La vida cotidiana de los pobres (II) El transporte
05.04.08 @ 11:40:38. Archivado en Costumbres, Artículos José Carlos (JCR)
(JCR)
Para quien vive en medio del bosque o en la montaña, en zonas rurales aisladas, desplazarse, al menos hasta la carretera principal, sólo es posible a pie o en bicicleta. Caminar cinco o seis kilómetros al día para ir a la escuela es la cosa más normal del mundo para un niño. Acarrear veinte litros de agua en la cabeza desde un pozo de agua turbia situado a una o dos horas de camino es el pan cotidiano para muchos millones de mujeres. Y el marido se armará de paciencia para empujar un saco de sesenta kilos de maíz o de mandioca colocado en la parte trasera de la sufrida bicicleta y llevarlo al mercado a varias decenas de kilómetros para –con un poco de suerte- traer a casa el día después el equivalente a unos diez euros.
Caminar por el bosque o la sabana cuando vas a visitar a un amigo o a participar en una función social como un ritual tradicional, las más de las veces un rito funerario, o marchar en una expedición de caza con los amigos, es una de las pocas alegrías de las que pueden disfrutar aquellos para los que la vida es monótona, repetitiva y dura. La naturaleza en África cautiva y el paisaje que contemplamos durante nuestra marcha compensa con creces el cansancio y el calor. Lo malo es cuando hay que atravesar algún río o terreno pantanoso y ante la ausencia de un puente no hay más remedio que vadearlo mojándose hasta donde alcance el nivel de las aguas, que no raramente están infectadas y pueden producir filarias por el simple contacto con la piel.
En una carretera principal la cosa cambia, pero no siempre para bien. La mayor parte de la gente en el África rural suele vivir en zonas donde apenas hay transporte público, y cuando lo hay éste suele consistir en furgonetas destartaladas o renqueantes autobuses no raramente en manos de hombres que conducen a toda velocidad y con pocos miramientos para la comodidad y seguridad de sus sufridos pasajeros. La imagen de un camioncillo cargado hasta arriba de sacos, animales y personas apiñadas y sentadas como pueden es una de las estampas con las que uno se encuentra más a menudo en el África rural. Si a esto se añade que las carreteras suelen ser una sucesión interminable de baches, terrenos pedregosos y barrizales donde podemos quedarnos atascados en cualquier momento o se puede pinchar una rueda (sin que el conductor lleve ninguna de repuesto) y que por la misma carretera de asfalto comido o de tierra se mueven al mismo tiempo coches, camiones enormes, ciclistas, peatones y animales, hay que concluir que viajar tiene muy poco de relajante y mucho de sacrificado. De los 14 países africanos que conozco, el único donde he visto que la gente viajar con un transporte público en condiciones dignas y seguras es Ruanda, cuyas carreteras además están entre las mejores de África.
Los jóvenes viajan, baúl metálico y colchón enrollado a cuestas, para acudir a la escuela-internado. Las mujeres y hombres se desplazan a la ciudad más cercana para ir a comprar y vender en el mercado, o para acudir a algún hospital donde no siempre encontrarán las medicinas necesarias para su tratamiento. O simplemente se traslada uno para visitar a parientes o amigos, tal vez enfermos y con problemas las más de las veces, o en alguna rara ocasión para acontecimientos felices, como una boda, aunque estos momentos son menos, muchos menos.
Viajar es arriesgado y no raramente se juega uno la vida en los arrabales de la pobreza. Cuando no hay unos guerrilleros que disparan a los vehículos en emboscadas sangrientas, la misma carretera y el coche –ambos en pésimo estado- se encargan de traicionarte con un accidente. En un país como Uganda hay más de 2.500 muertos al año por accidentes de tráfico, una cifra altísima para un país de apenas 30 millones de habitantes. Al final hay que concluir, con la expresión de Gustavo Gutiérrez, que los pobres son “los que mueren antes de tiempo”, también por las condiciones tan precarias en las que viajan.
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JC Rodríguez, A Eisman
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