De adulterios, obispos y defensa de la familia
22.04.07 @ 09:30:23. Archivado en Gentes y rostros, Religión, Costumbres, Artículos José Carlos (JCR), Medios de comunicación
(JCR)
Hace unas dos semanas el Tribunal Constitucional de Uganda anuló una vieja ley del código penal que castigaba el adulterio (con multa de 1.600 chelines, medio euro más o menos). Lo hizo al juzgar que discriminaba a la mujer (y por lo tanto era anticonstitucional), ya que mientras un hombre casado podía denunciar a un señor que tuviera relaciones con su esposa, la mujer no podía llevar a nadie a los tribunales en caso de que su marido tuviera una aventura con una mujer no casada.
Las feministas ugandeses, que haberlas haílas, lo celebraron como un triunfo. Los obispos, tanto católicos como protestantes, han protestado por lo que consideran como un ataque a la familia. La mayor parte de la gente en Uganda parece bastante despistada. Aquí, como en muchas otras partes, cuando algo deja de estar legislado siempre hay personas que lo interpretan como que “ya se puede hacer”.
Hace pocos días fui a saludar a un obispo ugandés con quien desde hace años mantengo una buena amistad, y me lo encontré en compañía de otros dos prelados del mismo país discutiendo sobre la ley del adulterio recientemente anulada. Me pidieron mi opinión y yo, después de decir eso de “doctores tiene la Iglesia” (lo de ser humilde siempre queda muy bien en África delante de un jefe) expresé mi punto de vista: que el adulterio está muy mal, pero que el Estado no tiene por qué penalizar todos los comportamientos inmorales, ya que hay que distinguir entre pecado y delito, y que el tema del adulterio pertenece al ámbito privado y por lo tanto me parece normal que lo hayan borrado del Código Penal, y que lo que tendríamos que hacer es explicar esto a la gente, para que tenga ideas claras.
Me salió entonces uno de los señores obispos diciéndome que el gobierno tiene la obligación de legislar defendiendo a la familia, base de la sociedad, unión sacrosanta, etc., etc., y que le sorprendía que yo pensara de ese modo, y que la unidad del matrimonio es importantísima. En fin, yo no había venido para mantener una discusión teológico-moral, por lo que me limité a escuchar pacientemente para al final desearles una fructífera discusión y una feliz Pascua antes e hacer mutis por el foro.
No había pasado ni una hora de aquel encuentro cuando voy al dispensario donde he trabajado como administrador durante los últimos cinco años, y allí me entero que a Francis, el guardián de día y jardinero, su nuevo jefe tras consultar con el coordinador de salud de la diócesis le ha dicho que puesto que necesitan un guardián de noche, pues que le eche horas y que tome él esa responsabilidad. Por supuesto, sin aumentarle el sueldo. Cuando intento enterarme un poco más, me dice el responsable que no tienen dinero para pagar a otro empleado y que en el resto de los hospitales de la diócesis hacen así y emplean a uno de los vigilantes de día para que sea también guardián nocturno. Poca elección tienen los que les toca el mochuelo: o aceptar, o quedarse sin trabajo.
Y entonces me acuerdo del obispo (y de paso de parte de su parentela) y me digo: joder con la defensa de la familia y con la sacrosanta unión matrimonial. Aquí está Francis, que está casado y con hijos, le hacen trabajar día y noche y cuándo tendrá tiempo el pobre hombre para estar en su casa con su familia, pero nada, aquí parece que el principio doctrinal no se aplica, quién sabe por qué.
Hace años, cuando estaba en otra parte de Uganda, me quejé en una reunión de gestión de un hospital católico porque tenían a un vigilante nocturno trabajando siete días a la semana sin ningún día libre. El cura de turno, que presidía la reunión me tomó aparte y me comentó con sorna: “no te preocupes, hará el amor de día”.
Hay que ver lo que les interesa la defensa de la familia a algunos eclesiásticos cuando hay cuestiones de dinero de por medio. Ojalá diéramos más ejemplo de justicia social.
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No importa que se trate de Uganda, de Norteamérica o de Europa.
Son distintas sensibilidades, que parecen no llegar a confluir en lugar alguno.
Considero que sería muy recomendable que los religiosos, ellos y ellas, formasen familias, sintiesen como responsables de familias, y tratasen con familias, de problemas familiares.
Observo demasiada teoría, que no es más que ignorancia de los problemas reales.
Como en cualquier tema terrenal, la jerarquía eclesiática se mantiene alejada y con careta, para no contaminarse de los sentimientos.
Confío en que esa actitud cambie de una vez, para mejor.
¿Qué les puede interesar la familia a quienes (supuestamente) no tienen familia y viven bien alimentados sin que les falte nada (y ellos hablan de austeridad) y no tienen "bocas" que alimentar?
¿Hablamos de la "Iglesia de los pobres" o de "los pobres de la Iglesia?
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JC Rodríguez, A Eisman
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