía italiano, ni él español, y tampoco podíamos comunicarnos en inglés porque el veterano misionero nunca tuvo tiempo de aprender la lengua oficial de este país africano y apenas la chapurreaba un poco. “No te preocupes, si te sientas conmigo después de cenar al fresco y tomamos un poco de grappa en seguida aprenderás el italiano”, me dijo. Y en serio que este método dio resultado. Me esforcé en aprender italiano solo por comunicarme con él. Tarcisio fue para mí el confidente, el consultor, el amigo veintitantos años mayor que yo que me explicaba las cosas con paciencia y que resolvía mis dudas. Su sentido del humor, con sabor “meridional” me cautivó, sobre todo cuando hacía gala de él en medio de situaciones muy difíciles, que las tuvo y muchas.
Jueves, 16 de febrero
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi
Juan Fernandez Krohn
Francisco Margallo
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Manuel Mandianes