(JCR)
Más de 40 representantes de confesiones religiosas cristianas y musulmanas han convocado para hoy una oración por la paz en Korogocho, uno de los slums de la capital de Kenia, Nairobi.
En este país africano la mayor parte de las iglesias se han destacado siempre por su denuncia de las situaciones injustas. En estos suburbios miserables son a menudo las únicas organizaciones donde la gente puede confiar y encontrar servicios sociales de calidad a los que pueden tener acceso (educación, sanidad, cultura). Con motivo de la convocatoria de esta oración por la paz, los 40 líderes espirituales han
hecho`público un comunicado en el que deploran la muerte de 18 personas en la violencia que se ha desatado en Korogocho (en todo el país se habla de 600). "Vecinos del barrio que hasta ayer mismo han vivido juntos sin problemas ahora se miran mutuamente con recelo y miedo", lamenta el mensaje. Asimismo, denuncian la actitud sectaria de la policía, que en varias ocasiones se negó a proteger a personas que no eran del grupo étnico del presidente Mwai Kibaki (kikuyu), y les respondió que si querían protección que acudieran al líder del partido político (de la oposición) a quien habían votado.
En situaciones de injusticia y violencia como las que vive Kenia durante estas últimas semanas, la oración aúna a personas y las proporciona un lugar de expresión que de otra manera no tendrían. La oración, en este contexto, no es un dejar a Dios que resuelva nuestros problemas, sino más bien el acudir al Dios de los pobres para que dé fuerzas y luz a los que trabajan por la justicia y la paz.
Como en todas las realidades humanas, también los grupos religiosos tienen su otro aspecto negativo. Hace pocos días el director de una casa de espiritualidad en Kampala me comentaba con preocupación el caso de unas monjas kenianas que acudieron a hacer ejercicios espirituales justo durante los días en los que se desató la violencia en su país. No hubo más remedio que repartirlas en dos bloques separados del mismo edificio: uno para las religiosas kikuyus y otras para las de la etnia lúo, que estaban a la greña. Uno se pregunta qué dirán a Dios cuando están juntas rezando en la misma capilla.
Y es que en la Iglesia estamos hechos de la misma pasta que el común de los mortales, a pesar de lo cual creo que tiene su valor el que, sin presumir de ser perfectos, las confesiones religiosas sigan desempeñando su papel de ser la conciencia de la sociedad y ayuden a la gente para que construyan un mundo sin violencia y basado en el respeto mutuo y la tolerancia, virtudes que siguen escaseando en muchos lugares del mundo, y no sólo en África
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez