Dos tristes caballos blancos
04.10.07 @ 15:57:28. Archivado en Gentes y rostros, Costumbres, Artículos Alberto (AE), Naturaleza y medio ambiente
(AE)
En la ciudad de Wau, la capital del Bahr-el-Ghazal sudanés, me encuentro siempre una triste estampa: dos caballos blancos que en su día tuvieron que deslumbrar de pura belleza y garbo pero que hoy son la estampa más sombría y tétrica del abandono y de la dejadez en la que solo puede encontrarse un animal maltrecho por la depredadota ambición humana.
Esta zona fue durante años el centro operacional de las "Fuerzas Populares de Defensa", una milicia que apoyaba al régimen de Jartúm y que durante los años de guerra civil previos a 2005 sembró el terror en toda la región quemando pueblos, saqueando cosechas y cometiendo innumerables violaciones de derechos humanos contra una población civil completamente indefensa. Estas milicias iban siempre a caballo y se les llamaba en árabe "murahilliin", es decir "aquellos que viajan". Uno de los principales cometidos de este grupo paramilitar era proteger la linea ferroviaria que viene de la ciudad norteña de Babanusa hasta Wau y que en aquel tiempo estaba en funcionamiento... Grupos armados a caballo eran los encargados de cabalgar junto al tren y escoltarlo a lo largo de los raíles... El caso es que la velocidad del tren era tan reducida que esta milicia podía permitirse el desviarse a poblados cercanos y saquear todo lo que se encontraran en el camino, bienes materiales o personas. Es así como se alimentó un sistema moderno de esclavitud en el cual jóvenes niños y niñas eran raptados en estos poblados y vendidos posteriormente en otras zonas de Sudán con mayor demanda de trabajo doméstico. El nombre de "murahiliin" estuvo durante años asociado a destrucción, impunidad y dolor.
Ahora, vivimos teóricamente en una situación de paz y por tanto, estas milicias no tienen ya razón de ser, son, por fortuna, un mal recuerdo del pasado. Poco a poco, la estrategia de tierra quemada que estos grupos aplicaron por la fuerza ha dado lugar a un proceso de retorno y de reconstrucción en el cual vuelven a repoblarse pueblos, campos y aldeas abandonados durante años.
Lo único que queda hoy en Wau de aquel periodo son los caballos, algunos de ellos han sido reciclados para actividades más pacíficas tales como tracción de carros o arados. Otros, quizás por su lamentable estado de salud y su vejez, están condenados a una jubilación triste y callada, con el pesado lastre de haber sido testigos mudos de tragedias hasta hoy no reflejadas en ningún libro o informe. Los dos caballos a los que me refiero hoy son un pálido reflejo de aquellos corceles que deberían haber sido un día pero claramente están desnutridos, maltratados y enfermos, uno de ellos tiene las patas traseras completamente hinchadas y con heridas... Y claramente ninguno de los dos se siente a gusto con la presencia de seres humanos... Como si después de haber estado involucrados en mil y una fechorías hubieran perdido su confianza en la bondad del hombre.
Vagan por la ciudad sin rumbo fijo, buscando briznas de hierba e intentando pasar lo mas desapercibidos posibles, como si fueran dos fantasmas pusilánimes a los que un hechizo les ha despojado de valor y de poder. La tristeza que emanan sus ojos representan para mí las consecuencias más profundas y evidentes de la guerra, el lacerante trauma que la violencia creada por la mano humana deja tanto en la naturaleza como en los corazones y la mente de la gente. Aunque se hayan firmado acuerdos de paz, el dolor y el tormento causados por la violencia continúan inexorablemente en la vida de muchos seres que, como estos animales, piden a gritos una curación reparadora, duradera y profunda. Desgraciadamente, no todos los seres encuentran en vida el bálsamo del consuelo y la paz de espíritu.
Por desgracia, aunque en esta región las actividades de este tipo sean cosa del pasado, no lejos de nosotros, en Darfur, la impunidad y la violencia descontrolada y motivada políticamente sigue haciendo estragos en una población demasiado cansada de sangre y de injusticia. Estoy seguro que en aquella zona habrá también cientos de caballos con el sufrimiento marcado a fuego en sus tristes miradas.
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JC Rodríguez, A Eisman
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