(JCR)
Cuando vivía en África siempre salía de casa con mi inseparable cuadernillo de notas. Ahora que mi trabajo me permite viajar por este continente de vez en cuando sigo con la misma costumbre. Siempre encuentro mil detalles que merecen la pena ser relatados, pero no me gusta entrometerme como un extraño en la vida cotidiana de nadie y por eso intento comportarme con discreción: una bolsa pequeña, nada de ordenadores y rara vez la cámara, sólo si estoy seguro de que necesito hacer alguna foto. Grabadora, sólo si tengo que entrevistar a algún personaje muy importante que quiere que se reproduzcan fielmente sus palabras. Y el cuaderno de notas lo saco lo menos posible. Prefiero escuchar a las personas que tengo delante, intentar memorizar lo esencial de lo que me dicen y, cuando tengo la ocasión, me aparto a un rincón y con rapidez escribo algunos detalles de lo que he visto y oído y que una vez que me ponga a escribir con más calma tirarán del resto de la historia.
De niño fui un infatigable devorador de libros y pronto fui más amigo del bolígrafo que del balón. Seguramente por eso me incliné por estudiar Teología y Periodismo. Una vez en la Universidad, recuerdo con especial afecto a una profesora de redacción periodística de la que aprendí mucho. Se llamaba Pilar Erquicia, y sus detractores se referían a ella como “Pilar Me Desquicia”, seguramente por sus formas de iniciarnos en los secretos de la escritura periodística que recordaban bastante a los de un instructor de marines. Entraba en clase como una exhalación, nos repartía varios teletipos de agencia y sentenciaba firmemente: “Tenéis 20 minutos para escribir un texto de tal y tal extensión”. En cuanto nos poníamos manos a la obra seguía con otros asuntos: “Mientras preparáis este ejercicio voy a dar algunos avisos: el día tal habrá un seminario sobre el Nuevo Periodismo en el aula número tal, y los que tengáis pendiente de entregar el trabajo de la semana pasada podéis pasaros por el despacho número…” A los dos minutos las quejas de algún desesperado alumnos la interrumpían implorando un poco de tranquilidad. “Por favor, señora (entonces llamábamos a los profesores “señor” y “señora” y de usted) que así no se puede uno concentrar…”, objeción a la que Pilar Erquicia respondía levantando la voz con decisión: “Tenéis que acostumbraros a escribir con rumor, de prisa y prestando atención a varias cosas a la vez. Y al que no le guste ¡que se busque otra profesión!”
Cuando frecuentaba las aulas de la Complutense ya había pasado yo tres años en Uganda y aún me quedarían otros 17 por vivir allí. Los consejos de doña Pilar me sirvieron de mucho al tener que escribir a menudo teniendo muy poco tiempo y sin tener la posibilidad de retirarme a un lugar tranquilo a poner mis ideas en orden. Sólo me faltaba escribir camuflándome, y eso me lo enseñó un policía un día que me encontraba yo tomando notas descaradamente sentado a la sombra de un porche en una caótica estación de autobuses de una ciudad del norte de Uganda mientras esperaba alguna furgoneta que me llevara a mi lugar de destino. A los pocos minutos me llevé un buen susto cuando un policía con cara de pocos amigos me preguntó que qué estaba haciendo y por qué estaba escribiendo. Tras revisar mi documentación y mi cuaderno de notas -que miró de arriba a abajo mientras yo rezaba para que mi español le sonara a chino- me avisó seriamente que dejara de escribir. Seguramente le debí de parecer un espía o algo parecido. Si pensó que era un periodista, peor todavía. Los periodistas no suelen ser bienvenidos en lugares donde la gente sufre abusos muy serios y alguien pudiera contar las cosas tal y como las ve. Desde entonces cuando estoy en un lugar público procuro mirar como si no me interesara lo que veo y escribo lo menos posible y a hurtadillas, no sea que me vuelva a aparecer el policía aquel o alguno de sus descendientes.
El pasado mes de marzo, al cruzar la frontera entre Sudán y Uganda, en Nimule, nos topamos con un motín del ejército y nos obligaron a bajarnos del autobús y a dejar todas nuestras pertenencias en el vehículo. Al caminar bajo aquel sol abrasador en dirección a Uganda y empezar a hacerme a la idea de que tardaría en recuperar mi equipaje exhalé un suspiro de alivio cuando comprobé que encima de mí llevaba el pasaporte, mi bloc de notas y mi pequeña cámara digital. No me importó mucho prescindir de todo lo demás. Si hubiera perdido mis apuntes de viaje me habría desesperado. Gracias a ellos cuando llego a un lugar donde puedo escribir con calma puedo contar a mucha gente lo que he aprendido de las personas que me encontrado. Es la culminación de un viaje en el que lo más importante del recorrido es la gente a la que escuchas y que tiene mucho que enseñarte.
Miércoles, 10 de febrero
Peio Sánchez Rodríguez
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Miguel Blanes Coll
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Robert Blair Kaiser
Ediciones Khaf
Mario Bruzzone
JC Rodríguez, A Eisman