¿Se impondrá el mal?

De un tiempo a esta parte se viene insistiendo en la idea de que el Barcelona es guardián no solo de la pureza del fútbol, del gusto por la estética, sino que además recoge los valores de la humildad y el respeto en el deporte y fuera de él. En contraposición aparece un Real Madrid falto de toda ética y carente de escrúpulos en el camino que le debería llevar a la victoria. Lo que Lluís Mascaró, para quien tan pronto la final de Copa es la más importante del Barcelona en su historia como que se convierte en un título intrascendente, definió como “el bien contra el mal”.

La idea no es nueva. Lleva incubándose desde que la corriente de juego y resultados es favorable al Barça de Pep Guardiola. Pero ahora, con un Madrid que le disputa títulos al Barcelona, la cosa se intensifica. Es la estigmatización del rival más allá de lo deportivo, plasmada cuando la hipotética celebración en Cibeles de un individuo de la calaña de Cristiano Ronaldo se convierte en un motivo suficiente para llamar al apoyo a los buenos, o, más osado aún, cuando se habla en nombre del “sentido común” para defender tal idea.

Con José María Izquierdo la causa acaba de sumar un apoyo de renombre.  “Hannibal Lecter”, “jefe de la cuadrilla de la porra” o “tipo despreciable”, son algunos de los calificativos que dedica a Mourinho desde El País en Arbeloa. Y Mayor Oreja, un artículo donde jugadores, directivos y presidente son culpables de actuar en complicidad con ese matón disfrazado de entrenador que es Mourinho. Los aficionados nos libramos por los pelos.

Como en toda historia del bien contra el mal, hay detalles que deben obviarse para no empañar la teoría. En lo que se recuerda una entrada alevosa de Pepe en connivencia con sus compañeros, se omite el plantillazo de expulsión que Busquets regala a la rodilla de Xabi Alonso. O, paradigmático, la nula importancia que hay que dar al balonazo de Messi al público del Bernabéu porque no es como Ronaldo, que no da balonazos al público pero al parecer es mala persona.

Aún resta la madre de todas las batallas. Espero que a nadie se le ocurra trazar paralelismos con el bien, el mal y el dominio de la vieja Europa.

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4 comentarios


  1. Mradileño

    El artículo del País me resulta totalmente deleznable y nefando. ¿Como pueden autorizar la publicación de este tipo de bazofia? La libertad de expresión debe estar contenida por el respeto y la educación.

  2. Laura

    El problema de trasfondo que veo cada día más claro es que en el deporte, y más concreto en el fútbol, se pierde aquello que un día se llamó deportividad. Cada día me avergüenza más cierto sector de la afición que no hace sino manifestar sus frustraciones en “su equipo”, el mismo por el que “mata, siente y sufre”. Y qué decir si, encima, cuentan con representación mediática con ciertos periodistas que dejan de lado lo evidente y olvidan que, tarde o temprano, la hemeroteca pasa factura y se dejan llevar por todo menos la humildad.
    Por ello, sin humildad ni deportividad, tengo muy claro que el ‘mal’ aún va a dar mucho de que hablar.

  3. Cristina

    Estamos ante la eterna lucha….donde todo vale. Vale desprestigiar un titulo, vale humillar al contrario…y todo se acentúa si los protagonistas de esa guerra son el Real Madrid y el Barça.
    El ansia por dejar al contrario en una posición de inferioridad ha pasado limites insospechados….a colación de lo que ha dicho Laura, podría decir, siempre según mi humilde opinión, que no solo radica en el aficionado el trasfondo de la deportividad, sino que deberíamos ampliar el circulo. Es ahí cuando vemos que en los periódicos comienzan con los piques, cuando cada entrenador a su manera sueltan sus pullitas, cuando los presidentes de ambos equipos usan palabras inadecuadas en momentos inoportunos….y podría continuar con una lista interminable de las pequeñas cosas que desvirtúan la palabra deportividad, que es al final lo que se premia.
    Vencerá el mal, si, siempre y cuando los primeros que deberían dar ejemplo no lo dan….por eso dejemos sacar al aficionado que llevamos dentro, aquél que disfruta viendo jugar a su equipo, aquél que respeta al rival, aquél que siente los colores de su camiseta y dejemos que la deportividad no brille por su ausencia.

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