(JCR)
Durante los últimos días los medios de comunicación se han ocupado abundantemente de la muerte del dictador argentino Jorge Rafael Videla, fallecido a los 87 años en la cárcel bonaerense donde cumplía condena por delitos de lesa humanidad perpetrados durante los años en que ejerció su dictadura entre 1976 y 1981. Hay que recordar que tras el regreso de la
democracia a su país, en 1983, Videla juzgado y condenado a prisión perpetua por numerosos crímenes cometidos durante su mandato, en el que el ejército perpetró secuestros, torturas, asesinatos y los conocidos como “vuelos de la muerte”, en el que se arrojó a detenidos vivos desde aviones al mar. Bajo su régimen murieron 30.000 personas, según datos de varias organizaciones de defensa de los derechos humanos. Aunque el presidente Carlos Ménem le indultó en 1990, Videla tuvo que enfrentarse de nuevo a la justicia en varias ocasiones. En 2010 fue condenado de nuevo a cadena perpetua por el fusilamiento de una treintena de presos políticos en 1976, y el año pasado un tribunal de añadió otra condena de 50 años de cárcel por el plan sistemático de robo de bebés.
(JCR)
“¿Qué lleva en esta bolsa, señor?” Creo que he vivido esta escena por lo menos cinco o seis veces en el control de seguridad del aeropuerto de Entebbe (Uganda) al salir del país rumbo a España. “Saltamontes secos y termitas” he respondido siempre con la mayor naturalidad mientras las manos del funcionario de seguridad palpaban las bolsas negras de mi bolso de mano introducidas unas horas antes por mi cuñada Jackie. Casi siempre me he encontrado con una risa como respuesta. “No me diga que a usted le gustan nuestros insectos”, ha sido el comentario más repetido en esas circunstancias. “Me gustan mucho, y a mi mujer que me espera en España también. Es que ella es ugandesa”. Ante este último argumento el guardia se ha rendido a la evidencia y me ha indicado amablemente que siguiera adelante.
Nunca me han registrado el equipaje al viajar de Uganda a España y muchas veces he tenido el temor de que si un día lo hicieran al llegar a Barajas me podrían confiscar mi preciosa carga, tal vez por motivos de políticas sanitarias. De hecho, he leído durante estos días que es más de una ocasión la Unión Europea se ha negado a aceptar la importación de insectos comestibles. Pero si hacen caso de la última recomendación de la Agencia para la Alimentación y la Agricultura de la ONU (FAO), tendrán que rendirse ante la evidencia y reconocer que aumentar el consumo de gusanos, saltamontes o termitas es una propuesta realista para ayudar a combatir el hambre en el mundo y mejorar la alimentación de muchos millones de personas.
(AE)
Uno de mis mejores profesores en la universidad estaba fascinado con la obra de René Girard, un pensador francés representante de la antropología filosófica que tiene unas interesantes teorías del comportamiento humano. Algunos estudiantes – y colegas también – le reprochaban que estaba demasiado influenciado en sus enseñanzas por las teorías del filósofo francés, el cual hacía mucho énfasis en el origen de la violencia y había desarrollado conceptos como la “rivalidad mimética” (todos deseamos algo pero no por el objeto en sí sino porque alguien más lo desea y eso desata la competición), y el ya vetusto mecanismo del “chivo expiatorio.”
(JCR)
Escribo desde Goma, donde espero pasar los siguientes dos meses. Hace ahora algo más de un año surgía en esta zona del Este de la R D Congo un nuevo grupo rebelde: el M23, formado sobre todo por milicianos de etnia tutsi . En realidad era una reedición de otra rebelión: la del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo, liderado por Laurent Nkunda, que firmó un acuerdo de paz con el gobierno congoleño el 23 de marzo (de ahí el nombre) del 2009. Comenzaron con reivindicaciones sobre pagas, ascensos y condiciones de vida en el ejército en el que habían sido integrados, y poco a poco fueron añadiendo de forma bastante desordenada otras exigencias políticas. Poco antes, su líder principal, el general Bosco Ntaganda había desertado ante el temor de ser detenido y llevado a la Corte Penal Internacional de La Haya. Como no se trataba de una figura muy presentable de un grupo que buscaba reconocimiento internacional, muy pronto le reemplazaron por un nuevo líder militar: el coronel Sultani Makenga.
(AE)
Dice aquel idealista adagio “sé el cambio que quieres alcanzar en el mundo”, lo cual está muy bien pero parece que nos cuesta que entre en nuestra cabecita, tan bien amueblada está para otras cosas, pero con tantas rémoras cuando se trata de cambiar hábitos o de abrirse a algo desconocido.
Una vez más, el día internacional del Comercio Justo nos recuerda que – si queremos y nos ponemos - podemos llegar a ser esa herramienta de cambio efectivo, pero eso será posible si nos ponemos todos juntos... Porque no podemos ser francotiradores del consumo responsable, hay que convencer a la gente para que cambien algo el chip. Hace unos años era impensable que, por ejemplo hubiera productos de comercio justo en las grandes superficies, hoy la situación ha cambiado y se abren nuevas perspectivas para esas cooperativas y esos productores que han conseguido competir con las marcas más selectas.
(JCR)
En tiempos de peligro los religiosos se quedan, los cooperantes se van. Algo así hemos escuchado muchas veces. Durante los dos últimos meses he tenido sobradas ocasiones de pensar sobre esta afirmación que, sin embargo, conviene matizar bastante so pena de quedarnos con una media verdad. En enero y en marzo de este año he visto muy de cerca dos evacuaciones del personal de Naciones Unidas y de diversas agencias humanitarias en la República Centroafricana, situación que me ha afectado a mí personalmente como consultor hasta el punto de tener que buscarme la vida en otro lugar al haberme visto con mi contrato suspendido “hasta nueva orden”. También he tenido ocasión de visitar, urante las últimas semanas, algunas comunidades de religiosos en Bangui y he visto cómo, a pesar de haber pasado momentos de verdadero terror, nunca han pensado en irse. Tengo la ventaja de haber vivido en estos dos mundos, y desde esa posición, me permito ofrecer las siguientes reflexiones:
(JCR)
Desde Bangui, la capital de la República Centroafricana, se divisa claramente la ciudad de Zongo, situada al otro lado del río Oubangui, en territorio de la provincia del Equateur de la República Democrática del Congo. Ambas ciudades apenas distan unos 200 metros y en transbordador (cuando funciona) o en piragua se tarda apenas unos pocos minutos en cruzar de una orilla a otra. Si
uno tiene que viajar de un país a otro podría pensarse que este debe de ser el camino más corto. Uno llega a Zongo y de allí busca otros medios de transporte para seguir su viaje a otro lugar del país. Pero en África la línea recta es raramente la distancia más corta entre dos puntos y en mi caso para viajar de Bangui a Goma (en el Este de la R D Congo) llevo ya tres días dando más vueltas que el baúl de la Piquer, y aún no he llegado a mi destino final.
(JCR)
¿Cómo es posible que con tantos soldados buscando a Joseph Kony en la selva aún no hayan sido capaces de detenerle? La respuesta la acaba de dar el “think tank” norteamericano “Resolve” en un informe publicado el pasado 26 de abril: porque al menos desde 2009 Kony ha contado con un refugio seguro en territorio sudanés, concretamente en el enclave
de Kafia Kingi, situado en Darfur del Sur. Durante los casi seis meses que he pasado en Obo, en el sureste de la República Centroafricana el año pasado, yo mismo he escuchado bastantes testimonios de combatientes del LRA que se han rendido y que han dicho lo mismo: que cuando están bajo presión de los soldados ugandeses (que en Centroáfrica pueden ser unos 1.500) y sus asesores militares estadounidenses se meten en Sudán y ahí no puede ir nadie a buscarlos.
(JCR)
Hay dos clases de países: aquellos en los que cuando te encuentras un militar en la calle buscas cambiarte de acera y otros en los que una persona en uniforme inspira confianza y sabes que está ahí para ayudarte. Durante mis primeros años en Uganda, allá por los años 80, si
tenías un percance en la carretera y se acercaba un coche militar podías echarte a temblar pensando que te robarían lo que pudieran. Las cosas han cambiaron mucho desde entonces, y hoy día si tienes un pinchazo en una carretera ugandesa y ves venir un vehículo con soldados sabes que lo más seguro es que se paren amablemente a ayudarte a cambiar la rueda.
(JCR)
Pocas cosas hay que provoquen un estado de pánico total como ser despertado por disparos en medio de la noche. Desde que llegué a Bangui el pasado 20 de abril varias personas que conozco me han contado lo traumatizados que se sienten después de pasar noche tras noche
oyendo tiros en su barrio, rezando para que los autores de los disparos no aporreen su puerta. Pero una cosa es oírlo y otra muy distinta experimentarlo en la propia carne. Esto fue lo que pensé durante la noche del 22 al 23 de abril, cuando unos fuertes disparos a la puerta del hotel donde me hospedaba me sobresaltaron. Pasé la noche vestido y con los zapatos puestos, sin dormir, y temblando, con dinero en el bolsillo por si acaso recibía alguna visita poco agradable. Primero fue a las 9,45 de la tarde y tras unas horas de tensa calma los trallazos se repitieron a las dos y media de la madrugada.
(JCR)
Conozco a Joseph desde hace casi un año y nunca le había visto tan deprimido. Cuando vino a buscarme al aeropuerto de bangui este sábado me fijé en sus ojeras y su mirada perdida, aunque eso no le ha hecho eprder su amabilidad exquisita. “¿Qué tal tu familia?”, le pregunté. “Bien, todos bien… bueno nos han entrado a robar a mano armada varias veces, pero estamos vivos y aparte de eso todos bien”. Hoy he comido con René, el amigo que me acogió en su casa en enero y febrero. En su casa también entraron dos veces y lo han perdido todo. “Aquí todo va mal, no vemos una salida”, me dijo. Me dio vergüenza cuando su mujer me dio una bolsa con un tapper con pollo cocinado "para que no gaste demasiado", mientras se disculpaban por no poder darme una habitación en esta ocasión.
(JCR)
Al menos 24 personas murieron en Bangui el pasado fin de semana en enfrentamientos entre los nuevos amos de la Seleka, que tomaron el poder por la fuerza el 24 de marzo, y enfurecidos vecinos de distintos barrios, algunos de los cuales al parecer portaban armas. En bastantes casos
los hombres armados de la Seleka entraron en vecindarios bajo pretexto de buscar armas y se dedicaron a saquear sistemáticamente casa por casa. Bangui sigue sumida en el caos. Según la Cruz Roja Centroafricana, desde que los nuevos amos entraron en la capital, antes de este violento fin de semana ya tenían un balance de 120 muertos y 456 heridos. La gente no tiene dinero, ni comida, ni medicinas y los que pueden huyen cruzando el río Oubangi hacia la vecina República Democrática del Congo.
Lunes, 20 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Faustino Vilabrille Linares
Josemari Lorenzo Amelibia
Carlos Corral
Javier Velasco y Quique Fernández
José Moreno Losada
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo
Sor Gemma Morató