(JCR)
¿Se imaginan ustedes a Joaquín Sabina, a Víctor Manuel, a Miguel Bosé o cualquiera de nuestros cantantes más o menos de moda dedicando una canción a la Iglesia o
a alguno de sus representantes? Yo tampoco, desde luego. Incluso no sería difícil revisar las letras de muchas canciones que han ocupado los primeros puestos en las listas de éxitos de España durante los últimos años y encontrarse con mensajes abiertamente hostiles contra todo lo que suene a religioso, como aquella tonadilla de Víctor Manuel en los años 80 “Déjame en paz, que no me quiero salvar, en el infierno no estoy tan mal…” o los versos de Aute: “Qué tortura, soportar tu voz de cura, moralista, con ese aire funeral…”
Por eso me llamó la atención lo que escuché el pasado 24 de octubre en el auditorio San Francisco, en Ávila. Acudíamos a un concierto del músico de Sierra Leona Seydú, un consumado percusionista y compositor que durante hora y media deleitó a varios cientos de asistentes con sus temas interpretados en su lengua natal. Antes de comenzar a interpretar su tercera canción dijo estas palabras: “Quiero recordar con cariño a todos los sacerdotes, los misioneros que trabajan en mi país y en toda África para ayudar a las personas que sufren más”.
Digo que me llamó la atención, porque me acordé de los ejemplos que les he mencionado al principio y porque siempre he pensado que comparar no es odioso. Pero tampoco me sorprende. Cualquiera que haya vivido en África sabe muy bien que allí donde hay personas pisoteadas por cualquier motivo hay sacerdotes (misioneros o no), religiosos y religiosas que están a su lado ayudándolos a salir adelante. Lo hacen poniendo en marcha escuelas y centros de salud, construyendo pozos y centros sociales. Reparten medicinas, conocimientos y consuelo espiritual. Nadie niega la buena labor que hacen también muchas ONG y organismos que no son de Iglesia, como tampoco se puede decir que el hecho de que una acción social se realice por parte de una institución religiosa sea garantía plena de que esté bien realizada. Pero es un hecho innegable que la Iglesia en los países africanos lleva muchos años defendiendo a los que no tienen voz y ayudándoles a levantarse a los que están más tirados en la cuneta.
La Iglesia en África, como en todas partes, tendrá sus defectos, pero en la mayor parte de los casos no vive al margen de la sociedad en la que se encuentra y responde a los problemas reales de las personas a las que sirve. En esto creo que tiene un punto a favor si la comparamos con muchas de las realidades de la Iglesia en España. Y, desde luego, es un instrumento de reconciliación, consenso, unión y diálogo en medio de realidades muy conflictivas. La crispación, atrincheramiento y politiqueos que siguen sorprendiéndome en muchos lugares de la Iglesia española no los he encontrado (por lo menos en niveles tan altos) en la Iglesia africana que he conocido durante 20 años en más de diez países.
Seydu recordaría, sin duda, la labor que han hecho misioneros como Chema Caballero y muchos otros en la rehabilitación de los niños soldado y en el desarrollo de escuelas y servicios de salud a una de las poblaciones más postradas del mundo en su propio país. Por eso no me extraña que durante su concierto dedicara esas palabras llenas de afecto. Desconozco si el brillante músico africano es católico o no. Ni lo sé ni creo que sea importante saberlo. Pero reconozco que sus palabras me dieron mucho que pensar.
Jueves, 16 de febrero
Francisco Baena Calvo
Jose Luis Cortés
Salvador García Bardón
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Carmen Guaita
Josemari Lorenzo Amelibia
Desiderio Parrilla Martínez
Juan Fernandez Krohn
Vicente Haya