(JCR)
No sé si están ustedes informados (y si no lo están asumimos la parte de culpa que nos toca) de que el año próximo se celebrará en
Roma el Segundo Sínodo Africano. Recordemos que el primero de ellos tuvo lugar en 1994, año que por cierto tuvo una gran significación para África por ser cuando se produjo el genocidio de Ruanda y las primeras elecciones democráticas y no racistas en Sudáfrica. Al año siguiente Juan Pablo II recogió las conclusiones de este Sínodo en la excelente carta apostólica Ecclesia in Africa, un documento por desgracia aún sin asimilar en muchos rincones de la Iglesia Católica en este continente. El tema del próximo encuentro de obispos del que estamos hablando gira en torno a algo muy a flor de piel: Justicia, Paz y Reconciliación, tres palabras que son gritos en toda África.
Desde que Benedicto XVI hizo pública esta convocatoria en octubre de 2006, y la subsiguiente publicación de los Lineamenta (un documento de trabajo con un amplio cuestionario) siempre me ha llamado la atención que en las diócesis del país del que yo puedo hablar más directamente, Uganda, el trabajo de discutir estos Lineamenta y elaborar propuestas es algo que generalmente brilla por su ausencia. La mayor parte de los católicos de a pie ni siquiera han oído que hay un Sínodo Africano el año que viene, es raro que los sacerdotes hablen de este tema, y ni los obispos se empeñan en que formen parte de los planes pastorales de sus diócesis ni la Conferencia Episcopal de este país ha dicho gran cosa, aunque no es de extrañar porque cada vez que se reúnen no suelen hacer declaraciones finales ni mucho menos convocar ruedas de prensa, en parte por la gran “alergia” que los obispos en este país suelen tener hacia los medios de comunicación social.
Sé de buena tinta que el Nuncio ha intentado en varias ocasiones empujar de forma diplomática a los obispos para que se tomen más en serio la preparación del Segundo Sínodo Africano, sobre todo por la enorme importancia del tema en torno al cual gira en un continente donde la paz, la justicia y la reconciliación no abundan precisamente mucho. El problema es que aunque los obispos le respondan muy cortésmente que sí, al final cada diócesis y cada parroquia parece vivir muy preocupada por temas como aniversarios y celebraciones, sobre los cuales se exagera mucho. Cuando no es el centenario de esta diócesis, es el 50 aniversario de aquella parroquia, o las bodas de plata de la madre superiora del otro convento, o el décimo aniversario del colegio diocesano de tal sitio. Un compañero mío que sufría con resignación su trabajo en el secretariado de la conferencia episcopal me le expresaba así: “los teólogos antes hablaban de la Iglesia triunfantes (en el cielo), la Iglesia purgantes (en el purgatorio), la Iglesia militantes (en la tierra), pero se han olvidado de que aquí en Uganda tenemos la Iglesia celebrantes, porque se pasan todo el año de fiesta en fiesta”.
Esto, que podría parece algo jocoso, termina por aparecer bastante más triste cuando se llega a un punto en el que tanta fiesta, celebración y pomposa ceremonia (para las que, por cierto, hay que recoger mucho dinero y hacer multitud de reuniones de mil comités y subcomités organizadores) termina por sustituir a planes pastorales que deberían ocuparse de los problemas reales de la gente que vive acosada por mil problemas, desde los conflictos armados hasta el acoso de las sectas, o simplemente el cómo comer cada día o cómo acudir a un centro de salud cuando el niño de uno tiene un paludismo que puede acabar con su vida.
Ojalá que el próximo Sínodo Africano sirva para despertar más a algunas de estas Iglesias muy dormidas en sus laureles o muy al margen de la realidad. Vean si no este ejemplo: durante las últimas semanas están pasando en Uganda cosas muy serias. La crisis alimentaria mundial, como en todas partes, se está cebando en la gente más pobre, y muchas personas tienen que hacer una sola comida al día en vez de dos, o tienen que decidir cuál de sus hijos se quedará en casa porque al subir los alimentos de precio se han disparado también las tasas escolares. También han salido a la calle algunos ministros y un antiguo jefe del ejército acusados de corrupción a gran escala. Ha habido también un incendio en un dormitorio de un internado en el que perecieron 20 niños, cosa que no pasaría de ser un desafortunado accidente si no fuera porque cada año hay varios incendios de este tipo simplemente porque muchas escuelas son sólo un puro negocio y se preocupan poco por garantizar un mínimo de seguridad a sus alumnos. Y para coronarlo todo el gobierno rechazó hace tres días una nueva propuesta de sacar una ley que regule el salario mínimo, lo que deja a los trabajadores despojados de derechos frente a los inversores que se frotan las manos porque pueden explotar a la gente pobre como quieren.
Casi todos los días pasan cosas como las que acabo de describir, y ¿de qué hablan los obispos ugandeses? Durante los dos últimos meses sólo se ha oído la declaración pública del arzobispo de Kampala Cyprian Kizito Lwanga pidiendo a la gente, especialmente a los periodistas –tan puñeteros ellos- que “traten con respeto a su excelencia el presidente del país”.
Y, qué quieren que les diga, que si obispos que hablan así tuvieran que vivir en una choza, escapar a un campo de desplazados y comer una vez al día, a lo mejor caerían en la cuenta de cómo viven sus diocesanos y hablarían más a favor de ellos. De lo contrario, ni aunque se celebren cinco Sínodos Africanos todos los años van a caer en la cuenta de lo que significan exigencias evangélicas como la paz, la justicia y la reconciliación.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez