Ruanda (III), Las dos caras de la moneda
22.12.07 @ 10:07:35. Archivado en Desarrollo, Gentes y rostros, Política y Economía, Artículos José Carlos (JCR)
(JCR)
Siempre me han gustado los centros culturales. Quizás esto explique por qué algunas de las personas más interesantes que conozco las he encontrado
en este tipo de lugares. Como por ejemplo Yamila, de 21 años, que me contó su historia tomando un café a la salida de clase de una escuela de idiomas en Kigali donde llevaba tres meses estudiando kiñaruanda, la lengua oficial del país. Hasta aquí, nada extraordinario, si no fuera por el hecho de que Yamila nació y creció en Ruanda y lucha a brazo partido con la complicada gramática y enrevesado vocabulario para comunicarse... con sus padres.
Y es que a finales de 1993, cuando apenas tenía siete años y los nubarrones tormentosos que amenazaban una tormenta de violencia sin límites en su país empezaban a descargar sus primeras gotas, se dio por muertos a sus padres y ella –acogida en un orfanato- terminó por ser adoptada por una pareja de alemanes, que la llevaron con ellos. El año pasado volvió a su país como trabajadora social de una ONG que se ocupa de niños en situación vulnerable. Trajo con ella una vieja foto descolorida de sus padres y un arrugado carné de identidad. Empezó a preguntar y a las pocas semanas saltó de alegría cuando descubrió que estaban vivos. Así fue como empezó el curso de su lengua materna que olvidó durante sus años en Alemania.
Historias de este género con final feliz no son muy comunes en Ruanda, donde siempre se ha dicho que al menos 800.000 personas fueron masacradas entre abril y julio de 1994 por soldados del antiguo régimen, milicias Interahamwe y extremistas Hutu. Pero aunque los traumas y las heridas siguen a flor de piel y tardarán en cicatrizar, casos como el de Yamila no son los únicos signos de esperanza que uno encuentra hoy en este pequeño país enclavado en el centro de África. Según datos de Naciones Unidas, durante los últimos seis años la esperanza de vida ha subido de 40 a 53 años, y la tasa de infección del virus VIH ha descendido del 11% al 3%. Todos los 35.000 infectados del virus de SIDA reciben tratamiento anti-retroviral gratuito. Ruanda destaca también en otros campos: la capital, Kigali, es ordenada y con apenas delincuencia; la red de carreteras del país –reconstruida hace dos años- es de asfalto y una de las mejores de toda África; el transporte público es seguro, puntual y barato. Además, las exportaciones de su café de excelente calidad no hacen más que crecer, así como su industria turística. Ruanda cuenta también con una tecnología punta de comunicaciones, seguramente la más avanzada de todo África subsahariana, y el país está limpio gracias a una prohibición de las bolsas de plástico y a un día de trabajo comunitario todos los meses en el que incluso los ministros participan. Tiene también el mayor porcentaje de mujeres parlamentarias en todo el mundo –el 49%-, educación primaria gratuita, la economía crece un 6,5% anual (la tasa más elevada de todo África), y por si faltaba algo hace pocos meses el gobierno abolió la pena de muerte. Con todo esto no es de extrañar que para muchos países occidentales, particularmente Estados Unidos, Ruanda sea la niña de sus ojos en un África donde las historias de éxito no abundan.
Pero si en todas partes del mundo casi siempre suele haber dos caras de la moneda, esto es particularmente cierto en Ruanda, donde las apariencias pueden engañar más que en otros lugares. Si Ruanda ha dejado el listón muy alto en muchos aspectos de su vida social no se puede decir lo mismo de la libertad de expresión. Nunca como aquí me había encontrado con tanta gente que me ha puesto como condición para hablar que no mencionara su nombre ni nada que pueda identificarlos. El miedo se respira, sobre todo en un país donde los servicios de inteligencia funcionan con gran eficiencia.
Otra faceta de la realidad ruandesa apenas conocida es los miles de sospechosos detenidos que han languidecido en las cárceles del país
durante muchos años. Me encuentro, por separado, con una hombre y una mujer, ambos de algo más de 50 años, que han sido carne de prisión hasta hace poco. El hombre fue liberado después de 12 años. Si hubiera podido pagar los 200.000 francos (un euro equivale a 750 francos ruandeses) que le exigieron los que se ocupaban de su caso habría sido liberado mucho antes. ¿Su delito? Durante el genocidio trabajaba para una organización humanitaria, y en una ocasión en que llevaba en una ambulancia a un Tutsi que había sido macheteado le detuvieron en una barrera donde bajaron a la fuerza al herido y le remataron. Cuando llegó el Frente Patriótico unos vecinos le acusaron de colaborador y fue detenido. “Durante los primeros meses estaba en un cuartel militar, y cada noche se llevaban a algunos de mis compañeros a los que nunca volvíamos a ver. Yo esperaba mi turno”.
A la mujer la liberaron sin cargos hace dos años, después de haber pasado siete años en la cárcel. Me cuenta su historia frotando las manos con nerviosismo, bajando la cabeza y hablando atropelladamente. Durante la locura del genocidio ocultó en su casa a una amiga Tutsi, hasta que un día las bandas armadas la descubrieron y se la llevaron para matarla. Ante el avance del Frente Patriótico huyó al Congo con su marido y sus hijos, y cuando regresó a Ruanda en 1996 fue acusada de haber llamado a los hombres que mataron a su amiga. En la cárcel recibió palizas varias veces, aunque asegura que “más doloroso aún fue cuando lloraba por mis hijos y mis guardianes me gritaban: ahora no son tuyos, son del Estado”.
Y a pesar de los brillantes indicadores macroeconómicos, tampoco parece que todos los ruandeses gocen de los beneficios de la creación de riqueza. En un centro de salud de Nyabirambo llevado adelante por gran competencia por las misioneras españolas de "Vita et Pax" visito el centro nutricional y veo a niños con claros signos de desnutrición. Cuando compruebo las cifras de los meses anteriores veo que en cuatro meses han pasado por el centro 1.600 niños. Ruanda tiene la densidad de población más elevada de África y la tierra de cultivo escasea. Mucha gente que emigra a la capital termina malviviendo en uno de los suburbios pobres donde falta el dinero y el alimento. A la salida unas mujeres me cuentan que su única manera de subsistir es “el pequeño comercio”, pero en Kigali la venta ambulante está prohibida y si te encuentra la policía con tus cuatro cachivaches en venta en una acera te pueden detener. Según el jesuita Octave Ugirashebuja, director del centro Christus en Remera, “la mayor parte de la población del país es muy pobre y vive al borde de la desesperación”.
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JC Rodríguez, A Eisman
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