La Vida Cotidiana de los Pobres (III) La Alimentación
08.04.08 @ 12:38:02. Archivado en Desarrollo, Artículos José Carlos (JCR)
(JCR)
Cuando llegué por primera vez al norte de Uganda, a finales de 1984, la gente era pobre pero vivía con una cierta
dignidad. Una familia normal podía tener de 15 a 20 hectáreas de terreno, más algunas cabezas de ganado, y vivía –azada en mano- de lo que daba la tierra. Hoy las cosas han cambiado mucho en lo que a alimentación se refiere, y no todas para bien.
Hace pocos días Naciones Unidas nos informaba que por primera vez en la historia el número de personas que viven en las ciudades supera a la población rural mundial. Uganda, con un 80% de sus 30 millones de habitantes viviendo aún en el campo, no es de los países más afectados por esta urbanización acelerada. Eso quiere decir que la mayor parte de estas personas producen sus propios alimentos. Y si la gente depende de sus tierras de cultivo, en un país –de extensión casi como Inglaterra- donde la población se ha doblado en los diez últimos años hasta alcanzar los 30 millones de habitantes actuales, cada vez hay menos tierra disponible. Esto ha hecho que las empresas transnacionales que comercian con semillas transgénicas y fertilizantes, que prometen una mayor producción, lleven años haciendo su agosto. Como es bien sabido, estas semillas producen cosechas de las que no se podrán apartar algunos granos para plantar en la siguiente temporada, por lo que cada vez que hay que plantar no hay más remedio que volver a comprar las mismas semillas.
Hace algo más de 20 años me llamaba también la atención la regularidad de las actividades agrícolas. La gente se sabía de memoria las fechas para empezar a desbrozar los campos antes de las primeras lluvias, que empezaban sin demora a finales de febrero y se desarrollaban al ritmo de las fases lunares, las distintas fechas para plantar mijo, maíz, cacahuetes, sésamo, sorgo, alubias y guisantes, para limpiar los hierbajos, para empezar la primera recolección en junio y preparar los terrenos para las siguientes lluvias a mediados de julio. Cosechas como el sésamo y el sorgo requerían un periodo de varias semanas de sol para madurar adecuadamente. Cuando todo salía a pedir de boca, nadie pasaba hambre, y excepto por enfermedades como la malaria u otras de transmisión por aguas no potables, la gente gozaba en general de muy buena salud.
Pero llegaron fenómenos nuevos como “el Niño” o el calentamiento global y a los campesinos africanos -que no gozan de lujos inalcanzables como tractores, subsidios gubernamentales o irrigación por canales- se les vino el mundo encima. De qué sirve ir todos los días al campo antes del alba y esforzarse por plantar cinco acres de maíz a golpe de azada manual bajo un sol de justicia si al final viene una sequía que te quema todo lo que has plantado. O estás a punto de cosechar el sorgo y te cae encima una tromba de agua que te malogra tantos meses de esfuerzos y te pudre el grano. Así ha ocurrido en 17 países africanos durante la segunda mitad de 2007, haciendo que muchos millones de personas no tengan ahora nada que comer.
Si a esto añadimos que llega una guerra y tienes que abandonar tu casa la carrera para ir a malvivir a un campo de desplazados, el desastre es ya total. Uno de los fenómenos más tristes que se dan en muchos países africanos es el de millones de campesinos que viven de las ayudas del Programa Alimentario Mundial (PAM) de Naciones Unidas, simplemente porque no pueden caminar los pocos kilómetros que les separan de sus tierras fértiles. Hacerlo les haría arriesgarse a caer en las manos de grupos armados que siembran la inseguridad en sus zonas. Además, los mismos soldados o guerrilleros les han arrebatado sus ganados, dejándoles sin ninguna riqueza en sus manos. Para un campesino que está orgulloso de llevar muchos años alimentando a su familia con el sudor de su frente, tener que ponerse a una cola cada dos o tres meses para recibir unos kilos de harina de maíz y alubias y una lata de aceite para cocinar es una humillación que le hace derrumbarse. Eso si puede recibir este sustento, porque este año sin ir más lejos la crisis económica mundial ha hecho subir los precios de los alimentos de tal manera que el PAM no podrá garantizar la ayuda alimentaria a los muchos millones de personas que dependen de este organismo para sobrevivir.
Los que se marchan del campo a la ciudad y las más de las veces terminan malviviendo en algún arrabal miserable, se quedan sin huerta para cultivar y no tienen más remedio que comprar los alimentos, los cuales se encarecen al llegar a los mercados urbanos. Dependientes de algún trabajo ocasional y mal pagado, o viviendo en el desempleo, estas personas no tienen más remedio que terminar comiendo una vez al día.
Comer, sobre todo en compañía, es un acto que nos mantiene la vida y nos alegra la existencia. Pero para los pobres, que son la mayoría de los habitantes de la tierra, llevarse el alimento a la boca es un difícil lucha diaria. Eso por no hablar de lo difícil que es hoy en muchas partes del mundo conseguir leña, carbón y gas para cocinar. Siendo así las cosas uno termina comiendo siempre lo mismo, un puñado de harina cocido con alubias hervidas, o un trozo de mandioca con algunas verduras, o un poco de arroz sin nada para acompañar. Siendo así las cosas, y ante una gran carencia de proteínas y vitaminas, no es de extrañar que quien sigue una dieta tan pobre se quede sin defensas ante cualquier enfermedad oportunista.
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JC Rodríguez, A Eisman
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