Cómo escapar de un hotel de lujo durante la cumbre de la Commonwealth
21.11.07 @ 14:28:24. Archivado en Costumbres, Artículos José Carlos (JCR)
(JCR)
El 22 de este mes comienza en Kampala (Uganda) la reunión de jefes de gobierno de los 53 países que forman la Commonwealth. Este acontecimiento, que se conoce con la sigla CHOGM (Commonwealth Heads of Government Meeting) se celebra cada dos años. Las preparaciones en un país pobre como Uganda, que se ha gastado 200 millones de dólares, no han estado exentas de polémicas, pero hoy Kampala ha amanecido mucho más limpia que de costumbre, con policías de tráfico impecablemente vestidos con uniformes nuevos blancos y mucho más orden que el habitual. A pesar de todo, la gente parece feliz de recibir a la Reina Isabel de Inglaterra, quien ya visitó el país antes de la independencia, en 1954. La monarca británica abrirá oficialmente la conferencia, que reunirá a más de 5.000 delegados.
Desde la semana pasada, tienen lugar en Kampala tres acontecimientos paralelos: el foro de los pueblos, que ha atraido a 1.500 delegados que representan a la sociedad civil de más de 50 países, el foro de los negocios, y el foro de los jóvenes. Este último, que reunió a 150 delegados, puso de manifiesto los grandes contrastes existentes en las sociedades presentes en las antiguas colonias británicas que forman la Commonwealth: mientras jóvenes de países como Tanzania, Sierra Leona o Bangla Desh mencionan la pobreza, el desempleo o el SIDA como las principales plagas que afectan a los jóvenes, los de Canadá, Malta, Singapur o las islas del Caribe o del Pacífico hablan de la apatía, las drogas o la falta de compromiso social, problemas típícos de las sociedades afluentes.
Mientras se vive en Kampala la “fiebre del CHOGM” y los que pueden se marchan de la capital para escapar de las restricciones de tráfico o las fuertes medidas de seguridad, ayer, cuando fui a cenar a un chiringuito con un amigo, caí en la cuenta de un problema que nunca me habría imaginado cuando los dos pedimos pescado.
-Lo siento señor, no tenemos pescado hasta que pase el CHOGM.
En vano intentamos pedir el mismo manjar en otros dos restaurantes. La tilapia o la perca del Nilo, ambos del Lago Victoria, son los pescados más consumidos aquí. En todos los sitios nos dijeron lo mismo: el que quiera peces... que se espere a que pase el CHOGM.
Esta mañana, cuando me dí una vuelta por el hotel Sheraton para enterarme de qué se discutía en el foro de los hombres de negocios y sacar algunas fotos, me dieron las dos de la tarde y tras intentar entrar sin éxito en dos de las salas de banquetes que estaban llenas hasta los topes, una de las azafatas me indicó el camino que llegaba al “Lion’s Bar”. El camarero me dio la bienvenida y me invitó a que me sentara. Me palpé el bolsillo y descubrí con horror que sólo tenía 4.000 chelines (un euro y medio). Hice ademán de irme, pero el olor a pescado que salía del buffet era demasiado tentador. Le expliqué que era periodista y que había venido a informar sobre el foro.
-No se preocupe, señor, acomódese y disfrute de nuestro almuerzo.
Con tanta amabilidad, supuse que la comida no me iba a costar nada. Entonces cometí el error de pedir una cerveza bien fría. Nada más traérmela, hice ademán de pagar.
-Tranquilo señor, coma sin prisas, que la cerveza la incluiremos en la factura.
Me invadió una duda pavorosa. ¿Quería decir en la factura total del foro, que seguramente la paga la Commonwealth, o se refería tal vez a la factura que me iban a clavar al terminar de comer? Me vinieron a la mente imágenes de un “Maître” enojado encarándose conmigo, de un guardia de seguridad pidiéndome la documentación, incluso de mí mismo con un delantal fregando platos en la cocina del Sheraton, como en los tebeos de Carpanta.
Dí cuenta de todo el pescado que mi apetito me permitió, vengándome secretamente tras la velada del día anterior. Por fin había descubierto dónde guardaban las tilapias y qué club privilegiado las consumía. Me limpié los labios con fruición con la inmaculada servilleta y vigilé el patio hasta que no ví ningún camarero en derredor. Salí disparado del local, y los tal vez 200 metros que me separaban de la entrada se me hicieron eternos mientras aceleraba el paso. Me imaginaba una mano que me agarraba el hombro y al darme la vuelta me encontraba con la cara soliviantada del camarero pidiéndome explicaciones. Me invadió el sudor. Entonces sonó el teléfono. Era la subdirectora de “Leadership”, la revista donde trabajo, que me pedía fotos de los policías con el uniforme nuevo blanco de los pies a la cabeza. Ya lo había intentado, sin éxito, antes de entrar en el Sheraton. Todos los policías me decían que “no estaba permitido”.
Cuando, finalmente, alcancé el centro de la ciudad, me invadió una extraña euforia. Entonces pasé delante de un policía vestido de blanco y me sonrió. No me lo pensé dos veces.
-Perdone señor, he estado en muchos países del mundo, pero jamás he visto a una fuerza de policía tan elegante. ¿Me permite hacerle una foto?
Aumentando su sonrisa, me indicó que podía hacerlo sin ningún problema. Entonces saqué la cámara y le tiré varias instantáneas.
Ya ven ustedes, sólo con esto hoy soy feliz. Más feliz que si la mismísima Reina Isabel y Carlos el Orejas me hubieran invitado a tomar el té con ellos.
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Lamento no haberte visto en tu visita a Madrid; en la próxima no habrá despiste.
Un fraternal abrazo
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JC Rodríguez, A Eisman
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