(AE)
Una de las costumbres que más me llaman la atención en esta parte de África es ver cómo las mujeres de alguna manera se trasforman cuando llegan a ser madres y cómo se revalora su posición social en una cultura que siempre tiene en gran estima a quien es capaz de dar a luz una gran prole.
Es curioso ver cómo una señora, llamémosla Lisa, en cuanto tiene su primogénito (o primogénita), de pronto para la gente se convierte en “mamá de” la criatura que haya dado a luz. Lo cual quiere decir que en su interacción con la gente a partir de ahora, no se le llamará normalmente Lisa, sino “mama John” o “mama Lucy” refiriendo a que es la madre de ese hijo o hija, como si eso a partir del momento que ha dado a luz fuera una seña indeleble de su identidad y su reconocimiento social. Cuando he preguntado a alguien, me han dicho con sorpresa... “naturalmente, si se la quiere llamar con respeto se le tendrá que decir 'mama John', no sería adecuado llamarla ahora por su nombre de pila”
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(AE)
Hace pocos días falleció Aimé Césaire, escritor caribeño y una de las figuras más importantes de la literatura negra de buena parte del siglo XX. Queriendo hacer alarde de las peculiaridades de la raza negra, él junto con el senegalés (luego presidente) Leopold Sedar Senghor y otro escritor caribeño Leon Gontran formularon el término “negritud”, que pasó a ser parte integral del vocabulario y de las disputas literarias de los escritores negros durante decenas de años.
Césaire se rebeló contra la arrogancia expresada en la asimilación cultural francófona que hacía del continente africano una tabula rasa (como una pizarra vacía), donde sólo había ignorancia y barbarismo y donde no quedaba otra cosa que asimilar la “cultura” que indudablemente venía exclusivamente del poder colonial, de su historia y de su arte.
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(JCR)
“Si no tienes vacas ni hermana y te quieres casar alístate al ejército”. Así empieza una canción acholi del Norte de Uganda sobre un tema harto curioso y la vez cotidiano: en una cultura en la que el hombre tiene que pagar una dote (que hasta hace muy poco se hacía con cabezas de ganado) a la familia de la novia, el que tiene pocos recursos tiene escasas perspectivas de poder casarse. A no ser que su hermana se case primero, en cuyo caso usará la dote que ha sido pagada a su clan por ella. Y si no... pues a buscar un trabajo que te dé el dinero suficiente en el menor tiempo posible, y entre tantos lugares a donde acudir ninguno como el ejército, donde si no consigues dinero con tu soldada lo puedes conseguir por otros medios menos convencionales.
Lo de la dote en el matrimonio podría interpretarse desde nuestros parámetros culturales europeos como un “comprar a la mujer”, y la verdad es que hay ocasiones en las que por desgracia las cosas terminan por funcionar de esta manera.
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(AE)
Para el Sur del Sudán, hoy comienza uno de los periodos más importantes de su historia moderna. Durante las dos próximas semanas, comenzando hoy día 22, habrá un censo en todo el país el cual es un paso previo para la celebración de elecciones en el 2009 y para el referéndum de autodeterminación que según los acuerdos de paz se celebraría en el año 2011 y en el cual el Sur del país decidiría si quiere formar parte de un Sudán unido o quiere la independencia.
A nadie se le escapa la gran importancia estratégica de este ejercicio. Si uno mira las estadísticas, nadie sabe a ciencia cierta cuál es la población de Sudán ya que debido a la situación de guerra y a las dificultades logísticas para controlar demográficamente un país tan enorme, se hacen basándose en meras conjeturas. Incluso la distribución de habitantes entre el Sur y el Norte es desconocida y más de una vez las estimaciones se han inflado debido a susceptibilidades o intereses políticos.
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(AE)
Finalmente, después de varios largos meses de espera e incertidumbre, parece con el nombramiento de los miembros del nuevo gabinete de Kenia se cierra oficialmente la crisis abierta a raíz de las elecciones del pasado Diciembre. Trabajito le ha costado a la clase política y a los líderes de los partidos ponerse de acuerdo y repartirse el suculento pastel del poder. Lo siento, no puedo evitar el pensar que si hubieran hecho hace unos meses los gestos que han hecho en estos días, quizás varios cientos de personas estarían todavía viva y cientos de miles estarían todavía en sus casas en vez de malvivir confinados en campamentos provisionales de desplazados.
Alguna vez he mencionado ya en este blog que quien sale perdiendo de toda esta disputa es el pueblo de Kenia, aquel que se manifestó masivamente en las elecciones cuyos resultaros se manipularon y se utilizaron como arma arrojadiza contra los enemigos políticos, azuzando sentimientos de deudas históricas y soliviantando los ánimos de aquellos que se aprovechan de cualquier circunstancia para sacar ganancia política, no importa si está bañada de sangre.
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(JCR)
Dos acontecimientos trágicos sucedidos el pasado 15 de abril me han hecho reflexionar una vez más lo barata que es la vida en África. Ese día se estrellaba un avión en Goma, en el este de la República democrática del Congo, causando 40 muertos. Aquella misma noche 20 niñas (de entre cuatro y nueve años) morían abrasadas en un incendio en su dormitorio en una escuela de Uganda, la Budo Junior School. La vida humana, el valor supremo, y tradicionalmente rodeada de un enorme respeto en las culturas africanas, está muy barata hoy en África, y sobre todo entre los más pobres.
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(AE)
La paradoja que se está dando estos días es realmente escalofriante. Como todo el mundo sabe, los precios del petróleo se han disparado. Los bienes de consumo valen por tanto cada vez más mientras que los salarios siguen siendo los mismos y esto afecta de manera especial a los bolsillos más humildes, los cuales se encuentran al borde de su nivel de vulnerabilidad. Las noticias de estos días recogen algunos incidentes que han ocurrido en diferentes países del mundo producidos por la escasez de alimentos y la subida de los precios de los alimentos de primera necesidad. En algunos países, como es el caso de Egipto, los bajos precios de alimentos como el pan se consiguen sólo por medio de subsidios estatales a los productores.
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(JCR)
Lo he visto cientos, tal vez miles de veces en 20 años de trabajo en Uganda, sobre todo en el Norte del país: hombres, mujeres y niños recorriendo casas buscando trabajo. No estoy hablando de gentes que buscan un contrato laboral –lujo inalcanzable para la mayoría- sino de personas que se conforman con que les permitan hacer algo unas horas para poder ganarse así unas monedas y comer algo antes de ir a acostarse.
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(AE)
Hay personas que se mueven ante las grandes tragedias que nos tocan en el mundo occidental. No hay más que ver los casi 3000 muertos de las Torres Gemelas y los terribles atentados de Madrid y de Londres. Creo que todo esfuerzo para evitar y mitigar el dolor producido por estas situaciones es poco.
Sin embargo, me encuentro con muchas personas que o no saben o no tienen demasiado interés por otras tragedias con unas cifras mucho mayores. “Nos pilla muy lejos”, me dicen... pero es que al fin y al cabo las muertes de seres humanos, nos guste o no, tienen el mismo valor, no importa si éstas se producen en Darfur o en Oklahoma.
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(JCR)
Cuando llegué por primera vez al norte de Uganda, a finales de 1984, la gente era pobre pero vivía con una cierta dignidad. Una familia normal podía tener de 15 a 20 hectáreas de terreno, más algunas cabezas de ganado, y vivía –azada en mano- de lo que daba la tierra. Hoy las cosas han cambiado mucho en lo que a alimentación se refiere, y no todas para bien.
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(JCR)
Para quien vive en medio del bosque o en la montaña, en zonas rurales aisladas, desplazarse, al menos hasta la carretera principal, sólo es posible a pie o en bicicleta. Caminar cinco o seis kilómetros al día para ir a la escuela es la cosa más normal del mundo para un niño. Acarrear veinte litros de agua en la cabeza desde un pozo de agua turbia situado a una o dos horas de camino es el pan cotidiano para muchos millones de mujeres. Y el marido se armará de paciencia para empujar un saco de sesenta kilos de maíz o de mandioca colocado en la parte trasera de la sufrida bicicleta y llevarlo al mercado a varias decenas de kilómetros para –con un poco de suerte- traer a casa el día después el equivalente a unos diez euros.
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(JCR)
A la entrada no hay valla, ni portal, ni inscripción que muestre la dirección porque la casa donde entramos no está ubicada en ninguna calle, plaza ni avenida. La vivienda fue construída hace tal vez dos o tres años con un entramado de cañizo o palos relleno de barro secado al sol, o en el mejor de los casos de adobes trabajosamente moldeados a base de fuerza de pies y cocidos en un horno tras apilarlos con esmero. Unas ramas dotadas de elasticidad y sujetas al suelo por postes coronan la última fila de ladrillos. De ella salen hacia la bóveda unos juncos de bambú que sirven de soporte al entramado donde se colocarán los haces de hierba traídos normalmente por las mujeres durante la estación seca y que hacen de techumbre.
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(AE)
En los años de mi tierna infancia, recuerdo haber asistido un día a una representación de aquel famoso musical creo que de los años 70 llamado “El diluvio que viene”. En esa función, recuerdo perfectamente una canción cantada por uno de los protagonistas que decía algo así como
“una hormiguita sola, es imposible,
es un cero sin ningún valor
pero una hormiguita
junto a otra hormiguita... mueven la montaña”.
En estos días me encuentro en España y, después de haber asistido en Barcelona al ENVIVO, la asamblea general de los miembros y voluntarios de Intermón Oxfam, he recordado una y otra vez esta canción. La razón de esto es que en estos dos intensos días he podido encontrarme con cientos de personas que de la manera más desinteresada dedican horas y esfuerzos sin par para la noble tarea de “obtener un mundo más justo.”
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