En clave de África

Hoy es el día del Domund. No os olvidéis de los misioneros

19.10.08 | 13:06. Archivado en Religión, Artículos José Carlos (JCR)
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(JCR)
“Mira, joven, yo vine a Uganda en 1927, durante la administración colonial británica, y siempre iba a visitar las aldeas en bicicleta”. Así empezaba siempre sus charlas conmigo el obispo (ya retirado entonces) Juan Bautista Cesana cuando, a mis 25 años, recién ordenado diácono me enviaron a la remota misión de Kalongo, en el Norte de Uganda allá por 1985. Me impresionaba hondamente escuchar a este hombre quien pasaba ya de los ochenta años y pasaba sus días escuchando a la gente, celebrando misa para los enfermos del hospital, rezando y –como solía repetir- “esperando la llamada final del Señor que me trajo a África”, llamada que le llegó pocos años después.

Durante mis primeros años en Uganda tuve la gran suerte de conocer a misioneros de la primera generación. Hombres y mujeres que parecían de hierro, que llegaron al bosque africano con muy poco, que afrontaron enfermedades mortales cuando aún estaba muy poco desarrollada la medicina tropical y que, con una infinita paciencia, instruyeron a catecúmenos, dieron cursos a catequistas (porque desde el principio la Iglesia en África estuvo basada en los laicos), construyeron escuelas, dispensarios, iglesias (a menudo en este orden), recorrieron enormes distancias en bicicleta y pasaban meses enteros visitando a la gente en sus poblados y conociéndolos bien. Uno se pregunta de dónde sacaban el tiempo para escribir, porque los misioneros de las primeras generaciones escribieron muchísimo, y no sólo catecismos y misales, sino también gramáticas, libros de proverbios y de culturas tradicionales que sin duda contribuyeron a salvaguardar.

Al año siguiente de trabajar en Kalongo y de escuchar durante muchas horas al obispo Juan Bautista Cesana, fui trasladado a Gulu, donde tuve la fortuna de conocer a otra de las figuras históricas de la evangelización en el norte de Uganda: el padre Vicente Pellegrini, también comboniano. Acababa de cumplir 50 años entre los Acholi, y a sus muchos años se pasaba también casi todo el tiempo recibiendo a mucha gente, escuchando y dando consejos como un sabio africano. A los pocos meses empezó la guerra y murió al año. Estoy convencido de que murió de pura tristeza. No pudo soportar ver sufrir tanto a la gente a la que amó durante toda su vida.

Durante veinte años he conocido a muchas figuras parecidas: sacerdotes, hermanos, religiosas y también laicos. Hombres y mujeres felices, a los que la peor noticia que les podía llegar era que sus superiores les habían trasladado a trabajar en Europa. Si se daba esta circunstancia, recogían todas sus pertenencias –alguna camisa, unos libros y tal vez una vieja cámara fotográfica- en apenas una maletita y se marchaban, esperando que pudieran volver lo antes posible al cabo de unos años. El “mal de África” existe, y es una epidemia que afecta a mucha gente, sobre todo a los misioneros, y que generalmente no tiene cura.

Como ocurre con todo tipo de vocaciones, también los misioneros han tenido que cerrar noviciados en Europa, circunstancia que –como ocurre con todos los problemas complicados- tienen muchas causas, y no una sola. Es una pena que de nuestras iglesias de vieja cristiandad apenas surjan ya jóvenes que repliquen a los Cesanas y los Pellegrinis que durante muchos años gastaron sus energías predicando el Evangelio –de palabra y de obra- en los bosques africanos, en los slums de sus capitales infames, en las favelas de Brasil, en las selvas del Amazonas y en zonas rurales o urbanas de Asia. Los que quedan en estos y otros lugares similares suelen ser hoy personas que ya no llevan la voz cantante, sino que están al servicio de las iglesias locales que en todas partes crecen y maduran. Pero al mismo tiempo que disminuyen las vocaciones misioneras en la vieja Europa, y como el Espíritu sopla donde quiere, surgen en otros lugares, y así uno se encuentra que en comunidades de misioneros donde antes había un italiano, un español y un alemán, hoy se encuentra uno con un párroco sudanés, un coadjutor peruano y un hermano filipino, y en la vecina comunidad de religiosas las hermanas son indias, o mexicanas o congoleñas. Mientras en Europa se cierran noviciados, en otras latitudes del mundo se construyen y se amplían porque las casas existentes no dan abasto para acoger a los jóvenes que quieren dedicar su vida a los demás. Tampoco se puede ignorar que así como antes muchos católicos llamaban a las puertas de los institutos misioneros para ofrecer su dinero y mantener sus obras apostólicas y sociales, hoy cada vez más hay católicos (generalmente jóvenes) dispuestos a ir a las misiones tres, cuatro y diez años y trabajar allí curando enfermos, formando maestros, llevando adelante programas de pastoral en parroquias y construyendo puentes, aulas o carreteras.

Queridos lectores, no os olvidéis de que hoy es el día del Domund. En España hay todavía muchos miles de misioneros y misioneras esparcidos por todo el mundo, con frecuencia realizando un trabajo a menudo callado y sacrificado, que no suele salir en las páginas de nuestros medios de comunicación –ni siquiera en los religiosos- ocupados como estamos de cotilleos de sacristía o de atrincheramientos ideológicos desde donde disparamos contra los que tenemos enfrente. Queridos lectores, acercaos al mundo de las misiones, rezad y apoyar a los que están en primera línea de la Iglesia dando testimonio de Jesucristo a los más pobres y abandonados. Interesaos por lo que hacen y lo que dicen. Hay excelentes páginas webs de institutos misioneros (entre las que recomiendo www.combonianos.com) o de las obras misionales pontificias que nos ayudarán a conocer mejor esta realidad y que abrirán nuestros horizontes más allá de los pequeños recintos donde nos hemos amurallado y encerrado. La Iglesia es misionera o no es en absoluta.

2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Inmaculada 19.10.08 | 19:28

    El comentarista anterior ha destacado el último párrafo. Yo destacaría la última frase.
    No se nos puede olvidar ni por un instante que todos los cristianos estamos llamados a ser misioneros allí donde nos encontremos. la tarea de la evangelización es una exigencia inherente al cristiano.
    Pero, evidentemente, aunque todos debamos hacerlo, tenemos que tener muy presentes a todas las personas que lo dejan todo para marchar a otras tierras y anunciar a Jesucristo allí donde no se le conoce.
    Yo me descubro ante todos ellos porque realizan, a mi parecer, la tarea más difícil, pero más hermosa, de la Iglesia.
    Recemos para que nunca nos falten los misioneros, porque si eso sucediera, la Iglesia dejaría de ser Iglesia.

  • Comentario por Vicente 19.10.08 | 18:48

    Muchas gracias, José Carlos, por recordarnos en este día. La verdad es que al entrar en religióndigital he descubierto que el único que hacía mención al DOMUND eras tú, por eso estoy de acuerdo con lo que dices en el último párrafo, gastamos fuerzas y palabras en cuestiones vanales y superficiales dejando de lado nuestra tarea evangelizadora. Ánimo con la misión que llevas adelante de dar a conocer esas "otras realidades" mucho más importantes.
    Desde Tailandia.

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