En clave de África

La experiencia de un misionero en su lucha contra el alcoholismo

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(JCR)
“Yo estaba casi muerto. Vivo gracias a Dios, que me salvó de la esclavitud del alcohol”. Así se expresa el padre Guido Stuert, de los Misioneros de África (Padres Blancos), el cual confiesa haber vivido un verdadero infierno durante 35 años. Con largos años de experiencia a sus espaldas en Zambia, durante los últimos años recorre África dando charlas –sobre todo a sacerdotes y religiosos- para alertar sobre los peligros del abuso de la bebida. Lo encontré recientemente en Uganda, donde daba su conferencia número 50 en las últimas siete semanas.

“Al principio el hombre coge el vaso, y al cabo de pocos años es el vaso el que agarra al hombre”. Este misionero belga de 73 años, cuenta una experiencia que en su opinión expresa muy bien cómo se llega al alcoholismo. “Un día estaba descansando en un parque nacional en Zambia. A mi lado, en la veranda del restaurante había una señora inglesa que tenía un perro. El animal jugueteaba a la orilla del lago mientras un cocodrilo le observaba a cierta distancia. La mujer me dijo: No se preocupe, el cocodrilo está muy lejos. Al día siguiente el reptil estaba más cerca del perro, pero la mujer seguía sin alarmarse porque estaba muy quieto. Al tercer día el cocodrilo se acercó más y al cuarto agarró con rapidez al perrito y lo devoró ante la mirada desesperada de su dueña. Así es como funciona el alcohol”.

“Cuando era joven me sentía muy orgulloso porque aguantaba mucho bebiendo, cuenta el religioso. Durante mis años jóvenes en mi primera parroquia en Zambia empecé bebiendo tres botellas de cerveza al día, pero no me bastaban y pasé a beber seis... Un día me di cuenta de que me temblaba la mano y que sólo una cerveza me hacía dejar de temblar. Cuando llegas a este estado tienes que reconocer que estás alcoholizado. Significa que el alcohol te han entrado en la sangre, y cuando te falta el cerebro envía una señal al cuerpo y tiemblas”.

El padre Guido insiste en que el mayor peligro es mantener una situación de alcoholismo en secreto, “como ha ocurrido, por ejemplo con los casos de abusos sexuales de menores por parte de sacerdotes”. Él mismo cuenta cómo en su caso nadie sabía su problema porque se esforzaba en esconderlo: “Iba a todas partes con mi cepillo y mi crema dentífrica para que nadie me notara en el aliento que empezaba a beber por la mañana. Mis feligreses no podían imaginarse que su párroco, trabajador, inteligente, que hablaba seis idiomas, consejero del obispo y supuestamente ejemplar bebía 14 botellas de cerveza al día, empezando por la mañana temprano”.

La dependencia crea situaciones extrañas. Stuer recuerda un día de 1985, cuando debido a una gran escasez en Zambia no se encontraba cerveza en el país. Acababa de recorrer 1.400 kilómetros en coche para acudir a una reunión en la capital Lusaka. “De repente vi un camión que transportaba cajas de cerveza y como movido por un resorte le seguí hasta que paró. Como el conductor se negaba a venderme las botellas me arrodillé delante de él y le ofrecí 50 dólares por una caja. Pocos años después me trasladaron a una remota parroquia rural. El lugar más próximo para comprar cerveza estaba a 300 kilómetros. Pues bien, durante años recorrí esa distancia todas las semanas para aprovisionarme de botellas, Me había convertido en un esclavo del alcohol y no sabía cómo salir”.

El momento de crisis llegó en 1992, cuando tenía 58 años. Un día tenía que oficiar un matrimonio y como no aparecía por la iglesia parroquial unas monjas fueron a buscarlo. “Estaba en mi habitación, en la cama. Me había pasado toda la noche llorando y viendo alucinaciones. Quería suicidarme. Después de eso los superiores me enviaron a Bélgica, donde un día me caí y estuve sin conocimiento durante cinco días. Me desperté en un psiquiátrico, donde pasé tres meses”.

Prosigue el padre Guido: “El 7 de octubre de 1992 fui a la capilla. Me sentía dentro de una tumba muy oscura y ansiaba salir. Entonces todos mis sentimientos acumulados durante años salieron a la superficie y dije: “Señor, no puedo hacer nada, sólo dependo de Ti, llévate en alcohol lejos de mi vida. Desde entonces no he vuelto a beber”.

El religioso, que después de su recuperación realizó estudios especializados en Estados Unidos, ha ayudado numerosos grupos de Alcohólicos Anónimos, ha publicado un libro recientemente y actualmente ayuda a sacerdotes y religiosos con problemas de abuso de bebida en países africanos: “Conozco excelentes personas en África que han muerto de SIDA, y estoy seguro de que en el origen del problema estaba el alcohol”. En su opinión, para ayudar a una persona con esta adicción hay que acercarse con mucho respeto, haciendo ver que sólo se pretende ayudar, y no juzgar. “El alcohólico lo niega todo. Cuando yo estaba bajo tratamiento mi psiquiatra me preguntaba que cuántas botellas de cerveza bebía diariamente. Yo le decía que tres o cuatro. Al final del tratamiento me dijo: “Mira Guido, los que tratamos a alcohólicos estamos acostumbrados a multiplicar por cuatro la cifra que nos dicen”.

Una de las mayores alegrías que ha recibido en los últimos años fue al finalizar una conferencia en Lusaka con estudiantes. “Se levantó una chica y me dijo: ¿no será que Dios permitió que cayeras en el alcoholismo para levantarte y así poder ayudarnos a los que tenemos este problema?”.

El padre Guido, que es ahora un hombre feliz y alegre, cree que seguramente sí.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Hola¡ 04.06.07 | 09:58

    Hoy tocaís un tema de muy dentro de mí. A los 35, desilusionado y rota una relación de 10 años. Comencé a beber de menos a más.Bebía las 14 cervezas al día de Guido. Vuelto de Africa en el 2004, murió mi madre, ingresé en un centro 10 meses. Desde el 9 de Diciembre 2004 a hoy no he probado una gota de alcohol, y ahora estoy en una etapa muy mala de mi vida, pero he logrado cambiar las constumbres, concienciarme y tener menos dinero.Es un tema muy intímo, pero él es mi espejo y tenemos un enemigo común.Buenos días.

Jueves, 16 de febrero

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