La otra cara de los abusos sexuales en la Iglesia y los ambientes filantrópicos
18.06.09 @ 19:39:06. Archivado en Desarrollo, Religión, Artículos Alberto (AE), Medios de comunicación
(AE)
En los últimos días ha habido en la iglesia de Kenia un gran revuelo debido
a acusaciones de abuso sexual a niños aparecidas en una cadena de televisión contra un misionero extranjero, muy famoso en el país por sus múltiples obras filantrópicas y asistenciales, entre las que destacan varias instituciones para los niños de la calle en diferentes países y diversas iniciativas sociales. Según las fuentes de esta cadena, tendrían en su propiedad material gráfico donde el misionero aparece y un par de jóvenes han aparecido anónimamente en la televisión describiendo con detalles los presuntos abusos por parte del religioso. Le acusan también de haber enviado a su país material gráfico para “atraer a otras personas para que vengan a este país y disfruten.” Se pueden imaginar el escándalo.
Parecería como que esto no es más que un capítulo más de esa lamentable cadena de aberraciones cometidas por algunos miembros de la Iglesia Católica en diferentes partes del mundo, pero parece ser que en este caso hay algo más. Al verse en el ojo del huracán, el misionero en cuestión ha vuelto al país (estaba en el extranjero cuando se destapó la cosa) y en cuanto salió del aeropuerto hizo una declaración jurada en la comisaría de policía, convocando posteriormente una rueda de prensa, en la cual ha manifestado su inocencia pero ha mostrado estar dispuesto a soportar el peso de la ley si hay pruebas fehacientes que lo incriminen.
El misionero ha hablado de unos emails anónimos que ha estado recibiendo durante meses, en los cuales se le extorsionaba con este tema e incluso llegó a recibir fotos claramente manipuladas con un programa gráfico en el cual se le veía junto a una persona desnuda. Según su versión, esta maniobra ha ido asociada al intento de varias personas de su confianza de apropiarse y modificar ilegalmente las escrituras de los centros e institutos para niños de la calle que él ha fundado y que ahora tienen un valor inmobiliario de 3 millones de Euros. Obviamente, para completar sus acciones tenían que quitar de en medio al misionero y – siempre según sus declaraciones – colaboradores suyos que no han colaborado en estas acciones y se han negado a testificar contra él alegando abusos sexuales han sido amenazados de muerte.
Hasta aquí la historia y sus versiones cuya veracidad tendrá que ser dilucidada por los tribunales. Yo ni entro ni salgo en la misma, aunque sí me sugiere una reflexión. No seré yo quien niege la triste y escandalosa realidad de tantos miles de casos de sacerdotes que, pervertiendo una vocación que debería ser limpia, desinteresada y llena de amor, han utilizado su posición de poder para saciar unos instintos tan repugnantes marcando de por vida a tantos jóvenes. Eso es una terrible realidad que me avergüenza profundamente como cristiano y como ser humano.
Mucho se habla de estos seres teóricamente llamados a la santidad y el servicio pero que de hecho se han convertido en destructores de la juventud y monstruos de perversión. Por otro lado, poco o nada se habla de la presión a la que están sometidos otros religiosos, voluntarios o cooperantes rectos y sin mancha que trabajan bien y comprometidamente con la juventud y que – ante la avalancha de casos solucionados a golpe de talón en otras latitudes – se ven a veces acosados por criminales o personas sin escrúpulos los cuales son muy conscientes de la seriedad del problema y se aprovechan del mismo, estando dispuestas a todo con tal de conseguir unos ciertos beneficios económicos. Como saben que la sociedad comienza a estar concienciada con el problema y los medios de comunicación están ávidos por levantar la perdiz y pillar a cualquiera de estas personas con la manos en la masa, atacan por ese lado, buscan o fabrican pruebas y amenazan con ir a un periódico o una televisión y contar historias truculentas que – como ha pasado en este caso – se emiten de manera asertiva como “reportajes de investigación” y suponen de hecho todo un juicio extrajudicial donde el periodista prácticamente da el veredicto y dicta sentencia.
No sé hasta qué punto ciertos medios se dejan llevar por tales motivos; el canal en cuestión para mí ha aplicado aquí el famoso principio pseudoperiodístico de “no dejar que la realidad te estropee un buen titular.” Sin querer tomar partido ni defender a este misionero, me parecen muy plausibles algunos de sus argumentos, los cuales me indican la indefensión a la cual se enfrentan personas de este tipo, muchas de ellas con caras conocidas en los medios. En situaciones así, donde uno trabaja en diferentes instituciones y ámbitos benéficos, uno está constantemente expuesto a la posibilidad de que un trabajador descontento, un colaborador codicioso o simplemente una persona sin escrúpulos que conozca los entresijos de la organización en cuestión pueda mover los hilos para desacreditar a la persona y provocar una confusión que pueda ser positiva para obtener fondos a cambio de silencio o apropiarse de bienes o de dinero.
Esta es, sin duda, otra cara de la realidad. Dios me libre de sugerir o insinuar que las personas que en su día sufrieran abusos en las escuelas o instituciones de la iglesia fueran impostores o levantaran falso testimonio, ni mucho menos. Lo que sí creo es que hay personas hoy día que, al calor de esa polémica suscitada en los últimos años y sabiendo el impacto negativo que puede tener si se exponen ciertas acusaciones a la luz pública, pueden aprovecharse e intentar obtener beneficios económicos o materiales de personas que posiblemente no han cometido nunca tales acciones pero que son presas atractivas simplemente porque están en el candelero o porque tienen una proyección mediática importante. A más de un desaprensivo le gustaría encontrar o fabricar un escándalo para chantajear “a lo grande” a un Vicente Ferrer, un Padre Ángel o al Dalai Lama. Al fin y al cabo, el ruido (¡y el morbo!) de un árbol que cae siempre es mayor que el de todo el bosque que crece.
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JC Rodríguez, A Eisman
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