En España, como en África, un obispo bueno es un obispo callado
28.06.09 @ 20:45:33. Archivado en Religión, Artículos José Carlos (JCR), Medios de comunicación
(JCR)
Durante los últimos días hemos oído a Zapatero decir que le preocupa
el poder de la Iglesia, y declara que “una parte de la jerarquía pretende condicionar la acción política”. Sus adláteres políticos nos han regalado con perlas semejantes, como su vice-presidenta Fernández de la Vega cuando dice que “los obispos no saben su papel en la Iglesia” o José Bono cuando arremete contra los que están contra el aborto porque, según él, “son los mismos que no dijeron nada contra la guerra de Irak, comentario este último que falta seriamente a la verdad porque desde 2004 hasta la fecha ha habido numerosos eclesiásticos –empezando por el mismo Papa Juan Pablo II- que sí hablaron y muy alto contra la guerra de Irak y contra todas las demás guerras. Permítanme hoy que en este blog, que se ocupa de temas de África, diga algo sobre esta bien conocida ofensiva laicista del gobierno de Zapatero porque me recuerda demasiado a situaciones que vivimos en la Iglesia de Uganda. También allí el gobierno no desperdició ocasión de atacar a la Iglesia cuando ésta hablaba de temas políticos y sociales. Y es que la naturaleza humana es la misma en todas partes.
Los que siguen este blog puede que recuerden algunas de las cosas que he contado tantas veces sobre la guerra que asoló al norte de Uganda desde 1986. Desde entonces el gobierno del país ha reaccionado de forma bastante agresiva cada vez que los líderes religiosos han llamado la atención sobre los abusos que se cometían allí contra la población. En 1987 expulsaron a un misionero que llevaba toda su vida trabajando allí y dieron orden de cerrar varias misiones de la zona bajo pretexto de que la Iglesia simpatizaba con los rebeldes. A partir de 1996, cuando el gobierno ugandés empezó una política de reagrupación forzosa de la población civil en campos de desplazamiento, los obispos del norte hablaron en repetidas ocasiones en contra de esta medida, que privó a la gente de sus tierras y les abocó a vivir en situaciones infrahumanas. Recuerdo muy bien que las declaraciones del presidente repetían machaconamente que “los obispo se están metiendo en política”.
Cuando, desde 1997 y durante muchos años, los obispos pidieron al gobierno que se sentara a negociar con los rebeldes para resolver el problema, el presidente no desperdició ninguna ocasión para acusar a los líderes religiosos de ser “simpatizantes de los terroristas” o incluso “colaboradores de los criminales”.
Ya sé que cada situación es distinta, pero sospecho que en ambos casos subyace una idea que desde hace mucho tiempo intenta ganar carta de ciudadanía: que la religión es una práctica que sólo puede existir en el ámbito privado y que hacer profesión de las creencias religiosas y sus implicaciones políticas y sociales en el campo público es algo que molesta y hay que dejar en mal lugar. Por eso, se espera de los políticos que dejen sus creencias más profundas a la entrada de la arena política, y se carga contra los obispos cuando éstos recuerdan a la sociedad determinados principios éticos que nadie puede dejar a un lado. En España, por ejemplo, todo el mundo tiene derecho a opinar sobre lo que le dé la gana y a decir todo lo que quiera: los políticos, los sindicatos, los empresarios, los jueces, los periodistas, los artistas, las ONG, Bibiana Aído, Boris Izaguirre, Penélope Cruz, Alaska, Loquillo y la ovejita lucera. Pero que se le ocurra a un obispo recordarnos algo sobre la vida humana de los no nacidos, sobre la protección a la familia, la trivialización de la sexualidad, los derechos de los inmigrantes o la ética social y no pasarán ni dos horas antes de que se le echen encima los que claman a favor de la libertad de expresión y la tolerancia pero que tan poca gala de tolerancia hacen con los líderes religiosos. No niego que haya ocasiones en que en el seno de la Iglesia se actúe de formas muy cuestionables y poco evangélicas que puedan merecer recriminación, pero lo que está en juego aquí es el derecho de los líderes religiosos a que hablen para ofrecer una guía moral sobre temas ante los que no se puede callar.
Y, por cierto, me resulta profundamente injusto que los dirigentes socialistas que tan alegremente lanzan sus dardos contra los obispos no gasten ni una palabra en reconocer la valiosa acción que la Iglesia realiza por medio de Cáritas a favor de los más necesitados que ni siquiera reciben la debida protección social del Estado, ni se les escape nunca un solo comentario de reconocimiento por la labor que miles de misioneros realizan en muchos países de la geografía de la pobreza mundial. A la Iglesia, según parece, hay que dejarla siempre en mal lugar. Y es que un obispo bueno, por lo que se ve, es un obispo callado. Lo mismo en España que en África.
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JC Rodríguez, A Eisman
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