Los pecados de la Iglesia en África (y III)
21.05.07 @ 09:41:21. Archivado en Arte, cine, libros, música
(JCR)
5. Si en el sexto no hay perdón...
Terminamos con los pecados de cintura para abajo. No quisiera caer en el morbo de “Salsa Rosa” o de “Aquí hay Tomate” a la africana, destilando un cierto tufillo racista como si los africanos fueran incapaces de guardar la castidad o de controlarse en el terreno sexual. Pecados y pecadillos de este tipo haberlos hailos en los trópicos africanos y en el Polo Norte (aunque personalmente me da la impresión de que según bajan las temperaturas decrecen también los niveles de testosterona..), y ya lo dijo el que inventó la copla, que “si en el sexto no hay perdón ni en el noveno rebaja, ya podrá nuestro Señor llenar el cielo de paja”. El evangelio nos muestra a un Jesús –tan duro con los fariseos y los ricos- comprensivo y benévolo enfrente de la mujer adúltera y de la prostituta. Y nos advierte también que el que esté libre de culpa que tire la primera piedra.
Como nos acaba de recordar el Papa en Brasil, el celibato sacerdotal es un gran tesoro para la Iglesia, y nadie va a conseguir que brille como tal sin un mínimo de esfuerzo, oración seria, precauciones y ascesis. Pero la disciplina eclesiástica tal y como existe en la Iglesia es también a menudo una fuente constante de escándalos y situaciones harto dolorosas. Eso, hoy y hace siglos, y si no volvamos a leer al Arcipreste de Hita con su moza tan fermosa.
Les cuento un caso acaecido hace cuatro años. Un cura ugandés del que todos sabían que tenía una amante y varios hijos recibe un día una carta de su obispo –también ugandés- suspendiéndole “a divinis”. El documento estaba redactado en exquisitos términos legales: según el artículo tal, apartado cual del Código de derecho Canónico... El clérigo acude al despacho del obispo y le pregunta por la razón de su suspensión. El monseñor, visiblemente nervioso y deseando poner fin a aquella conversación lo antes posible, le responde fríamente que ha sido una decisión tomada por el consejo de la diócesis... El cura sonríe, se levanta, y antes de marcharse le espeta: “Si me ha suspendido por estar con una mujer y tener hijos, no tengo nada que objetar. Sólo que, señor obispo, si esa es la razón ¿cuándo se va usted a autosuspender?”. El obispo en cuestión tenía varios hijos, lo cual era un secreto a voces en la diócesis –ya hemos hablado de la ley del silencio. De hecho, al año siguiente fue obligado por el Vaticano a presentar su renuncia. En nunciaturas africanas se sabe que el encontrar a curas limpios de polvo y paja en el terreno sexual es uno de los impedimentos más comunes a la hora de encontrar candidatos a las sedes episcopales.
Si el entender el celibato es difícil en cualquier contexto cultural, en el africano –con su peculiar valoración del sexo y de la fertilidad- mucho más. Y vivir envuelto en la “angélica virtud” en estas regiones no es moco de pavo. Un cura joven recién ordenado es destinado a una parroquia enorme, en una zona remota, donde es posible que tenga que vivir solo. No tiene dinero para mantener la casa rectoral, para costearse el combustible necesario para sus viajes pastorales, ni mucho menos para hacer frente a las necesidades sin fin de sus feligreses. Un día trae a una mujer a vivir con él y al poco tiempo ya tiene hijos (a los que quizás llamará sobrinos). En muchas ocasiones, a los cristianos de su parroquia no les parecerá mal que su párroco tenga una mujer que le haga feliz y le ayude en sus tareas. No raramente el obispo –que tendrá tantos casos similares- hará la vista gorda. Si además él mismo ha tenido alguna aventura en años pretéritos, mejor no meneallo. Pero eso sí, ninguno cuestionará la ley del celibato ni pedirá a Roma que cambien de disciplina eclesiástica.
Lo que a la gente le parece verdaderamente mal es que si un cristiano de a pie tiene dos esposas –a las que se mantiene fiel- o no está casado por la Iglesia, se le tache de pecador público y se le nieguen los sacramentos, y que mientras tanto su señor párroco esté mariposeando con varias chicas a la vez -cosa no muy difícil sobre todo si se cuenta con dinero para entretenerlas- haciendo de su capa un sayo, convirtiendo el internado femenino –o el convento de al lado- en un harén, abusando incluso de menores, incluso llevando a alguna de sus amantes a abortar llegado el caso, pero guardando las formas. Hace pocos años en una diócesis ugandesa, se repartió un cuestionario en el que –entre otros temas- se pedía a los laicos su opinión sobre su clero secular. La inmensa mayoría respondió que preferirían tener curas casados. El hecho de que en esa diócesis hayan fallecido de SIDA 20 curas en los últimos quince años no es ajeno a esta preferencia. Quizás si algunos pudieran haberse casado, o al menos haber accedido al sacerdocio ya casados no estarían todas las tardes bebiendo cerveza y tocándole la retambufa a las más agraciadas. O quizás lo harían pero menos.
También es cierto que hay quien se aprovecha del río revuelto para lanzar acusaciones falsas (en Africa también hay prensa que se nutre de esta carnaza) y destruir la reputación de personas que no se lo merecen. Hay quien se aprovecha del chantaje para conseguir dinero a cambio del silencio. A veces ha ocurrido que un candidato a obispo ha sido apartado por el nuncio ante la presentación de denuncias que más tarde han resultado ser falsas. Pero el daño ya estaba hecho.
Y ya vale de pecados, que donde abundaron éstos sobreabundó la gracia y Dios se las arreglará para hacer horas extras de perdonarnos.
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Hay una cosa que no entiendo ¿cómo tiene, entonces, dinero para mantener a una mujer y varios hijos?
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JC Rodríguez, A Eisman
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