El reto de funcionar cuando nada funciona
28.04.07 @ 09:03:34. Archivado en Desarrollo, Costumbres, Artículos José Carlos (JCR), Medios de comunicación
(JCR)
Cada vez que llega el fin de cada mes y conseguimos finalizar el despacho de los cinco mil ejemplares de la revista Leadership en Kampala (Uganda) no puedo menos de sentir una sensación de triunfo o, mejor dicho, de que una vez más hemos conseguido que se realice un milagro. Cualquier persona con un mínimo de experiencia de trabajo en Africa sabe lo difícil que es que las cosas funcionen. No quisiera caer en el “afropesimismo”, pero así son las cosas.
Desde que hace diez meses los superiores me sacaron del bosque en el Norte del país (a donde me sigo escapando cada vez que puedo) tras 19 años, me doy cuenta de que la parte menos difícil de publicar una revista mensual es escribir los artículos. La buena marcha de la redacción y la administración de un medio de comunicación exige enfrentarse diariamente a mil retos inesperados: asegurarse de que no nos falten los fondos para poder pagar salarios, gastos de imprenta y otro tipo de infraestructura. Además del tema de la financiación, hay que crear una estructura propia para hacer frente a los frecuentes cortes de suministro eléctrico, que son la pesadilla de cualquier oficina, comercio o industria en este país africano. Después, hay que asegurarse que la línea de Internet funcione, cosa que no siempre sucede y que cuando nos falla durante varios días nos deja faltos de información y comunicación. Sabes bien los lectores de este blog que la irregularidad en enviar posts no es debido a nuestra falta de inspiración o de ganas de escribir, sino al hecho de que a menudo estamos en lugares y situaciones en los que fallan las conexiones técnicas.
Si, a pesar de todo, conseguimos cerrar la edición de la revista el 20 de cada mes, hay que hacerse cruces cuando llevamos todo el material a la imprenta. Nunca sabemos cuándo estarán listos los paquetes con las nuevas revistas. Todo dependerá del muy irregular suministro eléctrico o de si una de las máquinas se les ha averiado y cuántos días pueden tardar en encontrar la pieza de repuesto adecuada.
Una vez superado el trance de la imprenta, tenemos que despachar las revistas metiéndolas en bolsas de plástico transparentes, las cuales no siempre se encuentran y nos obligan a programarnos con mucho tiempo de antelación y encargar enormes cantidades para que no suceda nunca que nos lleguen a faltar. Después hay que imprimir las etiquetas, si la impresora quiere funcionar, porque si falla podemos tardar varios días en encontrar un técnico que nos la repare en el tiempo requerido. Una vez introducidas las revistas en sus plásticos y etiquetadas, hay que cerrarlas con una maquinita que las sella por presión de calor, pero si se va la corriente eléctrica tenemos que usar un generador, y llevamos ya varias semanas de escasez de diesel en Uganda, y entonces hay que asegurarse de que tenemos suficiente combustible para que el grupo electrógeno funcione, lo que puede significar pasarse varias horas por la ciudad buscando el preciado hidrocarburo.
No termina aquí esta peculiar carrera de obstáculos. Hay que buscar medios seguros para que la revista llegue al lector durante los primeros días del mes. Muchas veces la distribuimos por medio de muchos de nuestros misioneros, haciendo uso de la procura de los combonianos en Kampala. En otros casos usamos los servicios de transporte de uno de los periódicos de la capital (que en ocasiones pierden los paquetes y no aceptan responsabilidad), y para muchas otras personas usamos la oficina de correos. Llegados a la ventanilla, no es raro que nos encontremos con un funcionario al que no hemos visto en ocasiones anteriores, el cual pone cara de pocos amigos y decide cobrarnos cuatro veces más de lo habitual, so pretexto de que no sabe nada de nuestra publicación y no estamos sujetos a ninguna tarifa especial. En ocasiones así es inútil discutir y mucho menos protestar. No hay más remedio que buscar a algún funcionario con quien anteriormente hayamos hecho amistad y que, tras alguna resistencia inicial, terminará sonriéndonos y exclamando que todo terminará por arreglarse bien.
Así que cuando la primera semana del mes recibo un correo electrónico o una carta de algún suscriptor de Canadá, de España, de Sudáfrica, o de cualquier pueblecillo de Uganda, diciéndome que acaban de recibir la revista “Leadership”, que les ha gustado mucho el número reciente, y que me felicitan por nuestra puntualidad, respiro aliviado y pienso que todavía existen los milagros, sobre todo los que suspenden las leyes naturales de los espíritus malignos africanos que parecen pulular por todas partes para poner difíciles las cosas: centrales eléctricas, imprentas, depósitos de combustibles y despachos oficiales.
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He vivido en la calle de Emilio Vargas en Madrid. Os he visitado, estabaís en obras. He estado como funcionario español del 2000 al 2004 en Africa del oeste. La mayor parte de la colonia española en 4 paises(400 personas) y 200( después de la guerra) eran misioneros/as españoles. Junto con la bondad de los niños fuisteís mi mejor descubrimiento, no sé como en España por la estigmación religiosa se os tiene tan desconocidos. Sois formidables, tu relato de las penurias en Africa del este es transpolable a la del oeste y a la central.Me traen recuerdos de buenas y feas vivencias.Que Dios os lo pague.
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JC Rodríguez, A Eisman
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