(JCR)
“Kenya yetu, hakuna matata” ¿Les suena? Aunque no sepan ustedes suahili por lo menos es posible que hayan oído alguna vez la famosa expresión que podría traducirse como “no hay problemas”. La pegadiza cancioncilla, que empieza con las palabras “Yambo, yambo Buana!” –y que más de un guiri despistado ha debido de confundir con el himno nacional de Kenia- la aprenden los turistas que van de safari fotográfico o a las playas de Mombasa desde el primer momento en que pisan el hotel y les salen al paso los chicos vestidos de Masai que venden abalorios y cobran cinco dólares al extranjero lo suficientemente tonto como para hacerse la foto con ellos –convenientemente ataviado de camisas floreadas y pantalones cortos- y enseñarla después a los vecinos en Wisconsin o a los sobrinos en un barrio de Munich, de Milán o de Madrid.
Al hilo de la oleada de violencia que desde hace varios días no cesa en Kenia me ha venido a la mente que durante décadas los kenianos han vendido la imagen de su país como un idílico lugar “sin problemas”, imagen reforzada por países europeos y norteamericanos que se han hartado de afirmar sin pudor que Kenia era un modelo de estabilidad política en medio de países de África del Este afectados por mil guerras y convulsiones, léase Uganda, Sudán, Ruanda, Burundi y Somalia. Empresarios, agencias de turismo, organizaciones internacionales, ONGs, grupos religiosos... todos los que han tenido algún interés en África del Este han situado sus oficinas centrales en Nairobi y han invertido fuertemente porque el país era considerado como un socio privilegiado gracias a que no tenía los “problemas” de sus vecinos.
Y ahora resulta que llegan unas elecciones y esa imagen, como todas las construcciones superficiales, se va literalmente al carajo a golpe de machete y llamarada, y empiezan a subir las cifras de muertos, nos echamos las manos a la cabeza y más de uno se pregunta: ¿pero no era este país un modelo de estabilidad, un buen lugar en África para hacer negocios, etcétera, etcétera?
Viviendo como vivo en la vecina Uganda he viajado a Kenia bastante a menudo y siempre me ha llamado la atención el contraste –abismo, más bien- entre el barniz superficial de una falsa imagen idílica que el país se empeñaba por proyectar, y los gravísimos problemas que hervían debajo: una corrupción y delincuencia galopantes, tensiones étnicas aprovechadas por dirigentes sin escrúpulos, y una miseria lacerante que ha condenado a tres millones de personas que malviven en los “slums” de Nairobi a una existencia infrahumana (tres cuartas partes de la población de la capital que ocupan sólo el 2% de su superficie!). Añádase a esto una desastrosa política de ignorar los problemas que ha caracterizado los últimos cinco años de mandado de Mwai Kibaki –cuando ocurrieron las masacres en el norte del país hace tres años ni siquiera se dignó visitar el lugar-, y tenemos todos los elementos necesarios para que estalle una hecatombe en cualquier momento.
No culpo sólo a los miopes o interesados artífices de la política exterior occidental. Estoy convencido de que la actitud muy extendida en África de querer tapar los problemas para que no se vean, de dar más importancia a las apariencias que a las realidades, contribuye mucho a estos estallidos de violencia que nos pillan por sorpresa. Ocurrió en Ruanda, en el norte de Uganda, en la República Democrática del Congo y en Costa de Marfil (presentada también como un modelo de estabilidad en África Occidental), por citar algunos lugares más emblemáticos. Es hora de que los africanos, empezando por sus dirigentes, pero también por los líderes de sus grupos de sociedad civil –notablemente por los obispos, demasiado empeñados por llevarse bien con los que están en el poder para no perder privilegios- caigan en la cuenta de que la única manera de resolver los problemas es no desentenderse de ellos, afrontarlos, hablar de ellos abiertamente, dejar de barrer la suciedad debajo de la alfombra y buscar soluciones antes de que sea demasiado tarde.
De lo contrario, seguir con la hipócrita canción de hakuna matata, “aquí no hay problemas” suele terminar de muy mala manera. Lo que estamos viendo en Kenia estos días lo demuestra con creces y debería ser un aviso muy serio para los que se ocupan de las políticas exteriores en países occidentales, pero también –y sobre todo- para los propios africanos.
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Artículo de "maestro", pero nadie te va a hacer caso, todos tiran por el lado más cómodo del dinero. Hasta que África no comience a industrializarse (llegará en 50 años, estoy seguro, ya no habrá sitios pobres para trabajar por 150 euros y el sexto mundo de África tendrá que escalar a ser tercer mundo. Al igual que en Europa las revoluciones industriales (1760-1875) (1875- 1990) la cambiaron algún día África con ellas también comenzará a cambiar. De momento es así, aceptan votar, observadores, partidos, parlamentarios, por que se los imponemos y con esta imposición les viene el dinero. Pero la verdadera" revolución democrática" no se ha hecho, occidente les exige una apariencia formal, ellos le siguen la corriente.
Martes, 29 de mayo
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Peio Sánchez Rodríguez