En clave de África

Compra masiva de tierras de cultivo en África: un nuevo colonialismo

(JCR)
Un nuevo, peligroso y poco conocido fenómeno se está desarrollando en África desde hace pocos años: multitud de compañías de países asiáticos y árabes se han lanzado a una carrera desenfrenada de compra de tierras en países africanos. Este proceso es favorecido por la conversión de los alimentos como objeto de especulación financiera. Pero durante los últimos meses se ha acelerado por la fuerte subida del precio de los alimentos y las fuertes expectativas levantadas por los biocarburantes. El presidente de la FAO, el senegalés Jacques Diouf, no ha tenido reparos en llamarlo un “nuevo colonialismo”.

Hace muchos siglos que África se convirtió en el pariente pobre del mundo del que todo el mundo se aprovecha: a finales del siglo XV empezó a ver cómo arrebataban a millones de sus hijos para convertirlos en esclavos. En el siglo XIX las potencias europeas se repartieron su territorio para satisfacer su avaricia de materias primas, cuando llegó la época de las independencias siguieron manejando los hilos para explotarla de diversas maneras, muchas veces apoyando a dictadores y regímenes militares que esquilmaron al pueblo. Durante la última década han acudido nuevos depredadores, sobre todo asiáticos, atraídos por el petróleo y los minerales que se descubrían en diversas partes de África. Ahora llegan al reclamo de enormes extensiones de cultivo, que compran con la connivencia de gobiernos a los que sus propios ciudadanos les importan poco. El problema es que países muy pobres dan sus tierras para que produzcan alimentos para países ricos a expensas de sus propios ciudadanos hambrientos.

Entre los países que se están apoderando de enormes fincas en África figuran: China, India, Japón, Malasia, Corea del Sur, Libia, Bahrain, Jordania, Kuwait, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Países que, o bien por estar superpoblados –como Japón, India o Corea- o por ser desérticos –como los árabes- tienen pocas tierras arables y tienen que importar sus propios alimentos para sus habitantes. Han descubierto que les sale más barato cultivar grano fuera de sus fronteras, en países africanos, y después transportarlo para su propio consumo a precios razonables.

El problema es que estas tierras se encuentran en países africanos que tienen altos índices de pobreza y donde la gente sufre problemas de malnutrición. Entre los que están cediendo sus tierras a cambio de contratos de infraestructuras de transportes o edificios públicos se encuentran: Mozambique, Sudán, Uganda, Madagascar, Etiopía, Senegal, Tanzania, Camerún y Zimbabwe.

En la mayoría de ellos, esta invasión de sus tierras no podía llegar en un momento peor, ya que el aumento de sus poblaciones junto con los estragos causados por el cambio climático que afecta a las cosechas hace que la tierra se esté convirtiendo en un bien escaso. Los especuladores se aprovechan, además, de circunstancias adversas, como de los millones de desplazados internos que han abandonado sus tierras a causa de conflictos internos, y de esta forma se apropian de extensiones de terreno que han quedado vacantes. Los más afectados son los pequeños campesinos que viven de la agricultura de subsistencia. A muchos de ellos se les intenta atraer a las ciudades, donde se les promete puestos de trabajo en nuevas plantas industriales creadas con capital extranjero. Al final, muchos terminan quedándose sin sus tierra y sin un puesto de trabajo que les ha durado unos pocos meses o años y que les ha dado salarios irrisorios.

Cuando yo llegué al norte de Uganda, en 1985, la población del país rozaba los 14 millones y una familia normal podía poseer entre 15 y 20 hectáreas de terreno que les aseguraba una vida digna, aunque fuera a costa de un trabajo muy duro. Hoy las cosas han cambiado, y mucho: los ugandeses rondan ya los 30 millones, y varios millones de ellos han abandonado sus tierras, ya sea a causa de la guerra que empezó en 1986 y que ha causado dos millones de desplazados, o debido a las lluvias torrenciales que cada año producen oleadas de desplazados a causa del cambio climático. Además de esto, el gobierno firma acuerdo tras acuerdo con inversores extranjeros asiáticos y árabes que terminan por apropiarse de grandes extensiones de terreno, de cuyos bajos costes se aprovechan.

Entre los especuladores ávidos de tierras figuran nombres conocidos en el mercado internacional de alimentos como Goldman Sachs, Morgan Stanley, Black Rock y Louis Dreyfus. Y están recibiendo ayudas de organismo como el Banco Mundial, la Corporación Financiera Internacional y el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo. En muchos casos estas organizaciones presionan a los países africanos elegidos para que cambien su legislación y hagan posible que inversores extranjeros accedan a la propiedad de la tierra.

La debilidad de África, que la hace particularmente vulnerable a este nuevo colonialismo, es el hecho de que la tierra suele ser comunitaria y que la transmisión de su propiedad de padres a hijos ha tenido lugar sin documentos escritos, por tradición oral. De esta forma, hoy la gente no tiene seguridad jurídica, y cuando llegan estas ocasiones de abusos en países poco democráticos la gente pierde sus tierras y no tiene mecanismos para reclamarla.

La Iglesia africana, que se prepara para celebrar su segundo sínodo en Roma en octubre del año próximo, que versará sobre justicia y paz, apenas está reaccionando ante este grave problema. Los obispos y organismos eclesiales africanos, en diócesis, conferencias episcopales y agrupaciones regionales, deberían despertar antes de que sea demasiado tarde y usar su nada despreciable influencia social para evitar que en África se cree una masa enorme de campesinos desposeídos de sus medios de producción que terminen malviviendo en arrabales miserables de cualquier ciudad. No vendría mal que los obispos africanos aprendieran de la experiencia de sus colegas latinoamericanos, que en países como Brasil o Bolivia organizaron comisiones de defensa de la tierra con gran éxito. La misma comisión pontificia de Justicia y Paz tiene sólidos documentos doctrinales sobre el tema de la tierra que deberían guiar pautas pastorales para afrontar este problema. Sería una pena que la Iglesia –como por desgracia ha ocurrido en numerosas ocasiones- se diera cuenta de que el problema existe cuando ya es demasiado tarde.


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