En clave de África

Solidaridad de pelotas

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(JCR)
Me ocurrió hace pocos días. En una actividad realizada por la ONG en la que trabajo en una Universidad privada donde estudiar un solo curso cuesta 12.000 euros al año se propuso a los estudiantes hacer una “pirámide solidaria”. El invento consistía en llenar con material deportivo un espacio de dos metros de alto con forma de pirámide situado a la entrada de uno de los amplios vestíbulos que daban acceso a sus aulas. Desde que volví de Uganda el año pasado no deja de sorprenderme el uso que se da a la palabra “solidario”, adjetivo de significación un tanto difuminada que puede calificar los nombres más variopintos: hay pulseras solidarias, libros solidarios, camisetas solidarias, fotos solidarias y todo lo que ustedes quieran mencionar. Estoy seguro de que el día en que alguien se invente los calcetines, los baberos o los jamones con chorreras solidarios todo el mundo se tomará la ocurrencia muy en serio.

Pasaron cuatro días y cuando pasé por el hall de entrada comprobé que la pirámide no llegaba ni a los 40 centímetros. Eso sí, allí había infinidad de pelotas de tenis, alguna que otra zapatilla deportiva bastante gastada y no muy limpia, alguna que otra camiseta que conocieron tiempos mejores y un par de bolsas de deporte algo deshilachada. Todo ellos para enviar a una escuela de un país africano dirigida por misioneros que se afanan por dar una educación de calidad a niños de barriadas pobres. Me quedé varios minutos mirando a aquellas pelotas y pensé en el lo mucho que aquellos buenos hombres tendrían que cavilar el día que les llegara el cargamento con marchamo de solidaridad enviado por jóvenes pudientes españoles que bien se pueden gastar varios cientos de euros al mes en entretenimientos varios mientras se emocionan pensando en lo super-hiper-mega solidarios que son por llevar una pulserita de goma y haber vaciado alguno de sus armarios de trastos que les estorban.

Cualquiera que haya trabajado en África en ambientes marginales sabe las maravillas que puede hacer una actividad deportiva bien programada y con medios decentes orientada a niños y jóvenes que carecen de acceso a la educación o que han sido víctimas de alguna de las innumerables guerras que afligen al continente. Fútbol, baloncesto, voleibol y atletismo despiertan los entusiasmos más apasionados, crean una escuela de valores y unen a personas alrededor de un lenguaje universal. El tenis, sin embargo, en África no deja de ser un deporte de élite practicado por personas como diplomáticos, ministros, financieros y miembros de las élites africanas que tienen acceso a clubs deportivos donde la entrada cuesta un dineral. Por eso pensé qué uso se podría dar a aquellas decenas, tal vez cientos de pelotas amarillas arrojadas al corralito que nuestra ONG puso a disposición de los impulsos solidarios de los que pasaban por allí con libros debajo del brazo.

Creo sinceramente que la palabra “solidaridad”, como tantas otras, se ha devaluado y corre el peligro de perder su significado. Deberíamos recuperar su sentido originario expresado en la lengua latina, que tiene que ver con “soldar”, unir profundamente hasta hacerse uno con aquello o la persona con la que nos solidarizamos, muy especialmente su dolor. En tiempos recientes esta palabra ha venido a sustituir a la un tanto desprestigiada “caridad”, virtud cristiana que se ha arrojado al foso de los desperdicios lingüísticos por asociarse con actitudes supuestamente paternalistas poco en boga. Creo que ambas palabras, correctamente entendidas, significan al final lo mismo: la donación total de uno hacia los demás, especialmente los que están más necesitados de ayuda, con la particularidad de que la palabra caridad tiene un plus de lenguaje religioso que lejos de rebajarla la añade más calidad. Los que nos dedicamos a la cooperación deberíamos despojarnos del miedo de proponer a las personas a las que nos dirigimos que para remediar la injusticia del mundo y ayudar a sus víctimas la solidaridad significa no dar lo que nos sobra –o lo que nos estorba- sino dar de lo necesario, compartiendo nuestros recursos.

Lo demás son analgésicos falsos y baratos camuflados de pulseras de goma sin valor, tickets baratos o pelotas que ya no necesitamos. Sería muy triste que esta palabra quedara reducida a acciones superficiales y excusas para adormecer nuestra conciencia.

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