La vida cotidiana de los pobres (I) La vivienda
02.04.08 @ 09:44:34. Archivado en Costumbres, Artículos José Carlos (JCR), Naturaleza y medio ambiente
(JCR)
A la entrada no hay valla, ni portal, ni inscripción que muestre la dirección porque la casa donde entramos no está ubicada en
ninguna calle, plaza ni avenida. La vivienda fue construída hace tal vez dos o tres años con un entramado de cañizo o palos relleno de barro secado al sol, o en el mejor de los casos de adobes trabajosamente moldeados a base de fuerza de pies y cocidos en un horno tras apilarlos con esmero. Unas ramas dotadas de elasticidad y sujetas al suelo por postes coronan la última fila de ladrillos. De ella salen hacia la bóveda unos juncos de bambú que sirven de soporte al entramado donde se colocarán los haces de hierba traídos normalmente por las mujeres durante la estación seca y que hacen de techumbre.
Para entrar hay que agacharse. Es posible que la puerta esté hecha de planchas de latón que antes sirvieron para contener aceite de girasol con vitaminas “regalo del pueblo de los Estados Unidos de América” con las siglas de USAID. Dentro, la semioscura estancia nos acoge con una sensación fresca que se agradece en un lugar donde el termómetro no suele bajar de los treinta grados y no raramente pasa de los cuarenta. El suelo es de tierra batida, y para los que pueden permitirse el lujo de conseguir algo de estiércol de vaca lo habrán extendido mezclado con barro arcilloso para hacer un pavimento que se renueva cada pocos meses. Nuestro anfitrión nos invita a sentarnos en una silla de madera, tal vez un taburete en forma de hongo esculpido con una azada corta. Hasta hace pocos años, cuando los misioneros enseñaban “el séptimo, no hurtarás” y sus seguidores pensaban “eso ya lo sabemos”, la gente en el Norte de Uganda no usaba puertas, candados ni cerrojos, sino sólo una especie de estera dura hecha de cañas llamada “kika” que simplemente se ponía a la entrada durante la noche para impedir la entrada de animales. Esto nos indica que en la cultura tradicional la gente tenía un enorme respeto hacia la propiedad ajena y a nadie se le ocurría entrar a robar nada cuando los dueños estaban trabajando sus huertas familiares o habían ido al mercado o a acarrear agua o leña. Tampoco los graneros situados al lado de la cabaña tienen ningún tipo de seguridad. El enorme recipiente donde se almacena el mijo, el sorgo o los cacahuetes está cubierto por una estructura de palos y paja que se levanta sin dificultad con un palo a modo de horquilla llamado “layibi”. Sólo la mujer de la casa podía usarlo, y en caso de una pelea entre hermanos el padre echaría mano inmediatamente del “layibi” y lo pondría en medio de los dos litigantes para que éstos dejaran en el acto de pegarse. La llave del alimento que sustenta la vida es también signo de que tan necesarias son la paz y el diálogo como el comer.
Dentro de la cabaña hay un camastro que antaño era una piel de vaca y desde que empezó la guerra hace 22 años y los hombres armados se encargaron de que desapareciera el ganado ha dado paso a una esterilla de paja o, para los que tienen más suerte, un colchón hecho con un par de sacos de plástico rellenos de algodón o hierba seca. Quien tiene un viejo somier donde ponerlo tiene mucha suerte. Tal vez haya una manta encima. Y quien puede, separa la cama del resto de la estancia de apenas 12 metros cuadrados por una cortinilla de tela gastada sujeta a los dos lados del muro por una cuerda. Del techo de juncos penden unas redecillas de cuerda que albergan cacharros de arcilla o calabazas usadas como recipientes. En algún rincón habrá cántaros de barro cocido con agua fresca dentro.
No hay mucho más dentro, tal vez uno o dos sacos de comida más medio vaciós que medios llenos. Y alguna que otra vez un trozo de jabón de color añil sin perfume que sirve para lavar la ropa y el cuerpo. Quien ha conseguido algo de dinero durante la última cosecha o con algún trabajillo se ha comprado una radio a pilas o una bicicleta que sirve para viajar, para transportar carbón vegetal al mercado, o para llevar a la mujer o al niño al dispensario más cercano unos cuantos kilómetros en caso de enfermedad. Es posible que sobre el muro fresco de adobe o barro, dentro de la vivienda, luzca alguna foto descolorida de toda la familia o algunos parientes en algún día de fiesta, o un calendario de hace pocos años, o una imagen religiosa junto a un ajado póster de algún equipo de la liga inglesa o de Britney Spears si el ocupante de la cabaña es algún jovencillo en edad de merecer.
Si nos quedamos allí más de un día, al caer la tarde nos llamarán para señalarnos un chamizo sin techo pavimentado por piedras donde nos ofrecerán que nos bañemos con el agua tibia de una palangana de plástico. Y luego nos sentaremos con la familia alrededor del fuego a charlar y contar historias si esa noche no hay miedo a problemas de inseguridad, porque en África la casa sirve más que nada para dormir y la vida el resto del día se hace al aire libre, tal vez como signo de que la pobreza de la estancia donde soñamos de noche no puede competir con el bosque, la sabana, el río y la montaña que –con tal de que haya paz- constituyen la vivienda de gran lujo de los pobres el resto del día, por lo menos mientras nadie les robe su derecho a disfrutar de la creación y la naturaleza.
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JC Rodríguez, A Eisman
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