(JCR)
Concluyo esta serie de los países africanos que he visitado por diversos motivos con Sudán. Y lo hago, claro está, con permiso de mi compañero de blog, quien lo conoce como la palma de su mano después de trabajar en él durante muchos años, habla árabe con fluidez y se las ha visto en situaciones de guerra. Yo conozco muy poquito: apenas un pequeño rincón del sur del país lindando con Uganda, recortado por un trayecto que pasa por Nimule, Juba, Torit, Isoke e Ikotos. Sudán –lugar de rica historia y de difícil coexistencia entre árabes musulmanes del norte y negros cristianos y animistas del sur- es muchísimo más grande y variado que esta miniatura que yo conozco, pero lo poco que he pisado de esta tierra me ha calado hondo, por varias razones.
Primero, porque Sudán es la tierra donde trabajó y murió Daniel Comboni, el gran apóstol del África negra del siglo XIX, y para un comboniano siempre tendrá el atractivo de ser el lugar donde encontrará sus raíces. Además, en mis 20 años de Uganda, mucho antes de poner el pie en Sudán hice muchos amigos entre los numerosos refugiados que venían de allí y con los que la gente del norte de “la perla de África” ha convivido sin grandes problemas, seguramente por afinidades culturales. De Sudán venían también los temidos guerrilleros del LRA (Ejército de Resistencia del Señor, en sus siglas inglesas), quienes en sus incursiones por los poblados del norte de Uganda se llevaban a miles de niños secuestrados para obligarlos a combatir entre sus filas. Las historias de horror de muchos de ellos que me hablaban de los campamentos rebeldes a pocos kilómetros al sur de Sudán y de cómo los que conseguían escapar atravesaban una tierra inhóspita alimentaron mi curiosidad por ir a ver por mí mismo el lugar donde tanta gente sufría lo indecible. La frontera apenas estaba a 60 kilómetros de donde yo viví muchos años (Kitgum y Gulu), pero parecía un mundo inalcanzable, herméticamente cerrado, misterioso, y eso hizo que durante muchos años Sudán fuera para mí un lugar donde soñaba con ir a toda costa.
Y por fin se presentó la primera ocasión en 2002. Fue un viaje de pocos kilómetros hasta la frontera con Nimule, sin pasaporte ni visado. Bastó con decirle al muchacho que montaba guardia en el puente que venía del poblado más cercano de Uganda y que deseaba visitar la misión católica para que retirara el tronco de árbol que hacía las veces de “aduana” y me invitara a pasar amablemente. El lugar, rodeado de montañas, está enclavado en un paisaje de una gran belleza, y no pude menos de entristecerme al ver cómo un paraje tan inspirador contrastaba con el trasiego de hombres armados con cara de pocos amigos que iban y venían por la única calle del lugar, flanqueado por cabañas (“tukul” las llaman allí). De Nimule no pasaba entonces nadie, y la carretera que iba a Juba (a 100 kilómetros) estaba minada. La gente vivía con el constante miedo a los bombardeos de la aviación del ejército islamista de Jartum, y el hostigamiento de los guerrilleros del LRA que pasaban a menudo por las proximidades.
Tres años más tarde volví a Nimule, cuando se había firmado ya el acuerdo de paz entre el gobierno de Jartum y los rebeldes sureños del SPLA. El lugar empezaba a tener ya otro aire y se respiraba la vida que vuelve a brotar después de muchos años de muerte y destrucción. A los pocos meses hice mi primera visita a Juba, una ciudad martirizada durante muchos años de guerra cuando sufría constantes bombardeos de la artillería del SPLA, que rodeó este lugar sin conseguir conquistarlo. Juba tenía el aspecto de un lugar ajado y polvoriento, de muchas cabañas de barro y pocos edificios de ladrillo medio derruidos. Atraidos por la industria de la “ayuda humanitaria” y el no menos lucrativo negocio del petróleo, en pocos meses acudieron a Juba grandes flotas de Naciones Unidas, ONGs, contratistas de obras de infraestructura y representantes de compañías de extracciones de petróleo, y en Juba se empezó a construir a velocidad de vértigo sin orden ni concierto. Se convirtió además en una ciudad carísima, donde se pagaba 120 dólares por dormir una noche en una tienda de campaña en un recinto convertido de la noche a la mañana en “hotel”. Cuando en julio de 2005 murió el líder del sur John Garang en un accidente de helicóptero, se desató una histeria colectiva alimentada por una dudosa teoría de la conspiración y los que pagaron el pato fueron los comerciantes árabes, que vieron cómo los enfurecidos negros sureños les incendiaban sus tiendas y propiedades. Después de eso apenas quedaron árabes en Juba y fueron rápidamente reemplazados por hombres de negocios de Uganda, quienes se adueñaron del gran mercado central que lleva el inolvidable nombre de “Coño-coño”. De este modo la carretera –abierta por Naciones Unidas- entre Nimule y Juba empezó a tener un tráfico diario de cientos de vehículos.
Más hacia el Este, en Torit, Isoke e Ikotos, penetra uno en un África profunda donde la gente comienza a volver a sus casas a duras penas. Durante muchos años esta enorme zona, dominada por el impresionante macizo de las montañas Imatong, además de sufrir los bombardeos de los árabes fue escenario de luchas fratricidas entre diversas facciones del SPLA, y lugar de paso de los furiosos rebeldes del LRA, quienes desplazaron a la poca población local que aún quedaba. Cuando pasé por allí en julio del año pasado me llamó la atención que así como en Juba parecía que todo el mundo invertía, por Torit y más hacia el Este todo lucía un triste aspecto de abandono y ruina. Torit fue una de las ciudades más bombardeadas, tomadas y perdidas alternativamente por soldados de Jartum y del SPLA. Las ruinas de su catedral y edificios colindantes, dinamitadas por los árabes, se alzan en un paisaje desolado junto a algunos nuevos poblados de adobe done habitan ahora los recién llegados de los campos de Kenia y Uganda.
Me encanta el sur de Sudán, aunque siempre me ha dolido ver el aire duro y desconfiado de sus gentes, demasiado machacadas durante décadas de opresión y olvido. Ojalá les dejen vivir en paz los árabes y ojalá sus nuevos dirigentes bastante novatos del SPLA resistan la tentación de la corrupción y se dediquen a trabajan con ahínco por su sufrida gente. Falta les va a hacer tener una estabilidad política y social para poder celebrar el ansiado referéndum que está previsto se celebre en 2011 y en el que tendrán que decidir si quieren seguir unidos al norte o separarse. Para el astuto gobierno islamista de Jartum, el fracaso de la nueva administración del SPLA en el sur será una causa de gran alegría, ya que un sur dominado por los árabes les permitirá seguir aprovechándose de la parte más útil del país. La gente del sur merece que se les permita decidir libremente y en paz.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez