La tristeza de no poder vivir en casa
24.04.07 @ 09:20:10. Archivado en Desarrollo, Artículos José Carlos (JCR), Medios de comunicación, Naturaleza y medio ambiente
(JCR)
Hace mucho tiempo que el tema de los refugiados se ha convertido en una causa célebre en este mundo. Los desplazados internos (o refugiados en su propio país) no suelen despertar tanto interés. En el Norte de Uganda el ejército empezó a obligar a cientos de miles de personas a abandonar sus casas en 1996. Llegamos a tener dos millones de personas desplazadas viviendo en campos en condiciones infrahumanas. Hace un año, presionado por los países donantes, el gobierno ugandés anunció un plan de reasentamiento. Hasta la fecha, los resultados son poco alentadores.
Según datos de la oficina de coordinación para asuntos humanitarios de Naciones Unidas, el año pasado en marzo había en el Norte de Uganda 1.700.000 desplazados internos. Pocos meses antes un consorcio de ONGs publicaron un informe en el que hablaban de una media de mil personas a la semana que morían en estos campos por consecuencia de las condiciones insalubres de vida.
Hace exactamente un año el gobierno ugandés presentó un plan de reasentamiento gradual para los desplazados internos. Desde entonces su puesta en práctica se ha caracterizado por una gran inconsistencia. Según datos recientes del ACNUR, hasta la fecha sólo 350.000 personas están volviendo a sus casas. En la mayoría de los casos los desplazados viven en campos situados a pocos kilómetros de sus poblados de origen, entre cinco y quince kilómetros en la mayoría de los casos. Por lo tanto uno se imaginaría que recorrer esa distancia no es tan complicado, sin embargo hay muchos factores que considerar.
En primer lugar, no estamos hablando de viviendas sólidas y permanentes. En Africa la población rural suele vivir en cabañas hechas de barro –a lo sumo de adobes cocidos- y una techumbre de paja, y en cuanto se abandonan unos meses la falta de mantenimiento hace que se derrumben. También ocurre que la vuelta a casas suele ser gradual e incluso irregular, por varios factores: llega uno al poblado de origen y se encuentra con que no funcionan las pompas manuales de agua, han desaparecido los servicios de salud y las escuelas, la gente tiene aún miedo de que los rebeldes –en Sudán y Congo desde la firma de una tregua en agosto del año pasado- puedan volver al Norte de Uganda, etc. Asimismo, en el campo de desplazados se sigue repartiendo comida, aunque el Programa Alimentario Mundial está reduciendo considerablemente las raciones de víveres por falta de fondos. Muchas veces las familias no tienen más opción que dividirse: los padres regresan al poblado original, donde se las ven y se las desean para construir nuevas cabañas y desbrozar los campos de cultivo a golpe de azada, mientras que los ancianos y personas enfermas permanecen en el campo antiguo, donde a menudo también permanecen los niños ya que es el único lugar donde pueden acudir a la escuela.
Lo más llamativo del caso es la existencia de los llamados “campos satélite” o “campos de descongestión”, que son nuevos reasentamientos de entre mil y dos mil personas que viven en sitios más cercanos a su tierra original, pero sin llegar aún a vivir en sus casas originales. El problema es que el gobierno ugandés los propuso como solución “de tránsito” hace un año debido a la inseguridad intermitente que aún sufría la zona por presencia de grupos de guerrilleros, y últimamente se empieza a oir a representantes del gobierno que los llaman “aldeas modelo”. Otros tienen incluso la caradura de contar a las personas que han aceptado ir a vivir en estos campos pequeños como si ya estuvieran reasentados.
Me parece una política peligrosa, y que huele a intento de controlar a una parte de la población ugandesa conocida por sus pocas simpatías por el gobierno actual. En las últimas elecciones presidenciales y parlamentarias celebradas el año pasado, el 90 por ciento de los electores de la región Acholi votaron en contra del gobierno. Da la casualidad de que, además, esta población –de 1.300.000 personas- es la que crece con más rapidez en el país. Ya dijo Malthus hace más de doscientos años que el lecho de la miseria es fecundo. A cualquier gobierno, y más si es dictatorial, le conviene más tener a sus enemigos políticos a la vista y bien controlados, mejor que dejar que vivan esparcidos en el bosque donde están más escondidos.
Lo más triste del caso es que –aparte de la Iglesia- nadie protesta, nadie hace preguntas. Los países donantes están calladitos, que en noviembre tendrá lugar la cumbre de jefes de gobierno de países de la Commonwealth en la capital ugandesa, Kampala, y hay que asegurarse de que las relaciones diplomáticas se desarrollen sin sobresaltos. Lástima que en estos países africanos tantas veces los mandamases, que llevan a cabo políticas indecentes, cuenten más que las personas que habitan en el país.
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JC Rodríguez, A Eisman
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