(AE)
La calma ha vuelto a las calles de Nairobi. Especialmente los negocios y tiendas vuelven a abrir y a llevar a cabo sus actividades
normales. Parece como si nada hubiera pasado. Por aquí y por allá se ven constantemente patrullas de antidisturbios que, con sus cascos, petos, palos y escudos, parece como si fueran gladiadores que han perdido un coliseo o samurais ociosos en busca de un shogún que los contrate.
Parece como si nada hubiera pasado, pero el caso es que “lo parece” solamente... la realidad más allá de la superficialidad de los barrios comerciales es otra. Como bien saben, las luchas de los últimos días han tenido lugar sobre todo en barriadas extremadamente probres y deprimidas. Allí es donde tienen lugar las verdaderas tragedias... donde el puestecillo de la señora tal -donde vendía sus chuches, cerillas y poco más- lo tiraron, y los numerosos kioscos que venden pan, leche, huevos y periódicos terminaron pasto de las llamas... detrás de cada una de estas iniciativas pasto de la violencia y el arrebato hay una familia que de pronto dejará de tener ingresos (y eso si tienen suerte, ya que muchas veces para poner un puestecillo medio decente hay que entramparse con bancos y con prestamistas y se tardan años en poder pagar). Los que ahora ya no tienen un medio de subsistencia en las condiciones tan espartanas en las que vive ahora mismo el país ¿qué harán?
Junto a estas personas tenemos a los que perdieron sus casas o tuvieron que abandonarlas de manera precipitada cuando se generalizaron los ataques. Cientos de miles están hoy casi al raso, viviendo de la caridad de organizaciones humanitarias y grupos sociales, con los malos recuerdos de los duros momentos vividos y con miedo de volver a sus lugares ancestrales. Mientras el número de desplazados internos no disminuye, el gobierno toma la decisión de cerrar un campo provisional incluido dentro de la municipalidad de Nairobi. Muchas de las personas que están aquí no tienen adonde volver, pero como la vista de un campo de refugiados en la misma capital sería una piedra en el zapato del gobierno pues mejor quitarlos de vista y que se las apañen como puedan. Maravillosos dirigentes que manifiestan un amor tan desinteresado hacia su pueblo.
Un problema bien particular lo presentan los enfermos de SIDA, especialmente los que están siendo tratados con medicinas antiretrovirales. Estos tratamientos se daban a personas cuyos nombres e historiales estaban ya en ciertos registros de clínicas repartidas por todo el país. Era esencial llevar buena cuenta de la regularidad, la composición de los medicamentos y el control de los pacientes. Después de los disturbios, algunas clínicas perdieron los archivos y en otros casos el desplazamiento de población había sido tal que no había manera que los pacientes pudieran hacer todo el camino a la clínica para recibir su medicación. Especialmente a estas personas se les está haciendo un llamamiento especial ya que es esencial que no interrumpan su tratamiento y puedan controlar su enfermedad para garantizar una calidad mejor de vida.
Otros perdedores son las muchas personas que dependen del turismo, una de las mayores fuentes de ingresos de Kenia. En estos días miles de personas han perdido sus puestos de trabajo ya que tanto hoteles como restaurantes y otros negocios han tenido que reducir al mínimo su personal. Las cancelaciones son numerosísimas, los vuelos que llegan a Nairobi están vacíos y el sector tardará años en poder recuperarse. El país -cuyo crecimiento económico en 2007 fue un 6%- corre el riesgo de caer en una permanente crisis social y económica. Si antes de los disturbios la situación del empleo era preocupante con una economía boyante, se pueden imaginar lo que pasa ahora en estos días de vacas flacas y de no turistas a la vista.
Como ven, la vida diaria en Kenia no ha vuelto a la normalidad. Quizás hayan sido los políticos los que hayan normalizado sus vidas... para millones de kenianos, cada nuevo día se presenta con desafíos enormes, muchos de ellos de supervivencia y con la hipoteca de tener un sistema político justificadamente cuestionado por la comunidad internacional y tener por tanto un gobierno al que le falta legitimidad y aceptación.
Ante esta situación, los ánimos de los ciudadanos miran al cielo y se pide la intervención divina para que la cosa cambie de cariz. “Ahora solo nos queda rezar” decía una señora... y no sé, quizás del cielo haya una respuesta mejor y más satisfactoria que la que están teniendo de sus políticos.
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Es desolador, el alma se cae a los pies y el sentimiento que tengo es el de impotencia ante la plaga de bandoleros del siglo XXI,los políticos y sus artes.Un abrazo
Todo vuelve a la normalidad, mejor que sea antes que después, ya han sufrido bastante por los otros.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez