Cuando el clero no es "como Dios manda" (y II)
21.10.07 @ 11:31:43. Archivado en Desarrollo, Religión, Artículos Alberto (AE)
(AE)
En mi opinión, la imposición del celibato en África se traduce en un grado muy elevado de hipocresía eclesial. Cuando a algún arzobispo de esta parte de África se le sugirió que sacara el tema del celibato en su visita a Roma, éste dijo “¿porqué lo tenemos que sacar el tema nosotros, los obispos africanos? ¿es que somos nosotros más débiles que los demás?” Y así quedó zanjada la cuestión, como si fuera un tema de orgullo... en vez de tratarlo seriamente en las más altas instancias e intentar encontrar una solución.
Creo que, primero que nada, hay que abogar por la regularización de muchas situaciones realmente penosas y surrealistas. Según mi experiencia, un cura que haya tenido una relación sentimental o incluso que tenga de hecho una familia no quiere decir que sea un mal cura. En África, mucho más que en otros sitios, se concibe poco y mal la soledad como estilo de vida (se comprende por tanto mejor la vida religiosa en comunidad que el servicio solitario como clérigo regular) Existir es relacionarse y construir relaciones a todos los niveles. Incluso a veces se describe al Maligno como “el que va siempre solo”, definiendo así su retraimiento como la expresión máxima del pecado o la depravación. Ante una perspectiva cultural así, la soledad es aún más difícil de sobrellevar y nadie culpará a quien busque alguien con quien compartir palabras, afectos, calor humano y emociones.
He visto curas (con hijos) que, cuando ha llegado el tiempo de la persecución, han dado testimonio de su fe al estilo de los más estoicos mártires de antaño sufriendo cárcel y tortura física y psicológica. He visto otros, muy fieles a todas las normas canónicas y litúrgicas, que no han estado a esa altura ... ¿qué es lo que al final define la calidad de ser ministro del evangelio, el seguir fielmente las rúbricas, llevar clergyman o testimoniar a Jesús cuando llega la hora?
Tengo una teoría que he podido desarrollar observando a ciertos clérigos que he tratado y que dice que la soledad no es sana para ciertas personas que psicológicamente (o incluso culturalmente) no están preparadas para vivirla. Unas la sobrellevan bien, pero para otras es una exigencia que les lleva a desequilibrios y manías poco comunes en personas que viven por ejemplo en un ambiente familiar. Hay sacerdotes que guardan el celibato como oro en paño, en ese sentido son ejemplares... pero en otros aspectos han desarrollado personalidades realmente infumables, tienen mal carácter, tratan mal a la gente y se les ve a la legua que eligieron el sacerdocio como una carrera (y por tanto esperan un día poder llevar la “cruz” de ser nombrados monseñores, arciprestes, obispos o cardenales), no como un servicio. No sé a quién preferiría más la gente, al cura con mujer, abarraganado pero cercano y humildemente al servicio de su comunidad parroquial o al célibe e impecable que es tan santo que hace mártires a todo los que les toca estar a su alrededor.
Creo que en África vendría muy bien aquella antigua tradición de los probi virii esos hombres “probados” en la vida (casados) que eran elegidos como líderes y ministros de sus comunidades cristianas. Creo que sería una fórmula muy válida para África. Entre otras cosas, creo que la formación cerrada en seminarios no ha ayudado a hacer un discernimiento acerca de la motivación de los candidatos al sacerdocio y poder distinguir quien quiere hacer carrera en la vida de quien verdaderamente siente la llamada de Dios. En el África del 2007 tenemos por desgracia una situación parecida a la de España en los años 50, donde los seminarios, gracias a su sistema de becas y ayudas, son prácticamente las únicas instituciones fiables y de calidad en las que se asegura el acceso a una enseñanza secundaria o superior para todos aquellos que no tengan medios. Muchos de los que allí entran lo hacen movidos no por el celo apostólico sino por el ansia de tener “una carrera” o que el obispo les ponga en su día para el trabajo pastoral el coche que ellos de por sí nunca tendrían en una profesión seglar.
En algunas culturas, la ordenación sacerdotal convierte al hasta entonces seminarista en una especie de jefe tradicional y ... ¿qué jefe celoso de su dignidad y su imagen se abajaría a caminar 4 o 5 horas en el barro o vadeando ríos para atender a una comunidad perdida en la selva? No, según esa mentalidad es la gente la que tiene que acercarse al jefe-sacerdote porque para eso ha sido elegido por Dios y no debe perder su dignidad sacerdotal ensuciándose los zapatos en el lodo de los caminos. Se consideran una casta particular, un grupo aparte y a la larga contribuyen poco al crecimiento de la iglesia ya que se convierten en puros funcionarios de la religión. Toda una trasgresión del mandato evangélico de servir y “lavar los pies” a la comunidad ... Quizás unos hombres ya casados y verdaderamente probados en su comunidad serían mejores candidatos que cualquier trepa que hace el paripé 5 o 6 años en un seminario y luego se convierte en una especie de cacique que, digámoslo claramente, no está interesado en absoluto en el servicio al Evangelio.
En mi humilde opinión es la comunidad cristiana y no el mundo alienado y artificial del seminario el subsuelo ideal para que florezca un ministerio mucho más maduro y enraizado en los desafíos del contexto cultural y social. La misma comunidad cristiana (lo tengo comprobado) hará una evaluación mucho más a fondo que cualquier formador de seminario, ya que conocen todos los detalles de la vida de sus miembros y, después de años de observación, podrán decir con conocimiento de causa si ese candidato tiene una vida espiritual o no, si le gusta demasiado el vino, tiene líos de faldas o no es honesto con las finanzas... elementos fundamentales a la hora de evaluar un candidato que no siempre salen a relucir durante la formación en los seminarios donde los candidatos viven entre ellos y no están expuestos a la evaluación de la comunidad.
Quizás habría que repensar el modelo ministerial que se necesita en este contexto y con esto quiero decir revisar todos aspectos que puedan contribuir a hacer del clero un grupo mucho más comprometido, más enraizado en la comunidad, más serio en su compromiso y más evangélico.
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Nadie impide que colabore con la Iglesia como laico.
Es posible que una situación intermedia en África sea el abrir el paso de forma decidida a los diáconos casados. Incluso los sacerdotes que se encuentren en situación irregular, si así lo desean y existe la posibilidad de que sean aptos, podían pasar a esta situación. Lo que no es de recibo es admitir la situación irregular y cerrar los ojos o, en el otro extremo, por que una exigencia sea difícil, eliminar la exigencia. Tampoco parece que tenga mucho sentido alegar que un territorio se quedaría sin sacerdotes si se exigiera el celibato, por esa misma razón, puesto que la poligamia está fuertemente arraigada en África, lo lógico es aceptarla; un sacerdote indigno es preferible que deje de actuar como tal, pues hace una labor de zapa.
Como colofón quiero darle las gracias por su sinceridad, sin la que es imposible enfrentarse con un problema.
La existencia del problema del celibato sacerdotal (que incluye la castidad), sobre todo en África, no parece tener dudas; como tampoco que los problemas hay que afrontarlos.
Otra cosa es deducir la causa del problema. Como simple fiel, puedo decirle que asimilar la situación a la España de los años 50, carece de sentido puesto que en esa fecha, incluso en las aldeas más perdidas, el alumno que tenía condiciones superiores a la media no tenía dificultad en estudiar con beca, bien siguiendo la vía normal del bachillerato o a través de los Institutos laborales y de ambos he conocido, independiente del Seminario.
Como simple fiel también, aceptaré lo que decida la Iglesia en el futuro en esta cuestión, pero desde luego prefiero el sacerdote célibe. Al margen de ello creo que hay que ser consecuentes y que si un sacerdote no puede aguantar el celibato, debe seguir el proceso normal y facilitarle el camino para que se convierta en un padre de familia normal.
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JC Rodríguez, A Eisman
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