(JCR)
Una de las imágenes de la Navidad en el norte de Uganda que no se me borrará nunca de la cabeza es la de los corrillos de campesinos acudiendo ese día, muy de mañana, a la sombra de alguno de los árboles donde antes del amanecer dos de sus vecinos habían sacrificado una vaca –más bien entrada en años- o una cabra. Una vez cortada en varios trozos la res y dispuestos éstos en mostradores hechos de hojas de árboles, comenzaba la venta con la ayuda de una vieja báscula de pesas. Había que hacerlo deprisa, antes de que el sol calentara demasiado fuerte, mientras un par de personas con ramajes espantaban las moscas para que no molestaran el improvisado mercadillo.
En el corrillo había hombres y mujeres que se afanaban por sacar del bolsillo las monedas cuidadosamente ahorradas durante meses para hacer la gran compra navideña, consistente por lo general en un kilo de carne, aunque no era infrecuente que tras contar cuidadosamente las monedas y poner cara de resignación el gasto se redujera a medio kilo. Cada compra era precedida por un regateo entre el comprador y el ganadero, con un tira y afloja sobre no me pongas huesos por favor, ese trozo tiene mucha grasa, sí pero entonces te tengo que poner un poco de intestino, y si quieres sólo carne sin hueso entonces págame 300 chelines más, etcétera, etcétera.
Al final, la señora con el niño a la espalda se alejaba, a veces riendo, tal vez refunfuñando, con su medio kilo envuelto en hojas recién cortadas y se encaminaba a su casa para empezar a cocinar el preciado menú navideño que, después de volver de la oración, se repartía entre los miembros de la familia acompañado de algo de masa de bola de maíz, de mijo o de mandioca. Un kilo de carne, no raramente medio, a repartir entre seis o siete miembros de una familia. Y eso los que tenían suerte. Quienes no podían permitirse ese lujo se decantaban por la opción más económica, consistente por lo general en un trozo de pescado seco que cortado en trocitos y hervido con algo de tomate y cacahuete en polvo podía convertirse en un manjar exquisito.
Veinte años pasé en Uganda y veinte navidades celebré allí con gente muy pobre, sobre todo en campos de desplazados. Cada una de esas veinte navidades, siempre me paré a saludar a la gente a la que veía en esos improvisados mercadillos del medio kilo, y cuando los veía después delante de mí durante la celebración de la Eucaristía cantando, bailando y rebosando de alegría no podía menos de pensar que la Navidad celebrada con ellos tenía mucho más sentido que el festival de apariencias, consumismo, ruido y luces de neón en que hemos convertido la fiesta del nacimiento del Hijo de Dios, o las fiestas de invierno, o lo que demonios sea esto que la gente celebra aquí en el mundo desarrollado.
No me gusta la Navidad en Europa. Es mi segundo año que la vivo aquí y, aparte de lo positivo que tiene estar con la propia familia, echo de menos la alegría muy vivida y sincera que ví en los ojos de tanta gente muy pobre que se conformaban con lo poco que podían disfrutar. Y cada vez que me llamaron para sentarme con ellos y compartir con ellos la salsa con algún trocito que otro de carne flotante pensé que su Navidad tenía mucho más que ver con la Jesús de Nazaret en Belén que con la de nuestro mundo de hartazgo tan vacía de contenido.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez