Jueves Santo en África: Compartir la vida bajo el árbol
20.03.08 @ 14:15:35. Archivado en Gentes y rostros, Religión, Artículos José Carlos (JCR)
(JCR)
Llegar a una aldea remota en coche, moto, bicicleta o simplemente a pie, sudando bajo un sol sofocante, por caminos donde no hay asfalto. Nos esperan varias personas en una pequeña iglesia de ladrillo y techo de paja, el aula de una escuelita, una cabaña o simplemente bajo la sombra de un frondoso árbol. Nos entretenemos en saludarlos sin prisa, uno a uno. Si es domingo, te fijas discretamente en la ropa que llevan y sabes que la camisa remendada, el pantalón con parches y las sandalias hechas de neumáticos viejos son sus mejores ropas. Si tuvieran algo mejor se lo habrían puesto para acudir a la oración. El catequista nos indica una mesita que cojea y un viejo taburete para que nos sentemos.
Echas mano de la mochila y sacas un viejo misal en lengua acholi, un pequeño cáliz y una escudilla de madera, algunos paños blancos trabajosamente planchados el día antes, una botellita de vino, una bolsa con obleas blancas, el alba y la estola con diseños africanos que llevas 20 años usando y la imagen de un Cristo de ébano crucificado que colocas cuidadosamente en la mesita. Delante de nosotros un grupo de jóvenes canta acompañados de un tambor y cinco o seis harpas conocidas como “adungu” que dan a los cantos un ritmo alegre y esperanzador.
Estaremos allí dos o tres horas, después volveremos a saludarlos a todos y al final si no tienes que ir a otra aldea a pocos kilómetros a celebrar otra Eucaristía, tus feligreses tal vez te inviten a sentarte en casa de alguno de ellos, donde compartiremos la bola caliente de harina de mijo y alguna salsa con verduras o pescado seco. A veces alguno te llevará aparte y te susurrará algo apurado que no han podido preparar nada, manera diplomática de decirte que no tienen nada. Allí, en aquella comida, si la hay, escucharemos otra vez la historia de sus cuitas y penas de cada día, y tal vez sus alegrías y esperanzas, que seguramente serán menos. Nos dirán que anoche pasaron miedo porque oyeron que merodeaban cerca bandas de rebeldes armados. Esta mañana han descubierto muerto a un vecino del sector C del campo de desplazamiento, dicen que se suicidó porque su mujer le dejó hace unos días. Mañana dicen que vendrán aquí algunas autoridades militares para dar instrucciones sobre cómo formar nuevos campos “satélite” a los que ir para descongestionar este asentamiento que tiene ya 20.000 personas y donde el agua, las aulas, las letrinas y la clínica no son suficientes.
Poco antes, nos hemos sentado todos bajo el árbol para escuchar palabras de profetas antiguos que hablaban del Señor que cambia la suerte de Sión, que trueca las lágrimas por risas y que conduce a su pueblo por el desierto librándole de los enemigos. Y han resonado en su lengua, mansamente como el agua que cae por las colinas cuando empiezan las lluvias, las palabras del sermón de la montaña donde se llama felices a los pobres, se promete que cesarán las lágrimas, se exalta el servicio y se pide el amor a los enemigos. Y esas frases les han vuelto a consolar y darles razones para vivir a personas que llevan 22 años sin poder tener una vida normal ni vivir en sus casas debido a la guerra. Y cuando hemos repartido la comunión mientras los jóvenes entonaban los himnos seguidos por todos hemos vuelto a repetir el mismo gesto de la esperanza divina de darse a los demás, de alimentar a la multitud con apenas unas migajas y sacar alegría del compartir lo poco que tenemos.
Me he sentado bajo ese árbol, esa cabaña, esas planchas de hierro bajo unos postes... mil veces a repetir ese mismo gesto de la vida compartida por los más pobres. En el Africa rural a la gente no le cuesta poner a disposición de los demás lo poco que tienen, sobre todo al que viene de fuera. Hay lenguas africanas donde la palabra “extranjero” no existe, y a quien entra en el poblado sin haber estado antes se le llama “huésped” y se le da de comer, pero como dice un proverbio suahili “a los tres días dale la azada”. Se desbroza la tierra juntos, se discuten los asuntos del poblado para encontrar soluciones, se come y se bebe juntos, acuden todos a hacer ladrillos para levantar una escuela, se va a las funciones sociales como funerales o ceremonias ancestrales. La gente, que además es profundamente religiosa, se encuentra bajo el árbol para rezar a un Dios que les dice mil veces que ese sufrimiento que marca su vida no es su voluntad y que siempre está al lado de quienes se unen para que este mundo se parezca un poco más a lo que El quiso para los seres humanos.
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JC Rodríguez, A Eisman
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