En clave de África

Meditaciones para un campo de refugiados

02.04.07 | 09:15. Archivado en Religión, Artículos José Carlos (JCR)
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(JCR)
Mis primeros ejercicios espirituales se remontan al tiempo en que tenía yo diez años. Al capellán del colegio Begoña, en el madrileño barrio de la Concepción le gustaba comparar nuestras almas con el “Titanic” a punto de hundirse en las oscuras aguas y perderse para siempre. Qué impresionado me quedé. Cuando estrenaron la película de Leonardo Di Caprio me fui a verla tres veces sólo por recordar aquellos momentos de mi infancia. Lástima que tal impronta se difuminara fácilmente a la salida de la plática, cuando en lugar de irnos a profundizar en silencio empleábamos nuestro tiempo libre en ir a echarnos una pedrea con los chicos del vecino barrio de San Pascual. Más le hubiera valido a nuestro esforzado capellán predicarnos sobre la lapidación del pobre San Esteban.

Bromas aparte, ya saben ustedes que en la edad de la preadolescencia a uno se le quedan muy grabadas las cosas que ve y oye, sobre todo de aquellos a los que consideramos nuestros maestros y modelos, por lo menos en aquella época en que nos poníamos de pie cuando entraba el profesor en clase y le llamábamos de usted. Y yo, que siempre iba de ejercicios, desde entonces no le saco el jugo a un retiro espiritual si no incluye la meditación de las “dos banderas” y las tres preguntas de San Ignacio ante Jesús en la cruz. Cuando un compañero misionero me dice: “Acabo de venir de ejercicios y me han gustado mucho, el predicador nos ha hablado cantidad de lo que Dios nos ama”, lo primero que le pregunto es: “Bueno sí, pero ¿os ha presentado la meditación de las dos banderas?” Si me responde que no, ya sabe mi reacción: “Pues una mierda de ejercicios!”

Hablando un poco más en serio, cuando llegan estas fechas de semana Santa sí que me resuenan mucho las tres preguntas de San Ignacio ante el Cristo crucificado (parte de aquellos ejercicios que escuché con mis diez añitos): ¿Qué he hecho yo para que lo claven en la cruz?, ¿qué hago yo para que siga clavado en la cruz?, ¿qué hago yo para desclavarlo de la cruz?

Y es que ya son casi veinte años en que celebro los oficios de Semana Santa con feligreses que viven en campos de desplazados y han sufrido las amargas realidades de la guerra. Y basta mirarlos para ver en ellos al nuevo Cristo crucificado que sigue sufriendo en sus miembros. Qué miedo nos da mirar a estos crucificados vivientes. Parece como si quisiéramos limitar el penoso trance de mirarles a los ojos al menor tiempo posible. Aquí en Uganda llevo ya dos semanas recibiendo tarjetas de personas que me desean una feliz Pascua. Antes hacíamos un gran esfuerzo por guardar esas expresiones de júbilo, aleluyas y felicitaciones incluidas, para después de la vigilia del sábado por la noche. Quizás empieza a pasar con la Pascua como con la navidad, cuyo sentido religioso se va desdibujando y convirtiéndose en una fiesta de primavera o algo parecido.

Y es que si nos hiciéramos estas tres preguntas en serio, las consecuencias serían muy serias para nuestras vidas. Porque, volviendo al tema de los desplazados en la guerra del Norte de Uganda (que lleva ya desde 1986), algo hemos hecho para crucificar a casi dos millones de personas en estos campos de desplazamiento en condiciones inhumanas donde han muertos muchos inocentes –sobre todo niños.- en los últimos años. Algo seguimos haciendo para seguir manteniéndolos en esa cruz, por no intervenir y simplemente mirar para otro lado. Y pecamos seriamente de omisión por no hacer ningún esfuerzo por desclavarlos.

Podría seguir con muchas más consideraciones, pero hoy sólo quería decirles que cada vez que paso algún tiempo en campos de desplazados internos me resuenan esas tres preguntas. Dentro de pocos días cerraré la oficina de la redacción de la revista Leadership por unos días y me iré a celebrar la Semana Santa con mi querida gente de mi antigua parroquia de Minakulu, todos los cuales viven aún en campos de desplazados. Volveré a oír las tres preguntas dentro de mí como un “mantra” que se repite día y noche. Se las propongo también a cada uno de ustedes durante estos días en que Dios quiere que nos preocupemos un poco más de las cruces de los demás.

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2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por JVA 05.04.07 | 11:03

    Pues sí, hay que renovar nuestra adhesión al Rey Eternal, a la Jerusalén celestial. Volver a preguntarnos qué hemos hecho, hacemos y vamos a hacer por Cristo. A mi, en la infancia, lo que se me quedó grabado en el alma es que aunque solo hubiese existido yo, por mi hubiese venido al mundo a salvarme. Su Amor me cuestiona una respuesta de gratitud y un deseo de hacer yo "algo" por Él. Gracias por recordarnos los Ejercicios.

  • Comentario por Carletes 02.04.07 | 21:19

    Gracias por la reflexión. Quizá, el Viernes Santo, tengamos que hacer la veneración de la cruz con las fotos de tantos que aguantan una cruz casi inaguantable; contemplando su rostro, con respeto, con veneración; repetiéndonos esas tres preguntas de S.Ignacio; y poniendo en sus labios el canto "¡pueblo mío! (occidente) ¿qué te he hecho? ¿en qué te he ofendido? Respóndeme".
    ¡Feliz y arriesgado encuentro con el Cristo crucificado!

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