En clave de África

Mis otras Áfricas (XII), Zanzíbar

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(JCR)
La isla de Zanzíbar es parte de la República de Tanzania desde que poco después de la independencia se unió con la parte peninsular de Tanganika. De Tanzania no puedo hablar porque volé directamente a la isla tras una breve escala en el aeropuerto de Dar Es Salaam. Envuelta en un atractivo ambiente híbrido donde se entremezcla lo árabe, lo africano y lo asiático, tiene el perfil característico de un lugar que ha sido cruce de culturas, Zanzíbar es un lugar digno de ser visitado, y yo tuve la suerte de hacerlo en 2005. Fue la única vez en mis 20 años en África que me concedí el capricho de marcharme a visitar un lugar para irme de vacaciones, de descanso puro, playa y chiringuito. Y me quedé con ganas de repetir la experiencia.

En Zanzíbar aterricé con algo de mala conciencia. Había reservado el viaje, en temporada baja para ahorrar dinero, con bastante tiempo de antelación, y justo unos días antes de empezar mi condescendencia para conmigo mismo falleció el Juan Pablo II. El día que acudí al aeropuerto de Entebbe sus empleados y viajeros miraban en las pantallas de vídeo en comienzo de los funerales del Papa. Creo que fue la vez que más gente conocida me he encontrado en un aeropuerto, y –de manera bastante comprensible- todos me daban el pésame y me hacían la misma pregunta: “¿Va usted a Roma al funeral del Santo Padre?” Yo, pensando que aquella coincidencia no era culpa mía y sintiéndome algo culpable por los cuatro (sólo cuatro!) días de playa que me esperaban susurraba escurridizo: “Pues... no exactamente... eh... voy a... Tanzania” “A alguna reunión o retiro, padre?”, me respondían casi todos. “Eh... no exactamente...” volvía a balbucir yo deseando que se terminara ya el tiempo de espera y entráramos en el avión. Aquella noche ví los funerales en la televisión del cuarto de mi hotel.

Quién sabe si para lavar mi lucha interior y acallar mis remordimientos dediqué el primer día a recorrer las intricadas callejuelas de la “ciudad de piedra” y visitar algunos de sus lugares de interés histórico, que son muchos. Porque Zanzíbar además de playas de arena finísima y mar azul añil tiene lugares de enorme interés para quien esté medianamente interesado en la historia de África. Merece la pena visitar el antiguo mercado de esclavos, situado bajo la catedral anglicana. Mientras paseaba por una fortaleza árabe me llamó mi hermana para preguntarme por mi primer día de playa, y cuando le conté dónde estaba me espetó: “Pues mira que eres raro. Vaya gana de ir tan lejos y gastarse el dinero para ir a ver piedras pudiendo estar tumbado al sol en la playa!”

Acostumbrado como he estado durante tantos años a vivir y trabajar en lugares de África zarandeados por la guerra, donde abundan los refugiados, las enfermedades y la miseria, Zanzíbar me hizo el maravilloso regalo de un África cálida y amigable donde se ve en seguida que la gente se toma las cosas con la campechanía y la amabilidad de quien no ha pasado por los vaivenes y traumas de un conflicto armado. Es una maravilla dejarse perder por sus mercados y regatear –y si es en suahili, mejor- ante una mamá o un viejecito que intenta venderte unas telas o unas cestas. Además, en Zanzíbar huele a mar, y tiene puerto donde uno puede pasear con tranquilidad, y yo en África siempre he echado de menos el mar y su encanto. Sentarse a tomar una cerveza fresca junto a la costa mientras se deja uno envolver por el cielo tornasolado en una puesta de sol, arrullado por las voces de los pescadores, es un regalo del que solo se puede desear que dure todo el día.

Nunca he estado en un sitio donde haya disfrutado tanto de los aromas. Zanzíbar es la isla de las especias, especialmente el clavo, y uno puede bajar la guardia y apuntarse a una excursión para entrar en una de las muchas fincas o plantaciones donde el turista se resigna a que le cobren un precio algo abusivo para disfrutar a cambio de un hermoso paisaje de plantas y cocoteros, con pintorescas explicaciones del guía de turno.

Por lo demás, no me pregunten mucho sobre temas sociales o cambios políticos acaecidos en este lugar de África. En los cinco días que pasé allí hice firme propósito de no enterarme de nada de esto. Al menos por una vez en mi vida. Y salí con un recuerdo gratísimo de quien pasa ese tiempo abriendo los ojos y dejándose empapar de uno de los lugares más hermosos del mundo. Qué pena que solo fueran cinco días. Estoy seguro de que el santo papa Juan Pablo II –que por cierto, tanto amó a África- no solamente me lo habrá perdonado, sino que desde el cielo me hubiera deseado que fueran diez.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por hg 13.03.08 | 21:22

    Sin duda es otra África, dan ganas de estar allí unos pocos meses, algo atrae en ese país.

Martes, 29 de mayo

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