(AE)
Estos días estoy teniendo la oportunidad de visitar y documentar algunos programas de salud que una pequeña organización está llevando a cabo en una región del
Sur de Sudán limítrofe con Darfur. Los programas que estoy visitando se centran sobre todo en la lucha contra la tuberculosis, un problema que en el continente africano es mucho más serio. Mientras que la incidencia de la enfermedad en Europa es de 60 casos por 100.000 personas, en África la cifra sube hasta 511, siendo la más alta del mundo.
Ayer tuve la oportunidad de tener un largo encuentro con un grupo de mujeres afectadas por la enfermedad que se están sometiendo al tratamiento en el hospital especializado que esta organización tiene en el pueblo de Nyamlell. Oyendo sus testimonios e historias recordé lo que había oído de cómo se vivía esta enfermedad hace unas cuantas decenas de años en mi propio país, con lo que suponía de rechazo social y de pequeña lacra social cuando alguien de pronto comenzaba a toser sangre y por tanto se le llevaba al enfermo cuanto antes y de la manera más discreta y disimulada posible a un hospital aislado, si era posible en zonas altas, hasta que se recuperara.
En estas remotas regiones, el afrontar el problema de la tuberculosis no es fácil, sobre todo en los ámbitos más rurales y tradicionales. En contextos como este donde tradicionalmente a las niñas se las casa previo pago de una substanciosa dote en forma de ganado, la noticia de una de estas chicas afectada por la enfermedad supone una malísima noticia para una familia que esperaba recibir varias decenas de vacas el día del esposorio. A la tragedia de verse afectado por una enfermedad tan contumaz se le añade el sufrimiento moral y la discriminación. En muchos casos, los enfermos de tuberculosis permanecen sin tratamiento en sus casas, en algunos casos no saben que tienen la enfermedad y en muchos ambientes hay todavía resistencia a dejarse tratar por otro tipo de medicina que no sea la de los curanderos tradicionales.
Después de duros años de trabajo de concienciación en las comunidades y de esfuerzos para tratar clinicamente a los enfermos, este programa cuenta con nuevos apoyos: los antiguos tuberculosos, algunos de los cuales llegaron a hospital completamente debilitados, esqueléticos y casi en el umbral de la muerte... ahora vuelven a sus poblados completamente restablecidos, sin toser, con buena apariencia y alguno incluso entrado en carnes después de varios meses de medicación y de alimentación adecuada. Ellos (principalmente ellas, ya que la incidencia de tuberculosis parecer ser mucho mayor en mujeres) son ahora los principales propagadores de las informaciones básicas que la comunidad debe saber para prevenir y actuar a tiempo. Después de haber sufrido en sus carnes esta enfermedad, ahora están en condiciones de identificarla, de ayudar a aquellas personas sospechosas de tenerla y de poder informar a sus conciudadanos sobre la oportunidad real de poder tratarse y restaurar así la salud perdida.
Hablo con Aman Fulus, una mujer casi en sus 50 con un pequeño niño que no ha cumplido ni la decena. Su sonrisa y su amabilidad son contagiosas, aunque ella reconoce que no siempre la cosa ha tenido tan buen cariz. “Llegué aquí pensando que me moría” nos dice ella, mirando a su hijo “era tal mi debilidad que no podía ni hablar y apenas veía. Mi hijo pequeño cuidó de mi y estuvo siempre a mi lado. Ahora veo que he podido vencer a la enfermedad y siento cada día que las fuerzas vuelven a mi cuerpo y que la tos se va reduciendo.” Ciertamente, no es una batalla fácil. Aman nos declara que es la segunda vez que la han ingresado por la misma enfermedad. La primera vez, en cuanto se sintió mejor, creyó que la cosa estaba solucionada y abandonó el tratamiento para volver a casa con su familia. “La vida me ha enseñado a aprender de mis errores. Ahora nadie me sacará de aquí hasta que no haya terminado mi tratamiento y mi restablecimiento sea total.” Ahora, ella se ve como una embajadora de buena voluntad para evitar que otras personas se vean en su misma situación. Su determinación y su fortaleza de espíritu saltan a la vista. Es la historia de una pequeña victoria, el tipo de victorias que probablemente no saldrán en los titulares de ningún periódico pero que suponen un antes y un después para personas como Aman y su familia.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez