En clave de África

Los enfermos de lepra: pobres entre los pobres

20.10.09 | 22:30. Archivado en Desarrollo, Artículos Alberto (AE)
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(AE)
Me ha llenado de satisfacción la noticia de la canonización del P. Damián de Veuster, sacerdote belga, uno de esos casos en los cuales el pueblo llano lo llevó a los altares mucho antes de que fuera proclamado santo. Recuerdo de pequeño la devoción que le tenía la gente, quizás impresionada por aquella cinta de “Molokai” que tanto furor hizo en su tiempo con la historia de aquel bisoño sacerdote que, después de un contacto fugaz con los enfermos de lepra en las paradisíacas islas de Hawai, decidió autoexiliarse – completamente sano - en aquella isla donde se aislaba a los enfermos del contacto con el resto del mundo y donde terminó sus días sucumbiendo a aquella enfermedad tan terrible y tan temida hasta hace pocos años.

Parece que ya hoy casi “no pega” hablar de la lepra ya que muy pocas personas se han encontrado con casos similares. La realidad de esta enfermedad – sin ser tan preocupante como hace unas cuantas decenas de años – debe todavía considerarse seriamente ya que sigue siendo un problema para un sector importante de la población sobre todo en regiones con pobres servicios asistenciales.

Gracias a los avances médicos podemos hablar hoy de una dolencia fácilmente curable y tratable. La terapia de tratamiento farmacológico combinado (dapsone, rifampicina y clofazimina) está reconocida internacionalmente por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la ideal para matar los agentes patógenos y restablecer la salud. Tomando regularmente estos medicamentos, en un periodo de 6 a 12 meses la curación puede llegar a ser total, aunque en aquellos casos donde la enfermedad haya avanzado bastante habrá que recurrir a la cirugía para dar más calidad de vida a estas personas.

Desde el año 1995 la OMS ofrece gratis a todos los enfermos del mundo este tratamiento a través de organizaciones y gobiernos que se responsabilizan de que lleguen a sus destinatarios. Poco a poco se ven los resultados: del año 2007 al 2008 se ha detectado una reducción de un 4% en el número de personas afectadas y continúa en progresión descendente la incidencia de la enfermedad en todo el mundo.

El desafío ahora consiste en buscar aquellos casos que se encuentran lejos de los centros de salud y que por tanto están a más riesgo de sufrir las consecuencias patológicas y sociales de la enfermedad. El estigma que acompaña a la enfermedad sigue siendo un gran obstáculo a la hora de identificar nuevos casos. La guerra está prácticamente vencida, pero quedan todavía algunas batallas por librar.

Uno de los recuerdos más hondos que me han quedado grabados han sido el de un grupo de leprosos, muchos de ellos con muñones en lugar de pies o manos, que se habían reunido en un pequeño dispensario para recoger las medicinas que tenían que tomar a casa para el mes siguiente. Junto con las medicinas, las hermanas de aquel dispensario les daban unos kilos de grano y algo de azúcar. Al verse de nuevo recompensados por su fidelidad (es esencial tomar las pastillas diariamente y no interrumpir el tratamiento) y recibir las medicinas para continuar su cura, la reacción de aquellas personas no fue otra... que ponerse a bailar. Con sus muñones en tierra hacían piruetas, cantaban y se movían con gran ritmo, uno no pensaría que eran personas cuya movilidad se había visto afectada por aquella terrible enfermedad. La alegría de saberse vivos y de verse poco a poco libres de aquel mal antes incurable y temido llenaba sus corazones y – como pasa con frecuencia entre las buenas gentes de esta bendita África – les daba razones, ánimo y fuerza para mantener viva la esperanza.


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