(AE)
Hace varios años, me encontré en El Cairo con un cineasta argelino llamado Rachid Benhadj que había venido a Egipto a filmar un documental. Parte de las escenas de
esta cinta tenían lugar en la Iglesia Católica de Sakakini, uno de los lugares de culto en los que se reunían los miles de refugiados sudaneses que a lo largo de los años se habían reunido en la capital egipcia y sus alrededores, esperando que las Naciones Unidas les concedieran el estatus de refugiados.
Un domingo por la tarde, durante la Eucaristía, el cineasta hizo varias tomas de la celebración, la cual – debido a la gran diversidad tribal y lingüística de aquellos refugiados – se oficiaba en árabe, una de las lenguas francas de Sudán.
Recuerdo que después de las tomas, Benhadj comentó que era la primera vez que asistía a un oficio cristiano en árabe y que lo que más le había chocado del mismo no habían sido los tambores ni los bailes, sino el hecho que los cristianos invocaran a Dios como Alá. De alguna manera, este director nunca había reparado en este punto y quizás esperaba que hubiera un nombre especial para definir a Dios en árabe dentro de las iglesias... y he aquí su sorpresa al ver que se utilizaba exactamente la misma palabra que utilizan millones de seguidores del Islam repartidos por el mundo.
Traigo esto a colación por el grave problema que está teniendo lugar ahora en Malasia con la población cristiana que se ha visto en estos días atacada varias veces debido al hecho que la corte de justicia ha sancionado la práctica asentada desde hace mucho tiempo de que los cristianos puedan llamar a Dios Alá en sus celebraciones. Esta decisión judicial ha desatado una ola de protestas e incluso ataques físicos contra cristianos e iglesias. En malayo, se adoptan algunas palabras del árabe y entre ellas está la palabra Alá (literalmente “El Dios”) que en un principio no tiene – ni debería tener – connotaciones de religión alguna sino que denota la el nombre del Ser Supremo o la Deidad.
Es curioso que estos fieles musulmanes salgan con estas pretensiones. Los que tenemos el privilegio de poder leer la Biblia en árabe, hemos podido constatar lo maravillosamente cercana que está a sus orígenes hebreos y semitas, con frases y expresiones tan similares a los textos originales hebreos. En casos así, no deberían ser los líderes religiosos los que hablaran, sería suficiente con que los filólogos y literatos dieran testimonio de cómo los orígenes del cristianismo están presentes en ese mosaico tan complicado que son las culturas de Oriente Medio. Con ese trasfondo, resulta cuando menos llamativo que ahora se movilicen ciertos grupos para impedir que a Dios se le llame Dios, sea en la lengua que sea. Da pena, la verdad. En vez de maravillarse como Benhadj, su reacción es la de escandalizarse... y destruir al infiel.
En Sudán y Egipto he sido testigo del uso cotidiano y para nada nuevo de la palabra Alá en los templos cristianos, sean de la confesión que sea. Espero simplemente que esta nueva ola de ataques a iglesias no se extienda en otros países con minorías cristianas y araboparlantes. Sería ya lo que les faltaba, que aparte de la persecución y la discriminación sistemática a la que se han visto sometidos desde hace decenas de años, provocando un éxodo silencioso pero masivo, ahora tengan que soportar una nueva ola de odio y discriminación por el “sacrilegio” de invocar a Dios en su lengua natal y la estulticia de quienes se erigen en defensores de la ortodoxia y el decoro lingüístico.
La verdad, qué razón tenía aquel que dijo aquella frase de “no hay peor pobreza que la de la cabeza.”
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez